HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tomo una cerveza en silencio. Con la luz ténue de la lámpara. Con la palidez de tu caja de madera roida en la oscilación del humo del cigarrillo. Llevo sin hacer nada, largos minutos que van a retorcerse en tu papel de lija. Con mil distancias desvelando la grieta de la voz en los envoltorios del fuego derramado cuando vuelves a casa lleno de vacío de costilla a costilla, dando vueltas de campana en el verso tachado que cierra en tus mejillas la botella de coñac. 
Está muy lejos ese recuerdo en blanco y negro, descendiendo costados de camino roto... en la guitarra que yace entre tus brazos, cuando se cae la mar y no puedes evitar nada.
Yo no escribo sobre sentimientos. Aunque todo esté embadurnado de sus sarcófagos y cascadas cuando tus manos se convierten en cera cayendo en las brasas. El amor para mí, es una urraca con espigas en el pico, un hocico de perro lleno de barro, un gesto de acera en el desequilibrio del whisky volviendo al valle con el barco quemado. Es un fuera de campo en la insistencia de mi pentagrama y de la letra que asió mi herida al doblar de los campanarios en la lágrima de los ñú.
No es porque vuelvo a ti. No es porque se me aflojan las estrellas cuando tu mano calma el abismo que desvela mi idea del tacto entre la nieve, o al deambular de calles cortadas en neumáticos de fuego.
No es porque te sé. No es porque se retroalimenta la pupila en el pestañear colectivo de la mandrágora cuando me entrego.  No es. No será. Porque nunca estuviste, en un contexto que te reconociera como.
Porque yo no conocí la otredad nunca de ese modo.
Mi sentimiento emana, oscila, y retorna... de la sinestesia de lo incomprensible. No juega en la mesa, del nuestro ni del mío. No conoce las cartas de esos huertos ni tabernas. Es a la mitad materia inerte, literatura, y piel de mar... subiendo montañas de arcilla y escombros. 
No es teoría, no es poema, no es para que ocurra, o para no perderlo. No es porque he bebido la luna en tu latido. Ni porque la debo en tu tumba. No es, porque algo lo traiga de vuelta. Ni lo nutra en mi entraña.
Mi amor, es un préstamo de algo que no tiene nada. Es algo robado, en la casa que no ha existido. Es un lejano perfume de fetiches de memorias de peyote y de escaleras calentando el fuego del eterno retorno de los salmones y de las rocas.
Por eso, la deshumanización de mis sentimientos, es la única humanización para que yo siga amando.
He ido por ahí con el perro. Hoy estoy algo tensa, de la palabra radiografiada en el derrame de alcohol de tu oscuridad sobre esos azulejos que seguían la preñez de las arañas en cachos mordidos de cartón bañado en ácido, muy lejos del punto de encuentro, de nuestros ataudes, en el beso de la canción.
Me miro con el hueco... hacia la latitud de trigo y de arista, destruyendo mi historia, para salvar a la mar en mi pecho.
Todo ha sido, un juego de naipes en el infierno, junto a la flor, la hiel y tu beso de inexistencia en los trapos del tango lavando heridas en el vudú de los venados.
No duró la semántica del asfalto, ni sólo la de la indigencia.
Fuimos escalando agujeros de gusano en el ardor del cubismo. Fue creciendo una multitud de cada dedo haciéndose la serigrafía del olvido y de la amapola. 
Fuimos.. el ardid de una trampa para encajar un argumento en un loco actor divergente y atormentado. Y salió rana y hierba que se fuma, a la salida del cine, cuando ha muerto la esperanza.
Hoy soy otra vez cada una de mis distancias y de mis pérdidas. Y el lapicero se moja, en la cortina de fuego que empapa el acordeón de tus sueños sacros, con la viscosidad del dadá en una renuncia y en una pelea. Muy lejos de los motivos personales y del instinto de supervivencia.
La urdimbre de la palabra nómada, fue arrancándonos las palabras que llegaron en carne y lima. Y la experiencia del muro del manicomio, fue enladrillando y rompiendo diques en la suposición de la equidad de tu hambre y la mía, de tu eco y mi cuerpo, ciabogando precipicios donde se llenan los vasos que reposan en la acera la pérdida del conocimiento de un amor borracho de galerna y de imposible. 
La ternura es un perro negro bajo la lluvia, arrastrando en mí la verdadera memoria de mi conciencia de existir.
Lo otro, son artilugios del devaneo y pasión del teatro. Piezas desencajadas del puzzle que multiplica el nombre de tu olvido en mi sudor, con el perfume de una tierra furtiva levantada en armas contra la polución de las sombrías estatuas de los propios. 
Y da igual que lo bañe la gasolina o la leche de la vírgen. Nacimos a la mitad muertas. Fue un piojo de Alicia el que tatuó el síndrome de la sangre y la simbiosis, en los suelos resquebrajados del Fauno en guerra.
Y la soledad que estercolé en mis manos, fue igual de profunda que la que tomé del blues cuando sangraba sus excesos en medio de ninguna parte. Mi sombra fue una polilla acechando el verbo del paso de la noche en las caderas de metal de tus muertos bailando el twist.
Fui bifurcante de la llamada del dolor y del deseo. En tu casa de muñecas de plomo y cabezas de puma. Fui el otro lado, del otro lado que juré tenerte cuando la ciudad se llenaba de ruinas. Y en tu pronombre, hachís y goma de borra. Recaudo de los vendedores de humo. Trampa insolubre del poema, cosiendo desscosidos con agujeros enamorados.
Anonimato descabechado de tumbas sin nombre ni flor.. buscando la venganza del mar.... en grietas cuánticas destruyendo la linealidad y el peso es al volumen, puntas en tu lienzo, amor al TAE del hambre y jeringa en la balanza cambiándole el rostro a tu barco de cadáveres en mi piel.
Hoy camino, tramontana en el bolsillo roto. Cedro en tu abril, marchándote de la bienvenida de los mirlos.
Hoy es un diario desmembrado en algún lugar donde recogiste de las ruinas el ansia de la guitarra. Y desnudos, cruzamos la latitud de un golpe seco en el pomo de la puerta que atravesaba en tu espanto el rasgullo de un sentimiento que vino de lejos.
Y son horas de humo verde... en los enseres de la artesanía de tus noches de abandono, empapado de sal y whisky hacia ninguna parte con ese grito de vehemencia levantando a navajazos el suelo que contenía la sombra.
Por eso, me desciendo... al alud de tus ventanales, cuando expulsa el perfume la mirra y tu pizarra se llena de dibujos crípticos del pentagrama del fin, pulsando en nuestros cuerpos un deseo imposible que llena de hielo los labios que aguardaron tu decisión cuando no había nada qué elegir.
Pasaron más de mil noches... haciendo esos pozos en la madrugada de tu espejo de cicutas dibujando con sudor motivos para no volver. Yo fui... la tristeza de un suberfugio dándoselo todo al pianista borracho de la esquina de la lluvia. Lo otro no importó. Nunca pude desviar su curso, ni provocar en su corazón lija ni poema. Fue un escenario mutante en el LSD de tus párpados. Fue una manera de huir enamorados. Y aquellos papeles ocultaron las letras de tu nombre en las golondrinas que regresaban hambrientas al despecho de luna de esos callejones.
He estado tocando el djembe.... y he podido acceder a ese lugar, después de un proceso de respiración de la sombra y de su lejanía.. he llegado a un lugar, de Silencio vibratorio, de placer físico y espiritual, una especie de paraiso... donde me sentía a punto de echar a volar. Y he llegado a un lugar del nudo metafísico de mi herida, desde su posición real, en noción a la energía y al resplandor. Y allí he sentido que hacía una alquimia sobre mí y todo volvía a su baile. He tenido recuerdos de mi vida, desde ese pálpito, desde la memoria de esa energía y la he visto en mis primeros años de vida. Y lo he comprendido todo mucho mejor, porque desde esa conciencia las palabras, eran secundarias, como las vivencias. Luego estuve semidormida, un rato.
La energía con la que trabajé hoy... es lo más parecido a mi sino, lo que roza mi animal salvaje, mi inocencia, la solidificación del caracter de la música y del amor, mucho más allá del bien y del mal, del prejuicio cultural, algo.. en la avalancha de lo selvático. Era algo que busqué mucho tiempo en libros y nunca encontré las respuestas, y hoy en mí, hallé el barco. También... al rozar ese lugar de la explosión y el ansia de éxtasis, al lado de la sed y la herida abierta, sentí que había una especie de columpio doble y rizomático que se retorcía en mi energía y cambiaba la resistencia hacia una nueva apertura. Al comprender en la matriz de su angustia, la llenura de su envés. Todo esto, ha venido a fortalecer las vivencias de mis últimas semanas.. y las ha dado un caracter de semilla y de subida a la montaña. Sé que en esa energía está la voluntad y lo vital, el baile, el acecho, el gozo, el juego, y las alas. Pero por allí también me entró el infierno. Ahora... vuelvo a sentir la pulverización de las paredes y el camino de la mar.
Ahora ésta hora medio detenida. Con la espina de tu cristal removiendo latitudes derretidas en el lazo de la voz y la letra de lija en la roca que te frota el olvido hacia las brasas que aquellos años avivaron donde no volverías. Ahora la escritura es un efecto secundario de esa zarpa en la escayola. Un espejismo de tu traje de baile y madera, bajando por el andamio con esa gota de sangre solapando en mi cuaderno la profundidad del vacío. Voy a tocar un rato el tambor.. necesito volver a entrar en el Ritmo. Vaciar mi pensamiento, el escudo de mi suelo atándome a los sótanos de la letra.  Necesito volver a interpretar desde el beso de la nada.
He estado escribiendo en el cuaderno. Y he llegado a un lugar que me ha dado el latido de una posible salida. A través del Teatro, como gestor, como sepultura, como botella de vino, como intérprete. En lo exterior y en lo interior. En el diálogo del polvo y del ojo de buey.
He mirado mi vida, en una especie de látigo en llamas, donde todo lo que me fue, ciabogaba en el suelo crujido de ese escenario. Y el daño ya no era tal, sino en la consecuencia de un juego. Segmento del cubismo. Así como las pasiones y prisiones de un sentimiento, o de la búsqueda del fruto. Al hallar esa mirada... ya no vi el poso de mi infierno desde la latitud carcelaria de su atmósfera. Ni esa continua pelea del rayo con la otredad y el espejo. Porque ya no partía de su prosa. Sé que su semántica fue sólidad en un error de espacio y de verso. Fue en la linealidad. En la cuántica esto nunca ocurre.
El camino... que por un lado, nunca me existió. Ahora es una ecuación de poemas... en la destrucción de un escenario formado por cubismo y por el desapego, en la desnudez derretida de una voz debajo del presidio y flotando sobre el faro.
Me voy junto a él, donde lo fronterizo que determina su existencia, es éter y son interrogantes del hueco de los tambores entre aquelarres y juegos de tiza borrada con sal en tu piel imposible.
La idea de lo sido en éste lugar... es un péndulo de branquias y hoces, de vino que ebulle en las cicatrices insomnes de tu guarida desmantelada.
Esa complejidad onírica, descubriendo y cubriendo el rostro... donde la mirada que la penetra, ya no es un umbral ni la continuidad afectiva de un eco. 
Allá, hay juegos de cajas de cartón.. comprimiendo el rubor de las gaviotas, donde entre la espada y la pared, tocas enloquecido el violín de la ausencia. Y el camino de retorno, ya no es respecto a una balanza espacial ni temporal. El entramado de la tripolaridad de esa lágrima y esa flor, impide, el tú a tú. La confidencialidad, depende del peyote. Y allá, un esqueleto de golondrina disfraza mi carne... cuando las peonzas ya han tomado el exilio.
Sobre esos puntos suspensivos.... de la insaciable pérdida de ese libro en el óxido del salitre. En paz de velorios cuando fuimos desnudez bajando con las arañas la atracción de la ausencia. Y la estación siguió virando el beso de la orilla, donde retomábamos en la helada la descendencia de la rosa de jericó. Sin más reclamos ni preguntas al cuchillo de la noche en la autopsia del cuaderno. El camino ya no cortaba crisantemos ni acumulaba ritos de despedida... en la sangre de la primavera. Porque nunca pertenecimos a la permanencia, ni supimos acabar aquella historia, sino en el desorden endémico de la mar sobre la esdrújula continuidad de la metáfora huérfana.
En algún momento el vino agotó sus ardides, en los braceros del callejón, cuando el oleaje nos sacaba como estrellas fugaces hacia el escalofrío.
Y se acabó así... el recuerdo-plaacenta. El luto de retorcidas hogueras en el horizonte. Porque el viento no permitía detenerse, ni para hallar un argumento que curara los gritos del insomnio, ni para anudar el lazo al lugar donde volvían a reir tus monstruos.
Ahora hay un silencio. Una palabra escamada entre las callejuelas de esas canciones suburbiales que penetraste en un papel vacío que usaba tu ausencia en mis habitaciones para dibujar los gritos de la grieta. Esos símbolos han nacido de una representación teatral y sanguínea... que ocultan laberintos con ventanas cosidas a balazos sobre una oscilación magnética de algo que se mantiene siempre en el siguiente verso, incognoscible.
Yo he estado siempre siguiedo su hoguera. Mientras mis pasos se sumergían transversales de esa morada que se rompía en tu fiebre. Por eso hoy el lapicero aulla, la sombra de tu espejo en las líneas de la mano de la eterna extranjera que lasciva tus versos donde no habrá llegado nunca el aquí.

Hoy todavía no se ha despertado el verbo. He crujido la mirada... en una distancia de hulla, memoriando viejas veredas en la partitura de tu destrucción sobre juegos de arcilla y caligrafía de humo en algún lugar que ya no le importará al tiempo.
En mi sueño... ocurría algo con el fondo de mi daño, donde una especie de presencia, volcaba mi relación con mi herida y provocaba una reconciliación, a través de una especie de ejercicio y juego espiritual que tenía también qué ver con la forma de volar.  Aparecían puertas que sería posible cruzar si yo mantenía el amor hacia mi esencia.
He estado por ahí con el perro. Con ese viento frío. Con una ceniza metáfora en la explicación de la lejanía sobre los caminos del vapor y de mi distancia. Y ahora pulsa un teclado música de cera derretida entre las crisálidas que se contienen tu voz muy lejos de mi piel, de la palabra, del grito expulsado del horizonte en el golpear del oleaje bajo tu huella borrada.
Soñaba algo del camino hacia el que voy... una herida en mí se abría y algo.. buscaba que yo amara y uniera en mí... aquél proceso. Era un sueño en un estado profundo de conciencia.. era algo reparador.. pero que sólo puedo recordar su argumento. Y antes de despertarme soñaba algo de K. pero él no debía estar sino su hermano y había quedado algo no escrito que yo le explicaba a su hermano, estábamos en un raro sitio vaciado.. como una esfera de metal desértica por dentro. Y antes de despertarme pensé que algo de mi sueño había generado un fantasma y en ese instante el perro empezó a ladrar y durante un segundo pensé que el perro había visto al fantasma. Me desperté medio dormida... hice café, y ahora me duele mucho la regla y eso me quita algo las ganas de escribir.
Dentro de un rato saldré con el perro.  Ahora tomo un trago de cerveza. Hago la autopsia a un vendaje de etanol en el crímen de tus estatuas sobre las muñecas decapitadas de mi niñez. Y soy ismo de los fetiches de barro y petricor. De las bolas del rosario que no sabían ni sumar, ni dividir, de la suicida esperanza de la vieja que dejó clavado su ojo de cristal a la leche de mi fiebre. Intercambiando sed con el aroma presidiario de un tren de juguete. 
Somos surrealistas por imposición de la tragedia de la tumba. Porque no alcanzaba un sólo cuerpo.. a tentar lo incognoscible. Y de la humanidad, coleccionamos cubos de basura y caparazones de heridas exiliadas. Hachazos en la puerta, soledad embuchada en papel de calco enredando la marihuana en ritos de locos sin reloj de mano, sin libreta de notas. Y fue todo a follarse donde nadie estaba en la puerta, ni podía ser testigo ni prejuicio concruente con la ausencia.
Y el todo a la verga, de mis menos cuarto, con la mar por la cintura.
Saberme un extraterreste de tu sujeto y de tu esquela.
Inapropiada de la propiedad, del aquí, de tu porqué.
Sola, por natura, tomando de la sal, el canto de las olas.
Porquiosera del amor intravenoso de los muertosvivientes.  Sin jamás, recibo, ni premura en saberte ni irte. 
Porque nací atraida a los apestados, esculturas en piedra de poemas de humo.
Viuda con lluvia negra regando crisantemos. 
El oculto motivo de tu culpa... que jamás tendrá mi nombre, ni se recordará ni en tus cementerios ni en tus orillas.
Fui madre mercenaria... de tu cuchilla de afeitar... preñando en nubes rotas, mapas deconstruidos por la sangre del bolígrafo entre los ahogados.
A veces todavía creo que sus oidos recogen el dictado de la grieta de mi pared y el motivo del canto, cuando voy pisando latas abolladas de cerveza en los campanarios volados por dinamita de su réquiem del hambre. 
A veces tengo la ahogada certeza de que sólo él comprendería el chivo expiatorio de mi escritura, armado con semen de payaso y lágrima de viuda comiendo peyote al desvelo de la ley de gravedad.
Y es una atmósfera intravenosa y estúpida, como otra cualquiera, para desteñir en la sed de las página el redoble de la lejanía.
Esa rara desviación de la nostalgia en la explosión de tus autopistas bajo el papel de lija de un poema y de un golpe seco de ventanas sobre aullidos de gaviota... ha construido en mi idea de la ausencia, un ambulatorio de espejos desteñidos y encargos de grietas cuando empapado bajo la tormenta silbas aquella vieja canción que aprendiste atado a una botella de ginebra y un barco. Y yo soy el esqueleto distópico de la membrana de luz ciabogando branquias en tu descenso. Mi piel te tirita lo que se llevó el cielo de tu noche en mi palabra.
No vinimos a compartirnos el frío... ni la fe o el cinismo de la ruta. Siempre fue algo más absurdo, más triste y vehemente del roto reloj del capitán garfio en tu desnucado servicio chupando el vaho de tus ojeras.
Y usaste el verso, como lengua en la vagina, como óxido en la navaja, como préstamo entre ladrones.
Y yo sólo fui escalera partida en tu sombra. Propiedad de los descosidos amando rotos en el callejón que no daría ni pie a la página, ni sí a tu necesidad.
Hay otro tiempo en la escritura, en su olvido calado de tu beso de hulla donde yo nací ahorcada en tu grito, bebiendo el fuego de la fotosíntesis de tus naufragios, cuando ya no importaba.
La política del daño, fue a caer contigo aquellas escaleras ebrios de whisky, de infinito y de ansia. Fue mi lágrima-papel de calco, en la escultura de tu aliento sobre las alas de la mar. Fue el motivo de la madriguera y del abordaje, cuando ya no entraban más nostalgias en el réquiem. Fue escudo y lucerna, en los bailes primitivos de la despedida.  Chicle de marihuana a la salida del colegio... buscando en el infierno los párrafos del dios extraviado.. en juegos de naipes con el abismo, cuando había demasiado moratones para distinguir el vientre de la madreselva. Retrocedimos 500km hacia delante, cuando lloraste en mis senos, tu casa quemada. Cuando yo no era semilla ni canción entre tus precipicios, y no te daría ni consuelo ni violencia.  Porque también cuando la mueca se disponía a encharcar los pinceles con la fragilidad del amor, yo perdía el equilibrio y tenía que largarme cuando antes del beso del viento. 
Y mientras seguí el curso de las estaciones de tren. Tú golpeabas la mesa y a mis muñecas les crecían las uñas mientras soñaban batiscafos de niebla... en los caminos sin salida.  Cada vez era más complejo hablar de las certezas. Mi piel tenía demasiadas cicatrices tomadas en la simpleza del fango.. tostadas por enunciados imposibles, cuando te vendaba de noche en la grieta de mi pared. Y el poema ya no recordaba cómo habíamos llegado allí. Ni quién eras tú en mi papel tachado, ni el grito de la claustrofobia que me enviaban los mirlos debajo de la nieve.
Culpé literatura, donde era una navajazo en la sábana. Y luego seguimos al sol debajo de las piedras.
He estado en el río.. durante un instante sentí algo muy bello, al tumbarme en la hierba, al lado de unos juncos espigados.. como con flores de trigo y de nube, tuve una especie de sensación universal de la ausencia y la navegación... de esa sombra del águila, de sus ojos penetrantes donde nuestros ojos ya no existen. Tuve la sensación de fundirme en un fuego cubista que despegaba el peso de todas mis circunstancias y del resto de la humanidad en no sé qué poema sin palabras, ni principio ni fin. Tuve la sensación de una conciencia que al buscar lo incognoscible, construía en algún lugar la posibilidad de tomarlo... de recorrerlo, de habitarlo. Como si todo lo deseado e imaginado y gritado alguna vez, por cualquiera, en medio de ninguna parte, provocara su existencia metafísica en otro tipo de nivel de energía o de sueño o de ruta. Pero luego me distraje. He estado distraida la mayor parte del viaje. Con una grieta en mi recuerdo. Con un espejo que me separaba del acto del verbo del éter. Como seseando inconclusiones y extraños perfumes.
Hay un magnetismo... al despiece acotado del naufragio, donde la palabra bombea lo que en tu boca se tragó de alcohol en ese libro de plomo que pasaste junto a mil tumbas entre mi piel. Yo lo remuevo en el mecanismo transformador de la procesionaria de los pinos, cuando nada te llora, ni te hace complementario de mis noches sin mundo chupando en los huesos sangre de tango. Cambia el nacimiento de su cueva en el escalado y disecado de las mariposas en tus cuadernos hechos harina del pan del desencuentro, una medianoche cualquiera, donde perdí el norte y todas tus preguntas.
Porque todo lo que tomé, lo hice, desde la inestabilidad crónica y subjetiva, del ardid de la metáfora, follando brujos en el espejo de la sal. Mi cuerpo jamás sacó en claro nada de la prosa ni de tu cuerpo. Fui a la mitad invisible y carnaval. Fui la que recogió tu basura, en la canción de amor que le escribiste a otra que confundiste conmigo cuando eran tiempos de morir.  Yo me hice responsable, porque era fundamentalista del capricho infiel de mi poema. Y tú eras droga, insomnio y desierto. Porque lo que tomé lo hice desde el anacoluto que me preñó desde Marte. Y todo lo otro, era su refugio y su hospital, su tren y su accidente. Para el amor o para la tragedia. Para la sequía o para el sexo dentro de la mar, entre péndulos de cubismo, carroñero y filantrópico.
Por eso todo me hizo daño, por eso nada me lo hizo, porque no iba conmigo, porque corría por mis venas.  Porque detrás de cada palabra que ofrecí al otro o a la roca, nacía una palabra que la rompía en mil pedazos por su sueño maternal.  Porque éste es mi lenguaje, el que no miente. Y no vive nunca cuando hay alguien. Porque cuando hay alguien, mi carnaval se vuelve loco y mis suelos y paredes se enganchan de sapos y de hoguera. Viene a protegerme mi exilio. Viene a acuchillarme el amor. Y siempre, bajo cualquier circunstancia, soy la otra cuando hay alguien.  Y en esa complejidad cuántica del destierro y lo sido. Hablo las mandrágoras. Y mi amor, está solo, en medio de la nada. Porque nunca concedí ni mi lengua ni mi cuerpo. Porque naci sumida en la lejanía. Porque mi soledad no se permite perderla. Porque he escrito muchas más palabras de las que he hablado. Y en su profundidad y en sus desiertos...... mi senda desnuda me obligó a continuar, por dignidad, por desamparo, por utopía.
Dentro de un rato me iré por ahí con el perro. Hay un mecanismo diferente de sentir y de pensar, en movimiento, sobretodo cerca de la naturaleza. Cuando se desapega del peso del latido, alguna necesidad que lo resalza y simplemente es, en su miseria y resplandor, en su totalidad mordisqueada por el innato cubismo.
Cada vez camino con menos peso, porque necesito menos objetos en la fórmula de mi deseo. Ya no busco el quién, ya no hago réquiems del espacio, ni del síndrome de la atmósfera en el hilar de la grieta. Tampoco padezco del mismo modo el ansia del poema, ni me requiero en el verbo con ese sanguíneo esqueleto cosido al fondo de tu escenario pariendo lluvia en raros armisticios de la pólvora y la cromática del cielo.
Y aún así, sé que algo todavía, se coloca sobre el vértigo, y hace pizarra y hacha de la duda.  Es la senda del sueño, que tal vez ha nacido melliza a la muerte.  Hallo música.. en la exarcerbante derrota de mi sombra entre la tripulación. Como diálogo de la mar con lo que dentro de ella expulsa lo que crees al nombrarla.
No participo en el lenguaje de los acuerdos. No comulgo la comunidad de la palabra, en el tira y afloja.. de lo que en el fondo ha nacido de la pura carencia.
Fue la carencia.. la que me metió en esas relaciones afectivas y pornos... del grito de la luna bajo lo que nació muerto entre mis brazos. Fue la necesidad de una trampa espacial para acallar a Franquestein en esos motines de la alcantarillo, donde osamos la rosa entre los muertos.  Hoy lo sé sin pena ni arista. Como pez con la memoria genética del eterno retorno entre los brazos de la enana blanca.
Ésta hora de la mezcla de madera y llama. De silencio y melancolía saqueda en la alegría del agua, condescendencia de los desheredados al rumur del verde, al arruyo de los oboes y de los golpes secos de pared en tu lienzo de bodegón de daturas con arrugas de siglos escondidos en la retina de la vieja que te dio todo lo que tuvo del olvido.  Y muy lejos... con esa cocción de la bicicleta en el eperma de nube, con amor desamurallado cuando me hablas de tu verdad en suelos barriobajados de salas de espera de hospital cuando hace 10 años que no vemos a las cigüeñas.
He seguido todos los cursos, de la apostasia del dique, en tu piel y en tu buzón. Ahora mezclo arcilla con historias acabadas.. y el río abre sus piernas, en la pasión del crisantemo. Caigo en las veredas, puntos suspensivos cosidos a puñaladas a tu risa de ave. Todo se va. Soy la búsqueda del amor que nunca ha vivido entre las palabras. Soy su tango, su estación de tercera mano bajando por tu espalda, quitándote los prejuicios que escribieron mis ojos en tu idea de mis ojos. Cuando era muy tarde para salir con el axioma o con el verso.
Y esa es mi certeza. Lo que pasa que a veces me es inaccesible, ilógica y sanguinaria. Cuando mi conciencia se atrapa del magnetismo de la sombra de la ortiga, me niego lo que sé, me espanto lo que me da vi, en atajos rotos, de un beso de pecado.... entre el perfume del muerto y tu casa bajo las llamas. 
Es ahí, cuando vuelvo desarmada al callejón. Y tejo y destejo, palabras mal escritas que me llevan a enunciados jodidamente retorcidos, que me alejan y me alejan, al sacramento del fango, y luego el dolor, me saca de allí.
Pero esto es algo evitable, no creo que plenamente. Pero sí, al conecer la táctica del laberinto y cambiar el zumo de rosa con el que quitar la sed a mis monstruos. 
Cuando se detiene la máquina de escribir, cuando no acumulan los pasos prosa ni línea recta en la suposición del camino y la salida. Cuando lo que me da el calambre y el motivo de seguir, es una fuera de campo de mi palabra, de mi raciocinio y de la droga de mis sueños.
Es algo muy frágil... por eso muchas veces se confunde con la fiebre y se pierde su verdadera forma, y yo vuelvo al callejón. 
Es muy frágil, porque vive en un nivel de conciencia, donde no se le da de comer ni al pasado ni al futuro, ni se usan las heridas, ni otras condiciones del gozo. Sino.. un resplandor, casi demacrado, casi vacío. Y es ahí. Sólo ahí. 
Creo que ahora he abierto la complejidad de la crisálida. En una especie de paralelo. En una zona intermedia. En otro encaje. Algo que me acerca.. más la lengua y el verbo, al aprendizaje de la oscuridad. Pero tal vez esta cercanía no sea, un error. Sino un armamento, del escalofrío.. para equilibras viejas tormentas sádicas. 
No es posible mantenerse arriba. Al menos de momento. El capricho del rizoma, del canto del cuchillo, y de los problemas semánticos y alcohólicos de la sed, retoña, y allá, recuerda, y entonces transforma. 
No es línal. No es temporal. No va.. con la razón ni sólo con el sueño. Se trata de una perspectiva multidimensional. Donde el éter.. es quién  lleva a cuestas, al cadáver del payaso y a su risa y sus fetos. 
Hay otra forma de horadar en la luz hervida de ese pentagrama el leitmotiv de chimeneas de mar borrando en tus diarios mis huellas dactilares. Es la zona intermedia, del absoluto vaciamiento y el sentimiento incondicional de la salmuera y la sangre de tus pasos.
Ya no es, respecto a la reciprocidad del sonido en una respuesta que calme tus aullidos en medio de la nada.
Tampoco porque la otredad ame, comprenda y acompañe, racimos de niebla, saltando precipicios con letras orbadas en el corazón de las estatuas de sal.
No viene al pago... de lo que atormentó la canción en tu utopía ni en tu renuncia.
Y no crece ni se calma, porque el exterior traiga, una orilla.
Vive dentro, utilizando la cuántica y el gas. Es lo inabarcable de un poema o de una lluvia de barro... en la lírica descriptiva de los sonidos musicales cuando el cuerpo es trapo y adiós.
Yo soy atraida, por su paraiso y su presidicio, pero cuando me roza, soy transformada, en una nueva. Naciente de la herida y del deseo. Recien llegada a la escritura del horizonte, a su desapego y a su amor. Nunca voy en el mismo barco. Y cuando salgo expulsada, no es lo que espera en mi espejo sacando a navaja punta al lápiz.
Hoy me dijo X. con ironía "joder qué elegante vas, parece que vas al corte inglés". Y es que hoy me puse los primeros pantalones que encontré en el armario y tienen un agujero en la rodillera. Y el abrigo tiene barro... de cuando jugaba con el perro en el monte. Yo ando por la ciudad... como canción olvidada en la epístola de tu desaparición. Todos me parecen unos locos. Todos me son extraños y extraña yo en el zigzeo de sus pupilas y de su paso.  Voy hacia lugares deshabitados en el etanol que dejé correr por tus paredes para olerte la noche donde tu bolígrafo dejaba de hacerte caso y la luna de plata quemada insistía nuestra ausencia. Hay una herida en mi corazón que sé que no podré curar en la otredad, que sólo la luna, podrá cerrarla cuando vuelven los barcos hacia sus pasadizos secretos. Hallar la paz en su garra que me tienta, es ningunear su condición semántica y la atadura de su verbo. Es mirar desde su otro lado oceánico y distante. Y seguir tocando el tambor y la sombra, por lo que vale la pena, aunque no tenga nada qué hacer ni que conseguir en el materialismo. 
Estoy tratando de enviar mis instintos de taberna y de pasión, a un lugar vaciado, a un lugar latente del vuelo de los astros y el vacío.  Una especie de camino místico, de orugas y de piedras bañadas con algas. De ausencia de mi historia humana, de transversal de luz de charco verde.  Y ha sido raro lo que me ocurrió estos últimos días. Porque tuve una intensa tentación de placer con un hombre, una especie de metafísica de lo prohibido... y eso me despertó un latido medio incendiario.. en algún umbral de mi desierto. Me ardieron dentro viejos caminos del hedonismo y de la noche. Y la contradicción volvió a golpear absenta en mi papel vacío. Ese adentrarse a mundos del suburbio.. me despertó otra vez el pálpito de mis viejas pasiones, volví a recordar el cuchillo de esa nostalgia de nómadas clandestinos y arañazos de olvidados en la raja del cielo. Y eso me llevó al lugar donde no duerme el poema. Y ahora... me siento algo más sombría.. hacia el lenguaje de los árboles. Como si la metonimia hubiera incluido otra vez un escarpado... entre bigotes de gatos y acordeones de tequila desbordada donde vuelves a tragarte de humo en el piano que amanece pegado con sangre a los mil y un huecos de mi voz sobre el abismo.
Vengo del río... caminos masticados en el quemar de las hierbas del precipicio.... un sinestesia, al escuchar a Arturo Meza... algo que vivió en mí profundamente hace 10 años.. algo que volvió a mi corazón cada vez que nos expulsó el blues de las tabernas, al golpe de la mar hacia ninguna parte. Sentir que mi pasado es una epístola literaria contada al veneno del tejo y a la ventana rota que escanció licores de tus cicatrices y brindó alada a la inexistencia el beso de la mar. Todo vino a cerrarse sobre la distancia que caminaba a la contra de mi paso y me tomaba en un lugar imposible y me escribía raras canciones del desfallecer y el robo de estrellas.
Está en un lugar muy raro, mi corazón respecto a la urdimbre efectiva del común y de lo semejante y la reciprocridad humana. Está en un lugar.... donde beben los juncos las sombras del petricor. Y apenas hay la certeza de haber estado. 
También soy consciente de un torcido alambique noctámbulo en la digestión del callejón y del éxodo. Que viene a hacerme la lejanía, la excusa literaria, el lo comprenderemos cuando ya no exista la necesidad del lenguaje..
Dentro de un tiento, me voy con Kavka al río. He vuelto a escribir a mano en mis cuadernos, porque allí contengo mejor el escupitajo de mi yo de la censura. He sido muy críptica siempre a la hora de confesar mi daño. Desde niña... mentía con eso, trataba de fingir que mi quebranto era por otro motivo, cuando alguien preguntaba, y ese otro motivo de la ficción lo representaba con razones tan convincentes que ya no había dudas. Con el tiempo el mecanismo del caparazón también se asimiló a mi soliloquio. Y se quedó delegado únicamente a la atmósfera del poema. Dediqué muchos años a metaforfosear el objeto directo del cuchillo en mi cuerpo y a convertirlo en gas. Y el lenguaje de su sinestesia siguió bebiendo en mí la esdrujulidad y multiplidad de los enunciados sin sujeto. Sentia un profunda timidez y alergia cuando era niña a que alguien comprendiera los motivos de mis entrañas. Y desde entonces me dediqué al camuflaje. Los motivos de mi quebranto nunca son llanos. Nunca pertenecen a algo palpable de la hechura. Son metafóricos. Nacen de al menos dos vientres en guerra que paren un hijo bastardo en mi regazo lleno de hielo. Y yo trato de ser su madre... desde 8 úteros rizomáticos y bifurcantes. 
Siempre tuve la sensación de que mi grito estaba jodidamente entrelazado a algo mucho más allá de mí. A algo que sangraba en las venas de todos, de la muerte y del ballet, de la fiebre de las ratas y de los peces que volaban..  Yo crecí sola. Era antagónica a todos los amigos que tuve.  Y mi unión con las metáforas me separaba cada vez más, de la entrega a otros ojos. Por eso la sensación de desarraigo social, se hizo un motivo metafísico, un fuego, un horizonte. Se hizo mi casa, la despedida, la traición y el Teatro.
Se escapan algunos copos de nieve. Pero entre hormigón y horizontes de cemento. La ciudad es una tumba que inhala en tus labios... viejas puertas quemadas en ese rito de la mandrágora lejos de ti, cuando a carne viva... esculpías violines de etanol en el lugar de mi exilio.Y blabla, verso del hambre, síndrome del pronombre ahorcado, viejos sótanos de noche petrificada en el fondo abisal de tus ojos. Por allí ya no es. Por allí sólo encontraré mi sed y mi desarraigo. La caricia sólo está donde hablan los árboles. Sé que he olvidado algo. En algún lugar de la glaciación de tu pentagrama en las viejas caracolas, hay un acceso. Hay que serpentearlo como letra de vino debajo de la tierra.  Tengo que regresar al acceso de la muerte del tiempo y del espacio. Hoy sufro los vicios de mi escritura.. en esa madriguera que palpaba tus escamas en la sal... los dos escurriéndonos de todo lo nombrable.
He de hacer el ejercicio de embriagada aceptación de mi escalofrío y mi sombra. Del disfraz de mi daño en los aquelarres de la flor del cedro, aunque estemos muy lejos de un acuerdo con las palabras.
Me despierto... he tenido sueños reparadores, aunque apenas los recuerdo... era como una conversación con dios y con el diablo.... pero su semántica ha quedado en algún lugar oculto de mi conciencia. Dormí de un tirón. Suelo hacerlo siempre. Las épocas de insomnio ya no me atormentan. Fui a por un café con soja. Encendí el cigarrillo. Fumo otra vez demasiado. Hay alguna inconclusión en el poema que muerde tus labios desde el coñac que me suspende en el fervor de la grieta. Las cáscaras del día comienzan a separar las partículas del río en los nombres que arrojaste sobre el vacío para atar motivos de fuego al camino que huía. Todo es bañado por la distancia. La soledad que se inclina para besar tus huellas donde nadie ha venido de vuelta. Ya no importa qué verbos cicatrizaron en mi piel desde tu olvido. Lo que seguirá no tiene nada qué ver con nosotros. Es suspendido por el magnetismo de la hoguera que flota mucho más allá de la historia que removimos entre tierra y sangre.
Yo voy extranjera. Busco el corazón de la grieta de los mundos. Sé que está cerca la muerte y el poema. Tu casa arruinada en los escombros del caballo de cartón galopando primaveras enardecidas muy lejos del centro.
He estado escribiendo en el cuaderno. Y he encontrado por fin, un motivo metafísico para el desarraigo que he venido sintiendo al beber de una cuántica incompleta, la sombra y el paso. Los mil y un motivos del callejón, alienados de forma rota y retorcida, al espejo del sol, del otro lado.  He vuelto a hallar la coordinación de mis antagonias, al nacer del verso que destruyera el peso de la prosa con la que venía ese agujero.
Y ese agujero se hizo un darse cuenta, de mis viejos procesos del lenguaje, cuando escribía desde el pensamiento-agujero, el yo agujero, el suelo agujero. Esa escritura Subconscientada que acababa sacando a la luz el verdadero contexto del allá, evitando el objeto directo de mi piel en el cuchillo y obligándome al viaje a las profundidad, más allá de la arista de la hechura y del desequilibrio de mi pobreza.
Algo ahora, utilizando aquél primitivo fruto de las sombras, ha vuelto a oscilar contra la luz en mi camino. Y su oscuridad es también el instrumento para retomar mi camino.
Hoy he vuelto a comprender mis sueños y he sabido lo que quería el tigre que apareció.  
Sé que esa sombra, peligrosa, furtiva. Ha estado en mi vida desde siempre. Ha hablado en mi exterior, ha hablado en mi palabra dinamitada sobre la siguiente palabra ahorcada de la atracción de la luna. Ha estado en ciertas decisiones... en vías de escape que fluyeron noctámbulos cuando el mendrugo del gorrión robaba tu nombre sobre los cristales.  Y ese complejo mecanismo del poema, entre la nada y el cáliz... ha vuelto a aparecerse, como el prisma, como el vehículo, como lo que toma lo desechable en su alquimia para engendrar detrás el verdadero rostro que cose en mi cara lo que no es mío y es a lo único que he sido, con crepúsculos, cada vez que amé.
He estado por ahí con el perro... algo enrarecida... la ciudad tiene demasiadas emanaciones grises... donde no respira la naturaleza y los cercos del civismo hacen nudos en lo inefable que choca sobre una especie de muerte. Y el paso va allí también pisando cristales. Aún no he llegado al lugar al que quiero llegar... tengo antes que revolcar en mi hueco, el poso del infierno. Tengo que extenderlo desde mi herida y mutarlo. Ya no me sirve del todo la explicación existencialista. Ya no soy respecto a mi historia... ni desde el violin, ni desde el vino borboteado en tu escritorio.
Estoy en medio de ninguna parte.
Quiero ir pronto a nadar a la mar.  Sé que ella, siempre ha sido determinante en la elección del camino. Lo que he descubierto de mí y del amor y del aullido, a su lado, ha sido la única senda.
Mis sueños se han vuelto más complejos. Mi diálogo con lo desconocido se ha vuelto demasiado voluble. Siento que se ha abierto una biburcación en mi percepción al mirar el Verbo, y eso me lleva a enunciados incompletos y caóticos. 
Tal vez se me metió una duda de fuego. Tal vez dejé de estar en armonía con los árboles. Y la ventana del infinito está escupida desde sangre del desierto.  Necesito concentrarme en la desnudez de la caligrafía... en el acto de la danza... en la sincronía de lo abstracto más allá de lo que el horizonte plantea sobre el materialismo.
He estado abriendo viejos pórticos y hogueras de mi latido enfrentado a la piedra de la nada, circundando tu esqueleto entre mis brazos. Mano en la mano de la lejanía, echando el remo y el hambre, desabrigándome cuando vuelve el frío, para beberlo con tu papel en blanco tocando en mi puerta historias escabrosas que la noche y sus enseres ya habían sacrificado, mucho antes, entre nuestros cuerpos.
Decidí irme, hace un mes. Pero quedó un vaso lleno en esa sucia taberna. Hipnosis de sirenas al cruzar calles mojadas en la medianoche del suicidio del tiempo. Fui culpable del amor a la sombra. Fui su grieta en mi garganta cuando tenía la vehemente sed de esa locura rodando la autopista, para poseer lo que nunca fue de nadie.  Llegué a esa plaza de lunas cadáver, volteando el espejo de tus ojos debajo de los charcos. Y otra vez la serpiente me metió el perfume del fuego en la gula de mis ojos.  Por eso hoy aquí chirrían las ruinas.... los naipes boca abajo de tu casa desmantelada. Por eso, he de empezar de nuevo.  Tengo la experiencia del fango y del paraiso.  No se basa nunca esto en la moral adquirida por la cultura.  Es otro pergamino cosido a balazos en las palabras que se usan cuando se habla con las plantas. Es ahí. He de hacer un trabajo de introspección, pero también tomando el furor del magnetismo que el exterior domina en mi pecho.  Hay un lugar donde se mezcla esos dos mundos... una especie de conducto, de lenguaje del fuego del agua. Y es ahí donde he de regresar. Y para eso antes tengo que devolver a su curso.. esa contrariedad sombría que me ha venido desde un blues gangrenado... y atraido hacia algo muy primitivo y atado al otro lado, hacia una rara metonimia, de sombra atascada. Ahora me debo con todos mis latidos, hacia esa herida.
Estaré por aquí una semana. Quiero mover algunas palabras de sitio en esos viejos pasadizos que alguna vez drenaron la oscuridad en párrafos marmóreos. Y que han de voltearse donde el surco del agua siga removiendo la música que flote entre tus sombras como puentes, como el siguiente quizás que no manchará en la pared el guijarro de tu quebranto... con la sucia necesidad de un ancla entre ese contrabando de desapariciones.
Es tiempo ahora de volver al motín de lo desnudo... con los ojos abiertos hacia la aprehensión del horizonte... desligando en esas alas la esencia desarmada de ese lapicero de arena.
Quiero descubrir el interior de mi sombra sin sucumbir al exorcismo de su poema. Hay algo muy compacto besado de una materia etérea.. imperceptible en mi pensamiento. Algo que oscila como en la atracción de un fuego flotante y que hace en mi raíz... el tiro y el espejo, de otro tipo de Verbo, de una sapiencia volatil. Es ahí donde debo de entrar. Y para ello, el movimiento de mi conciencia debe funcionar en otra arquitectura.  Es un lugar lúgubre. Es un lugar que rodea el grito de mi ser y de su paso... bajo una atracción desconocida para mi lenguaje. Siempre he sufrido sus caprichos y zarpas... y han determinado mi elección de pasos y metáforas. Ahora ya no quiero hacer eso, quiero entrar al lugar donde nace, quiero elegir, quiero que la Conciencia esté abierta, que siento porqué, que escoja, que abra su voluntad... que desholline de esos mundos abstractos los hilos del viento que conecten esas energías con el principio de la mar.
Para eso necesito ciertos ejercicios de la perforación metafórica de mis sentidos. Del lavado de la arista de las habitaciones en la laguna de salvia. Donde nada vuelva a regirse por la repetición del pasado de mis vivencias y su carcelaria interpretación de la realidad y formulación de su supuesto.  Hay algo mucho más profundo que vive en el fondo de mí donde yo ya no importo, yo soy su jodido chivo expiatorio cuando actúo como una cerilla, pero puedo ser un instrumento para hallar la voz del éter. Y ser libre. Libre de mi mente, de mi instinto, libre de lo que me vulnera desde lo Desconocido. Y para eso he de conocer su órden. He de desteñir las máscaras de esos compactos libros.. y destripar la tinta hasta hallar el resplandor....
He llegado ahora a la ciudad. Ha vuelto el frío. Preguntas derretidas donde tus manos escriben el temblor que el viento lame donde hemos perdido todas las palabras. Ahora quiero dedicarme a algunas cosas del aquí, de su arcilla y ojo de buey, de su canto nocturno, de tu tiza y de tu noche, cuando ya no importa quién de los dos.
Ya me tengo que ir.. recoger los bártulos, limpiar un poco la casa antes..regar las plantas. Y entrar sobre la sombra de la mar del viaje en esa ecuación. Tengo que despertar al animal que protege mi voz en medio del infierno. Dar una vuelta de latitud y de éter, en ese interior que ha vuelto a ensangrentar tangos. No hay tiempo para aflojar en el callejón la ginebra. Ahora esto no funciona así.
Todavía no he despertado. Hay algo que me inquieta... es un fondo primitivo del daño, del desarraigo, del caparazón de espejos esculpiendo la lejanía. Algo que siento que se mueve en mis entrañas como una semilla de tiniebla... y que está fuera de mí también. Algo que utiliza un lenguaje mucho más complejo, también en sincronía con el espacio y tiempo, y una grieta, que arde en el fondo de las cuevas, esa caricia de sal, cuando vamos sobre la deriva, buscando una casa en el interior de la hoguera.
Es necesario que la sienta en mí... hasta abrirla y desarmar los motivos que me quitaron la voz alguna vez bajo sus oscuras emanaciones. Detrás de ella, hay un complejo poema que puede devolverme los ojos en los ojos que navegan hacia el Sol.
Son tiempos convulsos. Hay algún tipo de violencia que parece alimentarse a sí misma en una fuera de campo.. de la piel y los pasos de viento sobre escaleras de nitroglicerina. Hay un tipo de mecanismo magnético de algo que exorciza los motivos que creo de la realidad y de la sucesión de muecas y canciones, y mucho más allá de mi comprensión, se eleva, el grito, de la primera muerte, de la violación contra la mar.
He tenido estos días.. una sed tormentosa, otra vez la inclinación de esos círculos del callejón y de la muerte palpada en mis cicatrices de ausencia, llenando vasos de alcohol y de labios de ceniza. Y ya me cansé. Mi vida por alguna razón siempre ha ido a oscilar... al quebranto de los presidios. He estado atrapada por el aullido de mi poema. Y quiero ser libre. Tal vez es algo parecido a desaparecer de mi historia y sus anclas. A trascender a una especie de caricia de la nada. Y comprender a través del noctámbulo alambique del daño. Mi Conciencia... ha vuelto a meterse en el nudo de un verso del insomnio. Y para volver abrirla tengo que caminar éste desierto. Tengo que incendiar mi voluntad de ser... y de deambular agua con el agua... en la danza de los lirios.
He soñado con mi abuela... yo le hacía la cama para que durmiera... estábamos en una habitación en la que nunca había estado y fue un sueño muy hermoso. Ella había regresado del mundo de los muertos... y yo dormía a su lado.
Hoy me iré unos días a la ciudad. Tengo que recobrar en mi conciencia, la poesía de la grieta, el aroma cromático de las aves... la soledad y la latitud del amor.
Soñé también algo raro... una especie de magia que se mostraba mezclando un poema con vegetales, una rara cocción de un hechizo. Eso me hizo comprender un artimaña de una especie de criatura de otro mundo y cambiar la oscuridad que había acuchillado en mi cuerpo.
He estado feliz... en el monte, otra vez esa sensación de infinito y de enamoramiento... de jugar y correr y bailar con el perro, de rodar por la hierba.... de quedarme mirando las nubes y los picos de las montañas, esas ramas amarillas del ocaso de los chopos flotar como balas hacia el infinito. Y tan verde, tan amor la hierba. Con las montañas nevadas, negras y azules y el viento de la nieve.... Es muy distinta la perspectiva al tumbarse en el colchón de la tierra... me cura, siento que la ley de gravedad cuando te bautizas de hierba, es un vientre materno que a la vez me columpia hacia el infinito. Siento que todas mis tristezas y oscuridades, son transformadas por la Madre Tierra. En un momento sentí tanta inmensidad, tanta vida y belleza... que tuve ganas como de llorar, como de hundirme en el océano. Vi las cigüeñas volar. Estuve tranquila, plena, allí, carcajeante. Porque no pensaba en nada, no buscaba nada, sólo vivía.
Busqué el amor... porque dentro de mí, vivía una zorra parricida de mis versos pariéndola en la esquina apostasiada de mi fregadero.
Busqué aquél mago de otro mundo, por pura ausencia, por hospital abandonado con muelles oxidados saliendo de mis sienes. Busqué el amor fuera, porque dentro era una pistola señalando a mi cabeza. Y hallé un prostíbulo. Porque todo lo que no corre por las venas, es materia mercenaria. Porque todo lo que no vive mar en la mar del hueso, es sangre corrupta, es miseria, es necesidad e intercambio de enfermedades.
Entonces yo no lo sabía.... pero buscaba, en el amor, el amor que perdí macabra al conocer a los humanos. Buscaba miserablemente el canto que afirmara, lo que destruía mi voz, en mi oscuridad. Buscaba en el amor de todos esos hombres, mi infierno dado la vuelta, mi infierno con absenta, con barcos de infinito. Buscaba el engaño y la trampa. Y justo eso fue lo que tomé de todos ellos. 
Yo necesitaba un amor Imposible, un amor antiterráqueo. Porque tenia cicatrices de miles de kilómetros de profundidad provocadas en la tierra.  Y como la paloma equivocada, creí que un ser de dos patas, hijo del agujero y del hambre, podría darme la sinfonola. Por eso acabé en tantos tanatorios haciendo vudú con espinas de sardina. Por eso desangré en anacolutos, mis venas. Porque todo aquello, nació de la Trampa y del error semántico, espacial y poético. 
Hoy lo sé. Por eso sólo voy a lo Desconocido. A lo Imposible. Donde no hay ningún otro humano. Donde yo tampoco estoy ni me necesito. Por eso ahora el amor que busco, es el de la roca, el del águila, el de la tormenta, el de Marte, el de mi agujero de gusano entrando desde el fin de mi vida al Infinito.
Hoy se me helaron las manos al comer una manzana bajo la nieve. Se me heló el recuerdo al sentir ese golpe.... en el otro lado del muelle desde el que tragaste marionetas para mentirme piadosamente tu cobardía. Y a flote, siempre salimos disparados 200metros bajo tierra. Los para-rayos devolvieron el cuchillo a la yugular del rey y locos de alegría asaltamos ambulancias en el desguace.  Cuando quise abandonar los vicios del callejón, mi cuerpo se llenó de vicios peores. Por eso siempre fuimos abogada del diablo... cuando la tierra era un matadero.
No hicimos nada a cambio de monedas ni de favores. Lo que hicimos fue por pasión de muerte y poema. De olvido. Del acércate todavía ésta noche antes de que mañana sólo sea sal. También hicimos muchas cosas por pura estupidez y anacoluto, por desarreglo cotidiano en las hormonas de marte. Por asco. Por pura rabia. Por demasiados cristales derramando el recogedor.  Y lo que hicimos por amor.... acabó en el mostrador del diablo pagando a dios sus trapos sucios. 
Lo que hice por desquite, fue un embarazo no deseado en el ansia de mi luna. Con los manifestantes apostólicos negándome el aborto y metiéndome el campanario de tu iglesia por la vagina.
Hoy tal vez me ponga a hacer un video, de un poema que escribí hace un par de semanas. Me han venido ciertos estragos de la cinematografía de esa ventana en la tripa de la cucaracha que flota sus huevas donde todos tus buzones están drenados del río de mi olvido. 
Vuelvo a mezclarme en la mística de la sota de espadas y el baile de los sapitos del suburbio cuando la luna es roja. Tengo la abrasión de un amor momificado en la memoria pintando en la pared el sístole y el diástole del fauno cuando tus cuervos ataban besos de inmensidad en mis labios muertos. Y eso me suspende, péndulo de salmuera... en la pasión de tus rosas dando de comer a los jabalies cuando yo soy el desagüe de tu Lete manchando la pizarra con tiza del exilio. 
N sé qué bajó desde la montaña, aquél 24 de agosto, cuando mezclaba en mi pared la sangre y la cuchara de tu espejo derramado en mis grises adoquines de la lluvia. El poema lo quería todo para él. Nosotros no podíamos quitarle nada. Éramos la izquierda del cero, en el térmometro de mercurio, comiendo setas para volar. Suicidamos las neuronas del retorno. Dejó de existir para siempre la locura y la cordura.  Nos dimos a orgías de rayos y de mares. Donde nuestro cuerpo sólo era una tela de araña suspendida en el norte desaparecido.  Pegados a la grieta como viento pegado a la espalda del suicida, nadamos los siglos asesinados en busca de una casa impenetrable. Olvidamos hablar el lenguaje de la harina, el del vino, el de los humanos. Olvidamos dónde colocar al sujeto respecto a la pregunta al verbo o a su robo.  Y el pasado... se hizo lodo de isla... en las garras del afilador. El futuro era la puta que ponía la cama, en nuestro barrido de estrella.  Y se me cayeron todos los anillos despiojándote en mi habitación de parásitos. Se cayó el porte, el escenario, el te amaré, el estaremos, el ha valido la pena, el queda algún motivo, en la muerte tendrá sus razones. Todo se cayó y el arriba era igual que el abajo.. en ésta balanza de magnéticos golpes de éter.
Sólo me dediqué a escribir.. miles de páginas que sólo fueron del fuego. Y ahora miro por la ventana los zarzales que a lo lejos... chupan mi voz y hacen la metonimia del efecto retardado de tu ausencia. Nadie lloraa cuando el umbral despierta a las bestias. No da tiempo sino a encenderse del salto al vacío y a echar los alaridos que la tierra nunca acogió.
De la pértiga y del silente de barro.
De tu traje de madera convertido en sumidero de rocío en mi angustia.
Placenta de la nieve, cuando voy pisando cascos abollados de héroes del destierro... y suman alcoholes, en el vapor que lavo de mi ventana, como si corriera en tus labios, el dique y la oceanada impulsara la muerte del cisne.... con tu guitarra en mi colchón remando hacia el mundo que no ha nacido.
Yo fui hija de las sombras. Cuando nací huérfana en medio del camino de las ruinas, en busca de mi casa, hacia el lugar del que nadie volvió.
No tuve el beso ni la flor. Tuve una esquela invitando a barra libre... entre los malditos. 
Fransquestein, creció dulce en mi pecho. Cuando el barquero pedía sus monedas. No fui nunca bonita para nadie. Fui arista. Fui lo que no quiso tu madre para tu bien. Fui el destierro porque la mar me ató a sus mástiles.  Fui instrumento de loco percusionista. Y cuando jugué en el cabaret al amor de los hambrientos, fui billete de tren lleno de sangre. Muy lejos del lugar en el que creías que estaba respecto a ti, vivía mi alma, clandestina, en su motín. Mis semejantes fueron los cangrejos, los perros y las algas. El amor entre humanos, era zoofilia. Era crimen. Era vampirismo de un poema envenenado. Mi niña siempre lo supo, por eso me cubrí de corazas de luna e imposible. Ya no me lastima mi impenetrable distancia al género humano. Porque voy junto al carnaval. Porque la mar murmura mis motivos. Porque me absuelvo entre las llagas, porque me vivo, donde vuelan los caimanes.