HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Necesito liberarme, eclosionar, romper la atmósfera de papel, del control de la manipulación del olvido en su armonía, de exceso y de ausencia. Recobrar el candor de lo vivo, aunque ya no tenga escritura ni la asimilación de ninguna senda ni cuerpo. Voy a éste viaje, como se va al último lugar antes de morir y echar el vuelo. Con la posibilidad de empezar lo extraordinario o pulverizarme ya del todo de infinito y mar.
A veces mi voz se cansa. Quiero el agua fría, la desnudez, el aquelarre ácrata en la playa. Tragarme las estrellas, aunque nunca regrese. 
He venido arrastrando multiplicadas despedidas. He llegado a ese lugar de la escritura, donde ella es inútil y retórica, porque lo que hace falta, es una bala que bailar y apedrear sobre los cielos, junto a lxs oprimidxs. 
Me he desapegado del vicio de mi yo, de su importancia, de su pala y de su agujero. Aunque su sombra me acompañe.  Me he aislado afectivamente de todo lo que abría una puerta comunitaria. Un mañana para mí.
He andado entre el cielo y el infierno, entre el suicidio y el delirio de la belleza verde.  Llevo un mes en éstas montañas. Me da asco y alergia la ciudad. A veces se me olvida ser persona, y poder tener una mano en mi mano, y un sentimiento humano en m corazón.  Y sin embargo me estremezco hasta el llanto y el grito, en la ternura subversiva de los animales, de la furia del agua, de la resistencia de la mar contra las civilizaciones capitalistas. 
Mi pasado no ha dejado matriz, ni patria. Los desengaños son aves de blues. El manicomio, las drogas, las peleas con la policía, han pasado como hace 200 años de la palabra de los tordos. El amor en mi piel me lo dio la mar y no los hombres.  La complejidad ésta harta de la metafísica. Ya no quiero escribir ningún libro que valga la madre de mis ahorcados. No creo en las obras, creo en los actos. Las obras nacen de la burguesía. Los actos nacen de lxs indomables, de los vivos. El mejor poema es físico y de fuego. Es una historia, su carcajada, su llanto, su vómito y su ardimiento...de los que nunca la escribirán. La poesía no se escribe, se vive. Lo sé. Y escribo porque estoy sola y nunca he sabido estar acompañada. En mi puto reino, mis palabras son señales de humo hacia el diablo o vete a saber qué mientras en mi barco, las ratas y yo, los perros y los aullidos, buscamos la galerna. No me tomo en serio ninguna línea. Nada me llevará a puerto. Lo hago por fracaso, por romanticismo, por dadá, por sin pena ni gloria, por olvido.

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