HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El café. Hay otro sonido. Tiene qué ver con la independencia del arrebato, con lo sanguíneo, con lo legítimo de la rabia. Con su deconstrucción de pájaros cuando sólo me oye el monte. Otra membrana va acumulando los cantos que eran oblicuos y unificándolos en otra forma de bailar.
Ya no tengo un nombre clavado en la espina. El monte me hace del monte. El poliamor y la nada, mueven los juncos, enyerban el crujir de las brasas, mueven el tambor.
Lo que trajo la Polilla también se polonizó en la noche. El descenso que subí en mis despeñaderos también desnudó mi mano para tocar esa canción, y me cayó de mirlos, guaridas de intemperie. El corazón es del lobo. La ebriedad de mi yo-medial, también lo sabía. El corro de la bruja, jugó mis cicatrices, me hundió mi propia pisada, cuando el objeto directo empezó a cambiar de sitio mi casa y yo dejé de oir al bosque. Pero el objeto directo, en el fondo era cuántico. El subconsciente del escenario escribió una obra paralela que yo también sufrí. La exteriorizó, la provocó como aludes en mis aristas y en mis desiertos. El magnetismo de la realidad ordinaria se asoció a esa brecha. Pero Monstruo siempre llevó mi timón.

Ahora conozco mejor mi debilidad. Conozco el nudo en el que ató una cuerda más. Conozco la herida que detrás seguía echando ingredientes al acto. Y tiro al monte. Viro todo hacia mi izquierda. Me entraño corazón. Y también mantengo esa piedra congelada en mi puerta. Antes yo la embriagaba de magma. Ahora prefiero que esté fría. Que vengan mis animales a abrirle los párpados. Que no lo haga mi hambre.
Eso hace que me refrene del instinto del fuego kamikace y que me mantenga en la velada del monte. Me despreocupo. Canto mi canción. Me encuentro con mis muertos, los abrigo en mis senos. Aguanto el insomnio, el baile de la cuchilla. Espero a que se despierte el Tigre. 

He cortado los brazos a mi actriz del esperpento. La mantengo dentro de mi marginación. Aguardo su amor nocturno. Le doy desierto para que trague noche y abra la amapola dentro y no fuera. 
Me sé otra vez ácrata y solitaria. Me gusta así. El invierno de mis cuadernos empieza a salirse de su tiesto y volver a la fuente. Lo del abajo del abajo, empieza a caer en mi cintura. El cuento arquetípico se abre en el tejón. 

Conozco mi Babilonia. Sé cuál fue la botella que brindó mi delirio, mi pecado, mi herida. Sé qué lunático canto me dieron sus sirenas. Sé qué promesa quise robarle al cuervo. Sé porque lo hice tantas veces. Y ahora lo trago hacia dentro. Escribo algo en la tierra del bosque. Y espero. No grito ahí afuera. No lloro ahí afuera. No tiemblo. No echó afuera la jauría del amor roto y su oblicua espada y veneno. Me acecho entre las ramas y el río. Me acecho entre los dedos de la muerte. Me vuelvo a reconocer en la bruma.  Empiezo a dar de comer a mi lobo.
Vengo del monte. Feliz. He tenido regresiones a instantes de naturaleza en otras épocas de mi vida. A instantes de reencuentro, de renacimiento, de aventura y asombro. Sentí muy adentro la primavera. Y algo que hablaba con el bosque desde un barco de papel, una tiza, una botella de vino. Algo que entrañaba el silencio a la vez que dejaba que las cascadas manaran. Me sentí enamorada de la vida y del camino. Estuve al lado de un arroyo, caminé algo lejos para llegar allí. Y tenía una especie de calma en movimiento. Reconocí en algún momento ciertos alaridos del abismo y comprendí que era parte de mi experiencia, una convulsión ante la belleza, una guerra que a veces se desata al sentir que estoy otra vez en casa. Algo de mi polilla psicótica. Algo de experiencias demasiado vehementes y extrasensoriales. Algo de lo que alberga mi cuerpo en el camino.

Seguí con la búsqueda de la comunión con el bosque, a la vez que se despertaba esa otra naturaleza profana y un poco punk, e iba y venía conmigo, junto a lo que sé del infra y de la pérdida, junto a la multitud, en ese diálogo con la naturaleza.
Alicia a veces es muy austera y radical del beso de la nada, del ejercicio de los rifles de los árboles, de los sarcófagos de la nieve. De la bala del beso de Monstruo. De la asexualidad del beleño y del cuervo de mi pecho. De la masculinidad de mi cuerpo cruzando como un desaparecido por la calle, junto a la calavera de una cabra, junto al hachís-Artaud y a la pandemia del agujero de gusano hacia el Fauno.
Alicia siempre quiso matar a Yoseba y a todos los otros humanos en su extraño camino de jabalíes y ríos de lava hacia los árboles de agua y de cristal. 
Alicia era celosa de no compartir con nadie el canto de su arco-iris. De forzar a mi niña perdida hacia el exilio y la salvajidad de los animalarios y el nadie y el jamás. 
Alicia estaba en el fondo encolerizada del hueco de la serpiente emplumada en un árbol de fuego. 
Mi medial, mi poeta, mi enterradora, mi pianista borracha, mi desperdigada coleccionista de flores, mi amante, mi suicida, mi cantora, era la que salía ahí afuera, y no Alicia.  Alicia se dedicaba en la ausencia de mi medial, a forzarme al arder de Troya hacia el Fauno. Y mi medial en la ausencia de Alicia, se dedicaba a llegar al Bosque, por el callejón, el cabaret, la cantina y todos los desperdicios y escupitajos que dejaba Alicia en el cadáver del ciervo. 

Por eso yo vivía siempre sobre el fuego y la deriva. No reunían sus fuerzas ni sus pasiones. No engendraban en mi corazón, su corazón unido. Me generaban dentro una cruel lucha interna. Una perpetua antagonia y brecha. Alicia quería expulsar a Yoseba de mi corazón y de mi camino. Pero mi medial siempre lo amó y quiso ir mucho más lejos con él y con la pangea, con el ardor de abril, con la tierra de nadie, con el poli-amor de los sapitos y de los tejos. Con la risa sincera y vagabunda de los nómadas, con su corazón triturado en el canto del viento. 

Alicia quería llevarme al Bosque, lleno de muertos y desiertos, con duendes, pero sin ni un humano, sin nada mío humano, sin amor humano, sin semejantes, sin vínculos, sin recuerdos, sin retornos, volar para siempre junto a los pájaros del otro mundo.  Y dejar mi corazón en la puerta como una piedra mutante y mágica. Alicia es muy desquiciada a veces. Cuando ella estuvo en el otro mundo el verano pasado era muy violenta de la oligarquía del Fauno y de la escabechina de lo humano. De mutar mi corazón y su herida. Quería echar pólvora, borrarla para siempre de mi cuerpo. Pero estaba en mi cuerpo. Alicia no quería que yo volviera a la tierra. Quería vivir para siempre en los hombros de Monstruo. Y era violenta como un alienígena de lo que me soplaban al oido los duendes del bosque. Ella se deliró. Porque quería devorarlo todo en el sueño del Fauno. Quería que mi medial sólo cantara su canto. Y destruyó la realidad ordinaria de mi medial en su puchero de brujas. Y a mí me gustó mucho. Sentía lo extraordinario, el éxtasis.

Cuando volví de allí. Volví desde un ataúd y su jeroglífico. Y lo que Alicia había amado, se volvió mi hambre y mi nitroglicerina, mi sueño, mi más profundo deseo, mi maza para abrir camino. Alicia quería volver allí. Pero ya no estaba conmigo ahí afuera, sino muy dentro, donde yo era éter. Afuera estaba mi medial. Alicia culpaba a mi medial de sus pérdidas. Mi medial seguía dentro el poema de magma de Alicia. 

Yo tenía una herida de gasolina en el corazón. Mi medial se alcoholizó del extremo de mercurio. Y alicia empezó a entristecerse de la urgencia de la noche y el desierto, porque mi medial en su fiebre y fuego, se metía por callejones y suburbios y sustituía al bosque con whisky y extralimitaciones varias. Alicia quiso romper cuerdas, naufragar barcos. Quemarlo todo otra vez y empezar de nuevo, al lado de la huesera.

Hoy tengo que unir a las dos. Usar sus dos gargantas, para entonar la palabra del bosque.
Ayer comprendí que para desentrañar mis motivos y mis formas de ir, de meter las patas en el fango, de beber la flor, de zarparme en la gruta de la mar, tengo que tener en cuenta, no tanto mi metafísica, ni mi autopsicología, ni la doblez de mi naturaleza, ni el 3 del duende. Sino esa criatura mía medial, irracional y enyerbada. El atentado poético. La fiebre de la cantina del sótano del barco. El rayo intravenoso. El fuego que flota en la cumbre y escarba tumbas con sus dedos. Esa criatura medial y lunática, es la que yo saco ahí afuera, la que interviene entre mis dos mundos, la que no reconoce sus heridas pero actúa con la sangre como piel. Es la catártica. La que me hace de puente. La que me pone debajo de su calavera, la que me hace remar con sus tibias y con sus gusanos. La que me echa en el vaso su pandemia, su rincón, el canto de su lápida y me sube las revoluciones en busca de su revolución.

Mi yo solitaria y espiritual, lobuna, asexual, mi escritora, mi fotógrafa de las venas de los árboles, desmigadora de sombras, hermana de la piedra y de la ausencia. Actúa en un lado de mi hemisferio, en el centro de mi soliloquio, en mi promesa del Fauno. Pero la que sale ahí afuera nunca es ella. Es mi medial, farandulera y alcohólica. Lo que hace actuar a mi medial, es una explosión de la seducción del fuego y del poema. Es un celo de tigres y de flores. Es un viento que agita la tierra y regurgita canciones desesperadas que me llevan como canto de sirena. Su pulsión, es la pulsión sexual, también la de Marte, la del poema del fracaso, la de mi zaparrastro y cabaret, la de mi payasa cantaora de gorriones, la de mi yonqui del Infinito. Ella navega entre la fiebre de un verso y un apocalipsis. Ella contradice a mi soledad y austeridad en el bosque. Ella contradice a mis naturalezas. Ella se agarra a una herida que hay en mi corazón y se muere de ganas de gasolina y de prenderle fuego a todo. 

Ella está muy presente junto a Yoseba. Como mi serpiente de dos cabezas. Ella siempre está en celo. Tiene un agujero del hambre del animal salvaje. El animal salvaje sólo se puede alimentar por el Fauno. Y cuando el Fauno no está cerca, esa criatura medial, toma todo lo que hay a su alcance como un canuto del delirio. Que provoca que el animal se ponga más violento de su hambre, que su agujero crezca y que el Fauno me envie pesadillas. 

Cuando yo vuelvo sola a la montaña, mi criatura medial, duerme. Alicia me cuenta el cuento de mi vida desde el cuaderno de un árbol. Yo me entraño en la espiritualidad del vacío, de lo que se marcha, de mi hueso desnudo hacia el venado. Escucho la lengua del río, de las flores. Me siento otra vez blanca, casi vacía y llena del cabalgar del Bosque. Y el cuento de Alicia toma acordes del cubismo. Pero Alicia suele olvidarse también de mi criatura medial y sus instintos. Por eso cuando vuelvo a salir ahí afuera, suelo volver a arder de la total deriva y desunión de mi psique. Porque mi criatura medial es la que lleva el timón. Y si Alicia ha estado escribiendo caminos y puertas sin tenerla en cuenta, ella sacará toda la metralla incontrolable de sus deseos y dejará a Alicia hecha un alijo de huesos extraviados colgados de una rama olvidada.

Mi dilema, mi contradicción, mi encrucijada, entre mi adentro y mi afuera, siempre me llegaba de forma cruel y salvaje. Porque yo no tenía en mi soliloquio la conciencia de mi medial. Porque mi medial también carecía de la conciencia de mi yo junto al bosque. 

Pero ahora soy consciente de esto. Ayer viví la fiebre de mi medial y comprendí que su poder en mí, es muy hipnótico y magnético. Comprendí que yo patino todos los poemas hacia el licor de su vaso. Comprendí que su energía es sobretodo la pulsión sexual, el corazón del marinero y del vagabundo, el cruce de Dionisio, el lamento de la amapola, su exorcismo, su deseo de poseer todas las estrellas, mi quebranto de bicho sin manada, mi hervidera de pólen, mi celo, mi deseo de todos los deseos, mi vudú, mi hachís, mi rata-dadá.

Por eso para armonizar a mis naturalezas y criaturas de mi psique, mi medial debe también aprender a refrenarse y a ser consecuente con el Bosque. Y mi Alicia debe aprender a enloquecerse por el juego de mi medial. Deben hacer las paces. Deber remar hacia el mismo océano. Alicia es a veces muy cruel, porque descabechina el corazón de mi medial y me obliga al hambre del desierto y a la comunión de los espíritus de la muerte y del bosque. Alicia pone también hambrienta y violenta a mi loba. Cuando le roba el sol y los motivos a mi medial. 

Mi medial estuve muy perdida éste invierno. Pero Alicia también lo estaba. Cada una tiraba a su territorio. Y eso me abrió una brecha de queroseno y tierra en el corazón.
Ayer durante un rato estuve de cuclillas en el río, con mi mano dentro del agua. Había un color metálico bellísimo en el río. Y las corrientes y saltos del río. Me hechizaron. Empecé a hipnotizarme por el agua, y la sentí una diosa, un espíritu vivo, algo que me prestaba durante un instante su inmensidad y corría por mis huesos, y rompía mis diques y mis resistencias y me ayudaba a volver a casa. 

Ayer conecté desde otra cuántica el renglón esnifado por la polilla. Se abrió otra expresión poética del cuchillo y del interior del bosque. Durante un instante se subió mi fiebre, me metí en el pellejo del pianista borracho, del vagabundo, del poeta atormetado por la belleza de la mar, sentí emanar blues opiáceos de mi pecho, una explosión medio alcohólica, entre mis ruinas y los dioses de los árboles. Y comprendí también que ese tipo de corazón había estado muy dentro de mi corazón todo éste invierno. Me costó mucho esfuerzo mantener el control. Silenciarme junto a la naturaleza. Me embriagó Dionisio. El hambre de mi animal. Un bandoneón y la mandrágora. Un cuento del naufragio, de la insolubre gota de sangre, del instinto de abordaje, del deseo a la enésima del deseo, de la extralimitación, del fuego. Comprendí que ese corazón había sido mi guía por la deriva de todos estos meses, la antagonia de Alicia, la fractura enamorada. Había una carga poética y seductora que me rasgaba sobre la jauría, sobre lo desbocado, sobre el mezcal. Y la bala que yo le había escrito a Yoseba se volvió su juego. Porque durante un rato estuve ansiosamente deseando enviarle otra vez whisky y luna llena. Y al no hacerlo y mantenerme en la tensión se fue desvelando en mi interior mi celo de tigres y mis delirios varios.
No hay ni una nube. Cantan los pájaros. Despacio empiezan a brotar los árboles. El resplandor también empieza a hervir en la sangre. He dormido muy bien. Anoche cuando fui al río, estuve sintiendo a través de mi útero, las regresiones físico-metafóricas empezaron a latir usando esas emanaciones, todas éstas semanas de atrás, yo sentía más bien con el corazón, la entraña y la mente. Ayer se volvió a despertar en mí ese otro diccionario que también tiene lengua y oidos y razones. Y comprendí que hay una energía muy poderosa y medio incontrolable que me echa cascadas cuando se despierta su deseo. Comprendí que la pulsión sexual es paralela a la situación del interior de la psique y el alma. Comprendí que el corro de la bruja también ocurre en ella. Y durante un rato me sentí como una flor hervida por beleño. Recordé a Yos... desde esa hoguera. Recordé la estructura inefable y el arrebato bajo el que nos unimos tantas veces en distintos nodos. Y traté de equilibrar mi energía hacia el Bosque.
Pensé en el hambre de mi animal salvaje. Yo estuve muy hambrienta desde que volví del otro mundo en septiembre o octubre. Y el hambre se manifestó en cierto alcoholismo, excesos, extravagancias varias, pero también en el sexo. El hambre del animal salvaje debe ser alimentada únicamente por el Fauno, porque si no se pone en peligro la propia vida. Ayer comprendí que yo esto no lo hacía bien. Tenía un hambre de nitroglicerina y de crepúsculos, de belleza, de Infinito, de eternidad. Y en el sexo, nunca nada me era suficiente. Eso era un síntoma del hambre de mi animal y de tomar los frutos de lugares equivocados. Yo por alguna razón, siempre asocié el sexo a la divinidad. Y algo en mí buscaba desde su acto poético el acceso al otro mundo. Pero había algo que me dejaba un hueco. Y era el hambre de mi animal y la paloma equivocada. Ayer conecté mi útero y mi celo, a la naturaleza. Traté de saltar ese acantilado.
Soñaba algo de que la sangre de la araña cruzaba un puente. Soñaba algo de mi un lado y mi otro lado y dentro estaba como el recaudador, el que tica el billete, era un sueño metafísico que encontraba una solución y me explicaba el proceso.
Yo vivo en mi cuento. Todo lo de alrededor es profano. Yo soy su teatro ambulante. El insomnio del bigote del gato. La butaca en llamas. El escenario en derribo. El papel que no dejó de escribir en sangre un final cualquiera para la obra que clavada a un hueso de mamut nunca hacía tierra ni comienzo.

Mis desvaríos hormonales con Yos. La guerra del jamás. Del todavía. Del agujero de carcoma. De la lágrima de madera del piano que vive bajo el mar. Del te quiero y no te quiero. Del rifle sangrando piedras y arañas, chocolate y jabón. De la botella de champán que siempre dice sí cuando yo digo que no. De mi monja portuguesa cambiándose de cartero. De mi renglón de nube y de cuchilla. Sólo es un cuento.  Yo soy muy dramática y egolatra de mi espinazo del diablo, de mi ojo de buey, de mi vacío, de mi isla y de mi ausencia. Pero la música sigue y no espera ni pregunta. El cuento es el sueño del Fauno. El Fauno corre mucho más rápido que yo. 

A mí de vez en cuando me gusta servir a la espada y a la copa de jugo de estramonio. Me gusta vestirme de negro, fumar muy lejos y muy sola, la vertiente olvidade de mis huesos. Echar jaurías desde mi vientre y arrancar a todo lo que dijo mi nombre. A todo lo que yo dije lejos de la noche del bosque.

Y entonces aullo y crotoro, ronquidos de galerna, pies de río, calavera de desierto, libros quemados, torres destruidas y la flor del cactus desposándose con la estrella.

En mis viajes de enterradora, no dejo nada detrás.

Pero luego pasa algo, una golondrina, un perro, una botella de vino o oigo esa canción. Y vuelvo tierra removida al beso evanescente del agua.

Con mi entropía en el pentagrama secreto de los árboles.
Me relativizo fumándome mi puzzle y menstruando sus cenizas donde las vides invernadas bajar por los puentes del Sena y regurgitan el último verso de Verlaine.
Me agujereo por mi fuera de campo. Me embrollo toda en mi esqueleto perdido. Toco el tambor de mi infamia. Extremizo los collage y lo que hay caido en mi suelo. Me lo pongo por el pelo, como sangre de crepúsculo. Luego juego a las tizas y a los corzos, a los saltamontes y a las escombreras. Estornuda el hueso de cabra. Embiste el monte. Mi garganta empieza a delirar otro canto. La mirada es cada vez más cubista y compleja. El corazón es un vagabundo con guitarra debajo de la lluvia.

Hoy volví a sentir la erótica de un blues. Mi piel se mojó amapolas entre la senda y las nubes. Lo que yo sabía se deconstruyó en la danza de unos pájaros que nunca paran en mi ventana. No sé si lo deseé otra vez o deseé el deseo o deseé lo que no es de nadie. Recordé esos vídrios de ginebra transparentando en el río un canto de oso. Me embriagué un segundo con todos los bares de la tierra. Otro animal entró en mi pellejo. Otro quizás. Otra duda. No sé si es porque las flores están en celo.
Porque el verde está más verde. Porque las barcas no tienen cuerdas. Porque de nadie jamás será la tierra.

Hoy es un día de vapor. Las palabras no me perforan la necesidad de escribirlas. He estado sumida en sensaciones, he rozado otra vez esa taberna nocturna, un sueño de mirlos, recoger las espigas e irme. Probar otros pájaros y otros caminos. Pero primero tengo que atravesar mi desierto. Sé que hay otros poemas que escribieron las torres que hoy se caen y que yo los deseé hasta el infinito. Esa tentación nómada, cínica de perros, ese placer por el placer sin que las piernas se arruguen de camino. Esa cerveza a deshora. El descaro de un calle vacía entre las piernas. Un cigarrillo robado a la luna. Una hoguera que venía de un lugar desconocido. La pasión bajo equivocados cielos haciendo exacto y perfecto el vino. Yo también quise entrar mucho más allá de lo que hoy me reclama el beso de la ruina. Echarme un vals agarrando el pico de madera de esa criatura subterránea, buceando en alcohol la lejanía de las estrellas, cantando lo que se canta cuando todo huye, cuando nada es nuestro. 
Yo también fumé de su boca, la puerta quemada, el absurdo enamorado de su centro, la deriva cabalgando la seducción de la grieta. Fui yo la que eché un órdago sobre aquella amapola. La que insistí sobre su supervivencia cuando se caía a pedazos el mundo. Hoy ya no la quiero. O creo que no la quiero. No sé qué podrá pasar ésta primavera. No sé si subo a aquél navío lo que querrá mi cuerpo. No sé qué tragará el beso para la selva. Si hay cinco cervezas. Si el prado está bello. Si la noche nos quiere quitar todos los tornillos. Si ninguna razón me convence. Si ningún horizonte me agarra la mano. Si late otra vez el beleño en mi pecho. Si desescribo el olor de la leña mojada. Si vuelvo a apretar el gatillo. Lo más probable será que lo errático lleve en su vaso el licor, lo más raro, lo que más acerque al precipicio. Siempre ha sido así, conmigo, en busca del Bosque. Mi cuerpo es cubista. Mi mente es el boceto de un fauno. 

Yo ahora voy bajo el dominio de la Polilla.
Pero cuando ella se ponga boca abajo, todo puede pasar.

Ese naipe se corta, juntando las cuatro esquinas y no con una tijera.

Muy oculto el corazón, es magma.
Hoy estoy silenciosa. Más instrospectiva sin la utilización de la escritura como motor. Más acuosa de eso que mana y no se sujecciona sobre el verbo, ni desarrolla sus cauces y afluentes. Sólo siente. Recuerda desde la tez del anfibio, desde el asombro de los árboles, desde una canción triste que también desenreda el esqueleto y entra en las zonas menos pobladas del corazón. 
La metamorfosis que empezó con la llegada de la Polilla Negra, ha seguido. Yo me he ido de todo para volver al bosque. Hoy estuve sintiendo vibraciones de mi inefable escarbarse y removerse en la tierra, poner a descansar su oido en el chopo, deteniéndose. No tomando armas, ni la urgencia de escribir o hacer. Era un ciclo distinto de sentir. De dejar que me hable a mí lo abstracto y no pelear yo su sonido en mi pecho.
Estuve sintiendo con el corazón. Ese corazón asustadizo de venado que sólo sale a la superficie cuando no hay absolutamente nadie.
Y esto también es parte de la construcción de mi casa. Hay algún lugar donde yo no vivo con la tensión de avanzar ni de escribir ni de exorcizar o cantar. Sólo siento. Y me abrigo en la naturaleza y me espejo en ella.
Entre los sentires de hoy, he tenido regresiones y mugidos sobre lo que me preocupa. Y las he llevado al interior de sí mismas y las he dejado nadar. Hoy necesito eso. Es parte para poder vivir en el bosque. Dejar que hable aquello que este invierno me estuvo vetado entre una botella de ginebra y un escenario. Su tristeza no me llega como tristeza, porque es una verdad sanguínea y acuosa. Porque me ayuda a ir a casa.
Ahora el café. Todavía no estoy del todo aquí. Hay otro descubrimiento en mis sentires que me echa como viento, se mece en la soledad del agua, canta en voz baja la madera, la tierra, el fuego. Sabe a despedida y a renacimiento.
 Ahora tengo que ir a ventilar la casa que alquiló Yoseba. Ir un rato al monte. Hoy estoy con un cuerpo de nube y de mirlo. Con una fuga de agua entre las palabras y los hechos. Con ese ansia de extenderme zarzamora y silencio, aunsencia que canta, casa que desaparece entre los ciervos. Tirarme en la hierba, mirar las águilas, cantarle a los cucos, irme hacia el bosque, perderme en él. No hacer nada más.
Vuelvo a sentirme dentro del monte. A llenar mi soledad con la naturaleza. A recuperar sus espacios y hacerlos una artesanía viva sobre el vacío.
Durante el invierno, yo jugué a ser quién no era y a ver qué se sentía. Jugué a los romances, a los bares, a volver a la humanidad. Pero ese no es mi camino.
Mi loba, mi alma solitaria, la que escribe, la que calla su historia en el río y se va. Nunca me dejará ser quién no soy. La náusea de monstruo, era el reclamo de su territorio.
Los sueños del amor, fueron bellos, fueron juegos animales, fue otro tipo de felicidad y de vagabundeo, fue la ilusión de tener una manada. Pero no son mi destino. Mi animal es solitario. Mi animal provoca una dualidad en Alicia, ella sangra y estrangula un hueso de gaviota en su corazón. Y entonces ella tiene que moverse. Y elige siempre a Monstruo, porque sólo Monstruo conoce su alma.
Hace un día muy hermoso. Yo soy feliz en el monte. Aunque la próxima semana tengo que ir un día a una cita médica a la ciudad. Iré y volveré muy rápido. No quiero vivir lejos de la naturaleza. La naturaleza es mi hábitat, es mi libro, es el espejo donde todo se desvela, es la vida. La ciudad es muerte. 

Todavía floto en un verso que se desperdiga. Un fuego cubista baja los renglones de mi casa por ese ojo de la aguja y cierra la herida de la mandrágora en una explosión sinestésica que a veces no puedo recordar mientras ocurre.

Subo mi monte. Aunque tenga que subir el olvido. Aunque lo deje todo colgado de una rama. Aunque sea como un venado sin piel.

Creo que mi camino, está cerca del jabalí, del pez, del árbol. No está en el camino de otros humanos. Sólo se cruza con ellos de vez en cuando, en la lluvia y en el vino, en el peligro de nacer sobre el arder de Troya, en un sueño de manzanas y sidra, en la espuma de brasa de un puente que vuela por los aires.

La bruma que emana mi corazón está viva en el bosque. Afuera sólo es teatro. Entre ellos, es cine de erizos y caracoles y monos, de secretos que duermen bajo el mar y nunca nadie podrá despertarlos. Mi soledad es innata. El teatro es innato. Yo deseo que su canción sea bonita. Pero sé que me iré a dormir sola, para poder dormir cerca del Fauno.

Los sueños de amor con humanos, son sólo pasajes del Teatro. Son botellas de whisky, liebres del delirio, cantinas a las que se entra y se sale del revés. Son un cacho de cubismo. La casa es el Bosque. El amigo es el lobo, la serpiente, la cigarra, el río.

Con los humanos siempre cargaré a la mujer-esqueleto en mi espalda. Y ella sólo se alimenta de Monstruo, sólo es libre junto a él.

Por eso yo no cantaré reproches ni el blues. No pediré a nadie la luna. No pediré el amor. Yo iré a buscarlo en Monstruo.
Todavía estoy en el viento. No pienso con mucha claridad. Estoy dentro de una flor. El canto triste hoy forma parte de la belleza del río. También cuida lo que no tengo en las manos. Lo que llevó mi grito de un lado a otro. Recogió a veces el hombre de hojalata, la vehemencia y la sal, a veces fue el regazo de una ruina, el soplo de un álamo, un papel vacío. La intimidad de mi extrañeza a veces es irracional, pero su anacoluto está muy dentro de mi corazón y he de seguirlo.
Mi piedra ensangrentada es algo de lo que sólo es responsable mi ser. Sólo yo he de reparar la sombra y curarme sus heridas, muy lejos de la gente.
Pero he de reconocer en las cicatrices de su corazón, el mío.
La sombra del corro de la bruja sino está solucionada vuelve a reproducirse en el exterior. Y ha vuelto a reproducirse con Yos. Yo sé que es cosa mía. Yo arrastraba muchos tempestades de marginación y horizontes donde no había ningún ser humano. También tenía muchas carencias afectivas que dejaron de ser carencias en el bosque. Algo siempre me señaló por dentro diferente. Una lejanía fumó en mi rostro el rostro de las nubes. En mi capacidad de amar, diez perros negros. Siempre tuve un soliloquio-armadura. Un soliloquio que se traducía en el exterior como Teatro. Luego el Teatro me perseguía, yo rompía entonces sus tratos y me iba con los lobos. Algo muy pequeño y muy frágil en mi corazón, era plomo derretido, era un campo estéril, era un mono de hojas y de ramas, era una ramera de la rosa de jericó. Era un desesperado deseo de amor donde había cientos de esqueletos. Era una ortiga. Un abismo ante la piel que lo rozara. Ante los ojos que lo miraran. Era un pánico de magma. Una emboscada interior. Una herida de guerra. Era mi agujero. Mi talón de aquiles. Mi tabú. Siempre lo mantuve en secreto. Siempre di a entender otra cosa. Pero siempre estuve muy unida a su cascada de sentires desde su hueso extraviado y ensangrentado. Ese agujero era el orificio hacia el Bosque y mi alma.
Con él, empezó a sangrar mi agujero. Yo elijo el bosque.
Soñaba algo de madrugada espiritual que hacía una transformación en mi interior, desde mi entraña, buscando el centro, había otro lugar en mí que me había provocado la violencia y el delirio, era como magma, y ese lugar se iba separando al otro centro que era la verdadera paz y había una comprensión de la existencia en un estado de conciencia muy díficil de escribir ahora.

He dormido mucho. Hace sol. Ya hay golondrinas. Busco las palabras.  Anoche estuve muy lejos con mi sentir. Son días bellos y algo violentos. Yo vuelvo a sentirme habitada, todos el tiempo empieza a llegarme como algo creador, han desaparecido esas horas de narcóticos y paredes y gritos de desolación. Ahora los instantes del infra también tienen un soliloquio más cubista.
Anoche escuché por primera vez ésta año cantar a los sapos. Yo estaba muy sentimental anoche. Sensible y a la vez belicosa de cierta intimidad que fui regresionando con Yos. desde otra perspectiva. Ya no bajo aquél hechizo de beleño. Pensé que en el invierno mi soledad estaba mucho más sola porque yo la había olvidado del interior del bosque. Y la relación con él, había abierto en mí una puerta de éter donde yo me iba a la deriva, deconstruyéndolo todo en el delirio de un pájaro. También pensé que mi exilio me había hecho suspicaz y a la mitad bruma. Que la sensación de mi monstruosidad se había reproducido poco a poco con él, hasta que regresó la polilla. Algo de todo aquello me había separado de mi animal salvaje. Luego me desperté de madrugada porque tenía dolor de regla. Vine a fumar un cigarro a la galería. El perro vino conmigo. Algo me preocupaba. Algo se movía al otro lado de la noche. Pensaba en la forma de poner un tajo entre nosotros. Pensé en decirle que ya no quiero tener relaciones físicas con él porque ya no quiero sexo sin amor, porque ya no siento aquello chamánico que sentía antes. También pensé en decirle que ya no quiero porque el Bosque vuelve a hacer asexual a Alicia.

Vengo del monte. He vuelto llena de barro. Kavka se bañó en el río y luego me bautizó también su alegría. He estado tirada en la hierba. Feliz. He visto pasar mi corazón por el río. Todo era melodioso. Todo se iba y permanecía en lo que viajaba sin parar, sin quedarse. El perro parecía un caballo que corría dando coces. Parecía un cuervo, un venado, un toro, un mono, un pez. La comunicación que tengo con Kavka es mi ideal sobre la comunicación humana, sobre el corazón-corazón, sobre la fiesta sobre lo trágico, sobre la vagabundia contra el civismo y el materialismo, la infancia otra vez sobre el timón. La belleza de la naturaleza resplandecía. Y mis tristezas se volvieron también parte de la naturaleza.
Siempre fui más feliz con los animales que con los humanos. Mi corazón, prefirió tratar con el río, con los árboles, con los perros y lombrices, con la mar. Yo tenía dentro muchos despeñaderos donde se había suicidado mi identidad social, mi reciprocridad social, mi comprensión de la realidad plural de los humanos. Yo tenía también heridas y aguijones en mi corazón. Un viento de sal que me fosilificó los labios debajo del agua. No era culpa de ellos. Era culpa de lo que me mostró el fauno en la sombra más sola de la tierra. Era culpa de la estrella que yo amé. Era mi camino.

Con Yoseba yo fui muy feliz algún tiempo, porque para mí él era un animal también. Y era mi amigo. Y nos animalizábamos con alegría y fuegos fatuos. Sin oscuridades humanas ni cívicas, ni culturales, ni ninguna moral, ni ley. Cerca del ritmo del bosque. En los ciclos salvajes del cuerpo y del fuego interno.

Pero con el paso del tiempo, el lenguaje de mi corazón fue atravesando el desierto. Y mi animal ya no era tan libre con él. Había algo del propio vínculo afectivo entre nosotros que se hizo un basurero. Había algo que volvió a hacer clandestino a mi animal. Tal vez también fue el viaje que yo hice desde la brecha. Pero volví a disfrazarme. Volvió a ponerse en mi pecho una mariposa de plomo y de cristal que él no revivía, que él no podía escuchar. Algo muy secreto de mi zona inefable líquida. Algo muy frágil y sutil. Algo muy pequeño. Hijo de un insecto. Hijo de una caracola. Yo estuve viajando también a viejos mapas del hueso extraviado y la sangre de las gaviotas. Pero aquella magia de duendes y de venados, fue entrando en la oscuridad. Yo necesito un beso de amor en esa oscuridad o me iré otra vez y será mucho más lejos. Un beso de amor no tiene porque ser lo que parece. Puede ser un juego de zarzas y cerbatanas de lluvia. Puede ser una zarpa peluda debajo del río, sacando una rana o una calavera. Puede ser una caricia de cabra sobre un acantilado. Una palabra en el barro. Una flor con espinas en el diástole de una roca. Pero yo necesito un beso de amor. Aunque mi ramera del lago quiera ella follar con todos los muertos y gusanos y revivirlos en sus pechos de bruma, y abrigarlos a todos en su garganta de fuego, si yo no recibo un beso de amor, ella se irá sola junto a todas las soledades. Aunque no quiera hacerlo. Se irá. Y su camino será la huesera. Porque ese ha sido siempre su único camino.
Hoy fue un día dual. Cuando estuve en el monte, sentí una belleza y una experiencia de la realidad muy salvaje y sagrada. Después discutí con él, yo no suelo hablar de mis sentimientos y le había expresado uno complejo que tenía qué ver con las sombras que rodean nuestra relación, él reaccionó a la defensiva, de forma egoista, y le dije que era mejor que corriera el aire entre nosotros, dando a entender que cada cuál siguiera su camino, que no nos acerquemos demasiado. Me puso algo triste esa tensión. Y me dormí y tuve un sueño muy rebelador donde la polilla tomaba lo suyo y yo permanecía en el bosque. Yo defiendo que cada uno debe lamerse sus heridas en el monte como los lobos y no usar el amor como un vendaje ni un medicamento porque eso sería una trampa para la naturaleza salvaje. Pero hay ciertas heridas que hay que atravesar juntos, aunque sólo sea unos segundos, es necesario esos segundos de mutuo reconocimiento. El lenguaje del alma a veces juega al escondite. Es necesario un segundo de trinchera en la noche oscura y mirar de frente al abismo del otro y abrir desnudas las manos y el corazón. Cuando el alma quiere hablar aunque use rodeos y literatura desde esa infra de las sombras comunes y el otro, genera su emboscada, es que esa historia está condenada al fracaso. Y eso es lo que yo sentí hoy. Yo abrí la vulnerabilidad de mi mariposa, algo del soliloquio de mis sentimientos más escondidos y dispuestos, y tres segundos después, eché afuera sus muros y cerrojos y cerré la puerta. Porque él no leyó mi corazón. Al final se trata de eso. Una relación sana, es en la que se puede hablar con el otro como se habla como un perro. En la que se puede jugar como se juega con un perro. En la que se pueden dejar las pupilas clavadas como en las pupilas de un perro. Yo soy bastante retorcida porque me pasé mucho tiempo hablando con el río, enfadada y desaparecida de los seres humanos. Yo a veces uso muchas trampas de escondite. De escafandras. De disimulo y fumar de montes y tierra de nadie. Pero a la vez, tengo una visceralidad que siempre me pone la sangre en la boca. Y cuando me arriesgo y recibo un viento muy frío, me voy con los perros. 

Alguna vez él y yo, éramos como dos perros, como dos venados, como dos tejones. Y por eso lo quise tanto. En aquél entonces hablábamos el lenguaje del alma. Sin armaduras. Sin sombras. Sin peros. Sueltos y libres. Hijos de la hierba y de la noche. En el placer de los cuerpos, en el silencio, con el hueso amarrado al bosque. 

Luego la sombra fue barriendo también para su río del olvido, recogiendo ciertas gotas de sangre y muertos que íbamos echando en la fiesta de nuestra felicidad.

Una relación real de animales que se aman, atraviesa obligatoriamente el río del olvido en busca de esos huesos que cayeron, aunque sea convertidos en murciélagos y momias o en raposas y muñecos de vudú, entonces salva el corazón del lobo. Salva al Fauno, y permanece, aunque ya nunca vuelva a tener una noción humana. 

Una relación que no se atreve a tocar a la muerte, es una mierda de relación que sólo valdrá para tomarse un whisky y escupir un hueso. 

Yo nunca tuve un amigo que viniera conmigo a la llamada de la muerte. Y yo siempre estaba pegada a la muerte. Yo no solí enfadarme por eso con mis amigos porque mi loba era egocentrista y mi niña perdida nunca había conocido a nadie, pero siempre que eso sucedió me volví puro Teatro y mi corazón perdió el interés, dejé entrar de nuevo la bruma, la doble cara de mi estepa, y sólo estuve ya a la hora de la cantina, con mi rata dadá pagando el trago y cerrando la puerta al salir.

Con Yoseba ahora estoy justo en ese sitio.



He de vivir en mi lejanía.
Su gruta, su malecón, su lágrima, su esperanza y su vino, es mi camino al bosque.
Es el beso de la rareza. Es lo universal del cubismo. Es mi naturaleza.
Mi naturaleza no es ser la amante, ni la hija, ni la hermana, ni la madre de nadie. Sino del cubismo y del Teatro.
Yo no soy la que cuido la casa.

En mi subconsciente hay un cortocircuito y una radio averiada y virus y pajaritos, que me envía la idea de la humanidad que me envía la otredad y el exterior, la idea de las relaciones, de lo real, de lo normal, de lo anormal,  del amor, de la moral, de lo aceptable, de lo inaceptable. Pero eso siempre fue una garrapata sin perro en el que comer y vivir.

Esas nociones nunca fueron mi noción. Aunque también quisiera experimentarlas. Aunque las sufriera. Aunque las tuviera que cagar cagando una avestruz.

Mis nociones fueron el cubismo y los bailes de los perros y de los jabalíes. El Teatro, lo tuyo es teatro, puro Teatro.

Es mi rareza mi fuente.
Es mi soledad preñada por faunos, mi país, mi cultura, mi mamá. 

Por eso yo nunca tendré un novio humano, ni una familia humana, ni un destino humano.

Porque lo humano me lo envió el espejo lunático de una bruja. 
El amor tampoco me lo dará un humano. Me lo dará un aquelarre y un baile de disfraces en la casa de Monstruo.
Ya he vuelto. He parado sólo un rato. Fue un rato agradable, al pio pio. Y al irme lo más rapido que pueda. Yoseba y yo, vamos a pintar la casa. La mitad de la casa está deshabitada. Tal vez llevemos alguna cama de mi casa para allá.  La casa tiene alguna avería de la luz, falta de muebles, algún cristal roto. Como yo fui al croac croac y al irme, lo dejé todo en el aire y a la sidra. Ellos vendrán a primeros de mayo. Y creo que todo estará todavía medio desmantelado. 

Mi forma del croac croac e irme. Lo hago también con Yoseba. Lo hago con todos los humanos. Todo me parece bien, besado por un poema vagabundo. Yo recojo mis juncos y me echo al río. Yo no fado. No pido. Tomo el humo, me recojo en el humo, me voy siempre sola. No expreso mis sentimientos. No me siento igual a igual. Tengo una hermana lagartija y un pato. Un vuelo de marihuana. Un escarabajo rojo. Un adiós miña terra. Me entrego porque en realidad nunca me entrego. Oculto siempre el naipe y el órdago del beleño. Una muñeca de tiza en un pentagrama de sangre. Una soledad que nunca se va con otro. 

Me parece todo bien. Me parece bien cuando él es un cínico, cuando es un arrogante, cuando me desoye, cuando es un idiota, cuando es bello, cuando es medio cuervo y medio rata. Cuando se va. Cuando viene. Cuando lo quiero, cuando no lo quiero. Cuando me da frío, cuando me da mezcal. Cuando no me da nada. 

Yo carezco del orgullo y de las haciendas de lo humano y su corazón. Mi orgullo es del perro negro. Mi corazón es el del gorrión y el del lobo. Por eso siempre hay una lejanía con los humanos. La reciprocridad me la da un duende, el mar, un árbol, lo que calla la noche, lo que desvela a la que escribe.

Yo soy como un viento de vacío entre los humanos, como una estatua de arena encima de un mástil. Como la madre-ramera. Como el olvido. Como la lengua de la caracola. El laberinto del Fauno, me protege con un poema de fuego haciendo un jeroglífico entre mi adentro y mi afuera. Yo siempre me relaciono a través de una metáfora que arde. Entre el adentro y el afuera, hay un monstruo del bosque. Por eso nadie llega adentro y yo nunca llego del todo afuera. 

Con Yoseba yo actúo muchas veces como la ramera de la mandrágora. Como el alfil del etanol. Como el caballo del queroseno. Como la flor de primavera siempre viuda. Como un mono hecho con hierbas y ramas. Como mi parentesco con mi madre-muerte y mi siempre adiós. Yo no me escandalizo. Yo no pongo mi casa en medio. Yo no pido el amor, ni la palabra, ni la luna. Yo no pongo mi corazón en la mesa, entre el cuchillo y el mar. Yo tengo mi corazón mordido en el Fauno. Yo siempre me marcho. Y aunque por dentro llore y grite por conocer lo que es quedarse, lo que es tocar de veras a otro humano el Fauno siempre me lleva con él.

Como en media hora quedé con ese tipo, hoy me cambiaré de ropa. Hace muchos días que me pongo ropa montuna, que no cruzo por el pueblo, que no voy ni a comprar pan. Vuelvo con ramas y con hojas en el pelo. Me velo con barro. Me velo con la distancia de los árboles cuando caminan. A veces se me caen fotografías en blanco y negro bajo los charcos. A veces el corazón de una urraca, me roba la mirada y la voz. Me detengo de hierba. Mi pensamiento se pierde por el orificio del río. Mi historia se acaba donde el Sol tosta las flores. No me cargo ni me llevo. Me disloco de nube, de brizna que se marcha. Me instrospecto de soliloquio de erizo y madreselva. Me borro con la tierra húmeda.
Y el paisaje de la gente del pueblo, se convierte en un caldero y un pozo que baja y sube, sacando y tirando agua, sin que nadie mueva la manivela, un espectro de cuervo o de perro, tan sólo. Me abriga que todos ellos estén muy lejos. Me abriga que nadie pique a mi puerta. Me da seguridad y abrigo saber que nadie me dirá hola si me cruzo en su camino. Eso me hace sentir que el pueblo es como un dibujo animado que pinta una cabra. A veces disfruto escuchando los gritos y risas de los niños. Esa motosierra. El claxón del panadero. Las ancianas que van a dar de comer a las gallinas. Me parecen hasta bellos los vecinos del pueblo, porque están al otro lado de la caverna.
No hay nubes. Cantan los gallos y el cuco. Me pone muy contenta el cuco, me recuerda un regurgitar de un duende, de la risa de la levedad. Cuando camino con alguna tensión y oigo al cuco, esa tensión se afloja, algo se ríe, algo me dice que todo va bien. Me ha llamado el casero de la casa que alquiló Yoseba para que vaya a verlo en un rato. No sé para qué quiere verme. Yo hice algunos chanchullos de dinero con él en petit comité, sin que se enterara Yoseba ni su familia. Él me dio a mí las llaves. Al final nos regaló por el mismo precio dos meses más. Cuando le llamé, yo le dije que era asturiana. En éste pueblo la gente no se fía mucho de mí. Pero luego le confesé quién era, y al final él era amigo de mi familia. Él no vive aquí ni para mucho por aquí y no tenía prejuicios hacia mí. Simpatizamos. Me hace ilusión que Yoseba pulule por aquí y que cada uno tenga su casa. Que Alicia se refrene en la Soledad, en los tiempos del bosque, que se genere el motor de esa metamorfosis de los arquetipos que me hechiza Yoseba con la alegría de los trasgos y de la marihuana. Que se desvelen los secretos alrededor de una hoguera. Que la antagonia que pelea en mí contra él, salga a la superficie. Que sea cantando. Que todo se experimente. Que el celo y la pulsión sexual que nos ha hechizado y puesto patas arriba a la casa, vaya hasta sus orígenes y resuelva hacia el bosque. Que lleguemos hasta la mujer-esqueleto y ella nos una o nos separe. También me apetece mucho conocer a su primo. Vendrá creo que en Julio. Él y yo tenemos muchas más cosas en común que Yoseba y yo. Y a través de su madre, lo he amado, he sentido algo muy abstracto y bello, sobre él. Algo que me punzó el corazón. Él vino de la pobreza, de una vida de furgoneta y saco de dormir y venta de cobre, tuvo experiencias muy cercanas a la muerte, se metamorfoseó hacia una espiritualidad marginal e invicta. Vive entre comunas hippies y trenes. Vive entre los marcianos y los corzos.
Me apetece dormir bajo la noche estrellada vestidos sólo por soplidos de ciervo. Enrocar al Fauno en la casa del Fauno. Deshacer de Yoseba el hechizo ese que me hace a veces ser una vagabunda, y devolverlo a las ramas de los árboles. Poner en la mesa el licor que trajo la Polilla. Independizar otra vez al lobo.  Escarbar con hierro derretido el corazón y que saque afuera sus escondrijos y sus secretos. Volver a portar la indiferencia felina, cuando todo el campo es orégano. Descubrir que armónica escondía el poli-amor entre los tilos. Romper ciertas cuerdas. Y levantar ciertas madrigueras. Quitarse problemas que el pronombre sin querer se anilló en el dedo. Ser más consciente de lo que la energía sexual nos vinculó, cuando no lo sabíamos. A través de la energía sexual a veces se tiene un vuelo chamánico a extraños arquetipos oníricos. La energía sexual genera algo plural. Genera un deseo de retorno. Hay algo ahí que junta la energía negativa y la positiva, y asalta en un nuevo polo, una catarsis. Hace que lo velado, que el fuera de campo, que aquello que el corazón calló, se agarre a un pájaro que jamás mantendrá el silencio. Hace que el Infra también eché a volar. Hace que el cuerpo busque a su animal salvaje y también incendia los nudos, las llamaradas del olvido y de la resistencia, los diques del bosque, los secretos del bosque. Entre él y yo, queda un secreto que desvelar.
Soñaba algo muy raro, un extraño suicidio, y antes de eso había un coche que recorría como sangrando las calles. El que se suicidaba era un árabe, y había una especie de ley y gente que prohibía los suicidios, y alguien dijo que como van con túnicas es muy fácil acuchillarse y hacerlo de forma más sencilla, otra voz dijo que se había suicidado en el monte equivocado, y otra dijo que eso parece desde fuera, pero que desde dentro ese es el monte de su principio, por eso es el del final, porque el final es el principio.
He hablado con él. Y hay algún hechizo entre nosotros. Algo extraño que a veces confluye en el bosque y a veces en la perdición. Un deseo de desearnos, una pelea, un soliloquio que se ha mantenido en secreto. Un hueso del corazón que se ha quedado en el fondo de la mar. Un hueco. Y una convulsión de primavera. Algo extraño que llora mientras ríe. Que a veces se embruja de mandriles y entonces baila y ama y es leve, mundano, profano. Es contradictorio lo que siento por él. Siento que es algo pasajero y mortal, algo medio equivocado, algo que a la vez es compañero con un afecto de estrellas, con mutuos cuidados en ninguna parte junto a los animales. Algo antagónico y a la vez con espuma de mar y mezcal. Algo que no casa, que no se queda, que no se compromete. Sólo vaga vagabundo. Y mientras la primavera explota el reino de la polilla. Vendrán marejadas. Los mástiles darán vueltas de campana. Los pájaros recordarán el camino a casa.
He estado por la naturaleza. Ahora me he abierto una cerveza, ya no bebo taitantas todos los días, sólo de vez en cuando. He estado tumbada en la hierba, haciendo estiramientos, voló una cigüeña muy cerca de mí, ya hay mariposas, el verde está muy verde.  Hay un latido del alma. Estuve en un viaje interior pero a la vez era acuoso, fluía, se dejaba hacer por la naturaleza. Llegué a un lugar de tensión que me sopló desde el bosque. Disfruté de las hierbas, del río, del Sol. Jugué con Kavka. Una nueva vida entró en mi piel. Luego estuve tomando el sol un rato desnuda en la galería.
Recordé sensaciones de la sinergia, de la música del alma, del celo de los árboles. Había águilas y cucos. 
Ahora es un instante más detenido. Al tocar no sé qué albura de la amapola blanca en esa tensión que se enfrentan aún lugares deconstruidos de mi naturaleza, me brotó un desvelo de mandrágora.  Algo que tiene aún que bailar hacia el bosque y experimentarse en sus distintos actos. Volvió a cruzar un juego de brasas en mis venas, algo sutil y a la vez vehemente, de las profundidades del deseo, de la pulsión de mi matriz, de la lluvia de manzanas, de cierto vino taciturno, del manto de hojarasca, de la lluvia en la piel.
Dentro de un rato iré al monte. Hay algo que no pensaba desde hace mucho. Era algo muy abstracto que me hería, que me desarmaba, que me entregaba a la furia entre el cautiverio y el abordaje. Era algo que me llegaba como el nacimiento y horfandad del verbo. Y desde hace unos días, empieza a ser una senda, una semilla, una lucha creadora del bosque. Algo que empieza a entrarse en la resolución del corazón, de un acto poético, de la vida.

Yo éste invierno estaba herida pero no lo distinguía. Estaba perdida y me era imposible nombrar un encuentro. Algo en la arquitectura de mi ser estaba ardiendo y el fuego me impedía ver a mi alma.Yo era una vagabunda. Yo era una exiliada de mi propia psique. Yo estaba lejos de mi casa.

Ahora hay un camino, es un camino de viento, hacia lo más profundo de mi interior, pero a la vez, usa la misma salvia para tocar e interpretar y amar y pelear, el exterior.

Los años me han enseñado, que la casa, es un organismo vivo, y que adentro hay que también mantenerse en guardia como si se estuviera en la guerra. Porque sino la casa cierra algunas de tus habitaciones, y te secuestra en el ciclo del infra y de la muerte. La casa no es un paraiso. La casa necesita continuamente alimento, cazas, bailes, amores y muchos cuidados. Si se descuida la casa, la casa se vuelve un monstruo que juega a matarnos, para reunir otra vez al latido del bosque. La casa necesita sus ritos de la noche, y sus ritos del día, sus ritos del desierto y del hambre, y los de la selva y las marismas, necesita el cuidado del yo solitario y bestia, el cuidado del niño, del venado, del ave, del duende, de la madre, del anciano, del perro negro, del insomnio del radar del Insecto, de la alquimia del huerto, de la verdad de la sombra, de la liberación de todos los animales y criaturas de la psique. De la armonía entre sus tiempos y espacios. De la voluntad y el trabajo. De la música y el gozo.

Hay que comprender a los demonios, desenmascararlos, adelantarse a ellos. Hay que comprender las trampas que hicimos y porqué, en las que caimos y qué hueco entonces y qué deseo y qué tomamos a cambio y qué que no vimos y qué que mirábamos entonces y cómo se manifestaba la Polilla. Hay que ver al gato que compramos por liebre y ver qué rama se rompió y donde golpeó en el esqueleto. Hay qué tener un mapa de los huesos rotos y extraviados. Hay que conocer la herida-matriz, el sombra del corro de la bruja. Hay que llegar al 3. Hay que aceptar y jugar en lo que no se abarca, lo que no se conoce, lo que jamás será nuestro. Hay que amar. Hay que desear cabalgar en los hombros del Fauno. Hay que caer cuando hay que caer, y bajar mucho más abajo aunque duela. Darle a la muerte lo que la muerte necesita. Renunciar. No renunciar a nada. Hay que hacer alquimia todos los días para que la casa sea nuestra casa.
El tiempo vuelve a tener una semilla fractálica. El latido del agua, poco a poco se introduce en mi latido. El hambre de mi animal ayuna hacia el bosque, aguarda los frutos del bosque, aguarda que su estómago se convierta en la raíz de la mandrágora. Esos lugares que antes eran un salto al vacío, una pared, un cuchillo, la fiebre de la antagonia de Alicia y la desolación, aguantan la tensión de mi cruzar el desierto y van levantando la casa de la familia de mi psique. Cuando se busca a la familia de la psique, ella se despierta también y empieza a buscarnos. Es el milagro y amor del Fauno. La familia de la psique necesita muchos cuidados y alimentos, hay veces que hay que ir a buscar su alimento al abajo del abajo y cruzar desangramientos y cadáveres y abismos para encontrar su perla. Hay veces que hay que subir a una montaña y dormir entre los colmillos de Drácula hasta que cruce el águila y la gota de sangre se convierta en una canción del beleño. Hay veces que hay que tirarlo todo abajo y empezar en la sombra de un puercoespín y cavar y cavar las noches más solas de la tierra. Hay veces que hay que romper a cabezazos una pared hasta que el moratón y la migraña, nos ponga la cabeza en el cuerpo de un gallo, de un ratón, de una serpiente. La casa de la familia necesita mucho trabajo, espacio, tiempo, cubistas ascensores, agujeros de árbol, migas oblicuas de urraca, una espada que sacó del fondo del infierno, una rosa de jericó que se encontró en la lágrima de un monstruo. Una batalla con todas las de perder en la soledad del valle, y sus cicatrices manando las heridas de la ancianidad de los cipreses. Ratas en el pelo. Perros rabiosos colgados de la costilla del manzano que dentro de nuestro corazón ovaria las piernas de la mar. Y otras mil odiseas por la grieta, por la parte por el todo, por el todo en el ácaro de polvo. Por la cima del fracaso. Por el llanto de los ornitorrincos.

Yo justo empiezo ahora, a cuidar de mi familia. Empiezo a cocinar para ella. A cantar para ella. A sembrar, a recoger, a limpiar, a enterrar, a bailar para ella. Detrás de la familia de la psique, vive el Bosque. Para volver a casa, hay que darle una casa a la psique. La casa, es la unicidad del ser. Es el cuerpo que es éter y materia a la vez. Es el cuerpo que vive en todos los mundos. La casa de la psique, es la armonía de todos los yoes, el sitio y libertad para el yo-ciervo, el yo-cucaracha, el yo-tejón, el yo-ortiga, el yo-cicuta, el yo-marihuana, el yo-árbol de la ciencia,,. 

Yo tenía mi casa hecha un alijo de ruinas. Ahora estoy construyendo mi casa. Si no se cuida la casa, la familia de la psique, se dispersa, algunos se exilian, otros se matan entre ellos, otros cargan quimeras-carros de combate, huesos espeluznados y hambrientos de carnero y de mamut, hambre a la enésima de la rata, desolación, espectros, muertos sin madre y sin descanso, depredadores y toda clase de porquería del exterior entra y enferma a nuestra alma. No se distingue la porquería. Uno pierde el instinto. Confunde el amor y el whisky. Confunde a los enemigos con monstruos desolados por la propia familia. Confunde el remedio con un parche de hongos alucinógenos en la pata de palo de la vieja.

Por eso hay que conocer a la familia y hacer una casa viva, con cuello de gallina, con patas de garza, con alas de buitre, con neumáticos de fuego, con cabeza de lobo, con plumas de oso, con ojos de abeja. Para que la familia se reuna y evolucione. Para que la familia siempre tenga todo lo que pide. Para que el bosque siempre esté dentro y afuera. La familia es muy compleja. Yo creo que aún me falta encontrar a algunos miembros. Y mientras voy haciendo la casa y buscándoles, ellos me buscan a mí y me hablan de la casa y de lo que necesita.
Ahora el café. El silencio de la tarde. Algo que se prepara bajo la oscuridad del agua para salir a la superficie. Algo que se agarra al yo del bosque, para caminar el camino, desde su cuerpo, para saber la montaña desde su montaña, para tocar la tierra, al amigo, al tirachinas, desde su mano.
Hoy en el río fui feliz. Jugué con el perro. Hice ejercicios desde la hierba. Caminé muy rápido y muy despacio, entré en esa isla rodeada de chopos. Dejé que mi cuerpo latiera, explorara. La tarea de construir la casa de la familia de mi psique me ha llenado de primavera. Mi cuerpo vuelve a moverse, la memoria que él tenía encayada en el Infra vuelve a revolverse hacia la superficie, reclama el aire, el sol, reclama la naturaleza salvaje.
Hoy cuando jugaba con el perro a morderle el hocico si se acercaba demasiado a mi manzana y él jugaba a morderme para reclamar su cacho de la manzana. Me vino un primitivo olor de los mastines de la casa de mi abuela paterna. Un olor de tierra removida, de perros panza arriba, de ganado caminando sobre el río, de la primera cereza del árbol, de la risa de los lobos, de la libertad. Ese olor sinestésico que me invocó sobre una tierra liberada del alma en mi infancia, me llenó de selva y de dicha. Me llevó a ese lugar donde la razón no albergaba los prejuicios, donde ni el ayer ni el mañana, encerraban las gotas de lluvia, ni los rayos del sol, donde no había miedo, sino el estrépito de la naturaleza. Me llevó a mi abuela paterna y sus cumbres y bosques.
Vuelvo a conectar con la música del alma. Vuelvo a sentir que en la conquista y construcción de la casa para mi psique, hay algo que ya no me agujerea el hambre ni la desolación, que ya no me cuelga yonqui a la deriva, que ya no me hace chivo expiatorio de los versos del espanto del cuervo de los muertos, ni pozo del quebranto del corro de mi bruja. Mis instrumentos están en el jardín, están en la escombrera, están entre el cementerio y la mar, y disponen hacia la alquimia, para que yo construya mi casa en el bosque. Mi casa-bicicleta, mi casa-ala de mirlo, mi casa-papel en blanco sobre la oruga, mi casa de lágrima de mezcal y ojos de rana. Mi casa de viento. Mi casa de noche y de alba. Yo vuelvo a ser autosuficiente. Yo vuelvo a tener todo lo que necesito dentro. Yo vuelvo a la vida, sin sombras retroactivas. Yo las desenredo. Pongo los huesos en su sitio. Echo agua, soplo, camino. Tengo fe en mi vacío, en mi silencio, en mis cicatrices. Tengo fe en el Infinito. En el Fauno que me sueña. En los chopos, en los cucos, en los jabalíes, en el río. En mi resistencia sobre las dificultades. En la huesera que vive en el abajo del abajo del río del olvido. En la luz de la más densa oscuridad. En el instinto. En el amor de los monstruos. En los ciclos creadores de mamá muerte y su mágica Polilla.
La casa de la familia de mi psique, tenía el tejado roto en su ala izquierda, y me entraban por ahí los rayos del infierno. Venían fantasmas intrusos, muertos que no habían tenido nunca reposo, hambrientos vampiros de mi piel de agua. Yo ahora estoy plantando una vid para usar como nuevo techo. Las vides son amigas de la lluvia y de la tormenta. Las vides tienen ojos de fuego en la noche. Cruzan de un lado a otro de la muerte y en la descomposición, cantan vino y regalan secretos.
La casa de mi familia no tenía ninguna pared hacia el aqueronte y me entraban por ahí cuchillos mortales, plantas venenosas, alaridos de la locura, monstruos de la yerba del diablo. Y ahora estamos plantando allí un tejo. Un tejo que tiene una amiga liebre que se cuela en mis sueños y me lo cuenta todo. 
La casa de mi familia tenía un burdel y ahora estamos liberarando a las rameras como las hijas de la mandrágora y asesinando a sus proxenetas.
La casa de mi familia tenía una trampa donde un lobo estaba encerrado. Y ahora desde la cueva del monte más alto, estamos haciendo una fosa, para que el lobo, descienda ascendiendo su Infra, el reencuentro con el corazón de la montaña, se quite las cadenas, se lama sus heridas, y vuelva a aullar  en busca del resto de la manada.  
La casa de mi familia, tenía en mi cama, un agujero por donde entraba el demonio, y yo descansaba sin querer con la cabeza en la guillotina.  Ahora estamos tapando ese agujero con cosas que encontramos en el bosque... cantamos y dejamos que el río nos haga transparentes las manos, para que con las manos de agua, crear una semilla que en ese agujero nazca un pasadizo al Bosque.

Mi familia vuelve a estar contenta, porque aunque aún no estemos todavía todos juntos. Hemos empezado a defender nuestra casa, a sacar la basura, a arreglar los desperfectos, a inventar nuevos agujeritos en el árbol, escaleras, puentes, ventanas, instrumentos musicales, hacia el corazón-corazón.
La construcción de mi casa, es ahora mi tarea. La familia de mi psique empieza a reunirse, aunque creo que todavía nos falta alguien. Al comprender que soy una multitud y que la casa de mi familia, es mi unicidad, estoy más contenta y esperanzada en reunirnos pronto dentro del bosque. Y las luchas que me llegaban como una encrucijada, no lo son tanto, porque mi Casa es compleja y tiene un espacio para cada cosa, en mi psique, había ciertos yoes, que querían una vida independiente al resto de la familia y eso causaba en mi interior una pelea mortal. En mi tarea de la construcción de la Casa, eso se armoniza y empieza a homogenizarse hacia el bosque y el corazón. 

Es un trabajo que tengo que usar mucho la escoba, el réquiem de águila a mis muertos, aguantar la tensión del Inframundo y en ese lugar donde había agujeros negros en la familia de mi psique, empezar a levantar un pasillo, poco a poco, ir poniendo alguna horquídea, algún cactus, dibujar algo bonito en las paredes, dejar velas,  hacer un agujerito en la pared para que cruce la rata de un lado a otro del mundo y poco a poco, abrir alguna ventana. 

La casa de la familia de mi psique siempre estuvo allí. Pero yo no lo sabía y no la cuidaba. Yo vivía en ella, a la mitad como una intrusa, como una indigente, como una ladrona. Por eso ahora todavía está en ruinas y en el proceso de reeconstrucción hay mucho qué hacer.

la casa de mi familia

Llevo varios días sin escribir a Monstruo, he estado muy incendiada por esa presencia de la Polilla Negra. Busco la construcción de mi casa. Una casa ambulante que pueda llevar conmigo allá donde vaya. Una que tenga siempre una ventana hacia el bosque. Un lugar para el requerimiento de mi aislamiento y mi canto nocturno. El ojo de la piedra y su escama de salmón. El danzar entre las ramas la soledad del agua de los tilos. El cuidado de las plantas y hombre de hojalata de mi patio. La artesanía con la cotidianidad de la harina y el café y el vino. Un lugar para lamerme mis heridas cerca de la cueva del lobo. Un lugar para abrirme a la otredad y compartir el amor y la lucha. Para llorar junto a los espinos y los jabalíes. Para hacer poesía. Para nadar en el río. 

Es importantísimo, tener una casa, para la familia de la psique. Yo nunca había pensado en ello y vivía poniéndome en peligro e incendiándome por la deriva y su ardor. 

La familia de mi psique, necesita un cementerio para que yo abrigue a sus muertos y pueda amarles el cuervo de la madrugada. Necesita un jardín para que yo plante y cuide de sus árboles y flores. Necesita una cantina para que se me ponga roja la voz y me den las brasas en el corazón. Necesita una isla entre zarzamoras y chopos, para que yo hable con Monstruo y me dore bajo el sol y aprenda a cantar a los pájaros. Necesita un desierto para que yo siga a mi Loba cuando el mundo se vuelve su enemigo. Necesita el escritorio de la cucaracha de Kafka cuando vengan zorras las crisálidas de vidrio que pierdo de vez en cuando en las calles. Necesita una torre abandonada, rodeada de nieve y de ruinas para que yo me aparte cuando mi Infra busca entre los huesos extraviados, el crujir de mi médula. Necesita un circo en fiesta, besado por la mandrágora, para que mi niña perdida juegue. Necesita ese templo de árboles y ríos donde no hay ropa para esconder nada en los bolsillos, donde no guiña la retaguardia, ni el ataque-defensa, ni la metafísica, y todo se entrega y es recíproco del amor del bosque. Necesita que ese templo tenga un puente al mundo de los humanos y pueda entre ellos también desnudarme y cantar. La familia de mi psique necesita también una cocina, con sapos y culebras, con nubes y pozos, con los ingredientes de la muerte y de la vida, para que yo me coma el pedazo de pan que necesito justo cuando lo necesito, para que yo me eche vino tinto y sepa bailar lo que suena, para que yo me deje en ayunas o me ponga morada. La casa de mi familia, necesita un sótano donde yo hable con la mujer esqueleto desde los corales y las Alfonsinas que se perdieron en la inmensidad de la mar. Necesita un baile de disfraces con cientos de máscaras para la hora del Teatro. Necesita una espada muy afilada para su romanticismo en la hora de la guerra. Necesita una lluvia de calima para que me vaya con la rana del río subterráneo. Necesita también mezcal y el celo de los tigres y el gozo de las estrellas para cuando mi naturaleza quiera gozarse a sí misma. Necesita una obra con el autor ahorcado, para cuando yo quiera extralimitarme en las probabilidades de lo Desconocido. Necesita una mujer-balanza, con patas de gallina y cabeza de cabra y alas de buitre para que yo distinga, para que me retracte o me multiplique, para que pueda ver con el ojo de la tierra seca o con el del Fauno, con el de la noche o con el del beleño. Para que yo me relativice en lo multitudinario. Para que espere. Para que no me mueva. O para que me tire al abordaje. Para mediar en las peleas de los padres y hermanas y primos y adoptados de mi psique.. y me nazca un hijito del fondo del mar y del colmillo de la loba que vuelva a unir a la familia.

La casa de mi familia, también necesita, una jauría de perros negros protegiendo esa habitación, centro de todas mis otras habitaciones donde me vela el éter del bosque, donde soy velada por el éter del bosque.

Y necesito también poner en esa puerta que va a dar a la calle, desde mi río del olvido, un Monstruo muy feo, hijo de la cima del esperpento y la fealdad más fea de todas, para que sólo entre en el interior de mi casa, aquél que tiene capacidad de soportar al Monstruo y hablar con él y calentar su corazón.


Hoy hace un día de primavera, de ir en mangas de camisa. Hay ese olor de hierba recien nacida, de armónicas de río despertando a las parras. De libar de los insectos. El salgueiro ya está en flor y las abejas vienen a beber. 
Algo ha cambiado en mí. Por las noches solía venir a hablarme la desolación y yo caía en extraños sentimientos y regresiones huérfanas, en un nudo abajo del abajo. Ahora me acecho a mí misma, y cuando siento que empieza a despertarse esa maquinaria de la destrucción, agarro el timón y me invoco sobre la mar. Voy cayendo al sueño desde esa tensión, y no en el abandono a los espectros de Comala. Esa lucha por la conciencia, poco a poco, empieza a dejarme contar conmigo, sin agujeros negros, sin nudos gordianos, sin focos de exterminio. Poco a poco, mi sentir, siente y no es equivocado, y no tengo que agarrarlo con dedos de acero ni con tumbas ni tijeras. Creo que al final eso es lo que devuelve la armonía y la sensación plena de espíritu. Sentir que toda la psique navega hacia el mismo lado. Pero conseguir esto en una ardua tarea. Porque yo tenía en mí la voz psicótica del arder de Troya. Porque tenía el secreto de la piedra ensangrentada. Porque tenía una antagonia en en la punta de la espada y en la pared. El infra había acumulado ciertas sombras. Su hambre empezó a hacerse objeto directo. En el rastro hacia el bosque, aquellos sumideros de lo inconsciente, se hicieron montruos. Se formularon otra vez cabos sueltos. Y una luz y una oscuridad clandestina que empezó a tirar la arquitectura de la casa por desvelarse. Por eso éstas últimas semanas han sido un viaje a lugares incómodos y heridos de mi naturaleza, un descubrimiento de verdades y de cicatrices sangrientas. Pero también la pasión por llegar al bosque.
Ahora salgo con un palo de esos de peregrinos, por si viene algún perro a atacar a Kavka. Él me ha dicho " si te viene un perro tienes que dar a matar, a romperle el espinazo, porque si el perro nota que eres cobarde es cuando sigue" Thor, era un perro lobo que sabía muy bien defenderse, era un perro que vagabundeaba montes y noches de luna, con el Thor yo nunca me había preocupado por la presencia de perros. Thor era fiero, era un perro más salvaje que vivía libremente sus instintos de perro. Kavka no ha tenido esas experiencias, siempre ha estado a mi vera. Yo me sentía la protegida del Thor. Pero con Kav, yo me siento su protectora.  Por la zona hay perros salvajes y me ha contado un colega que le mataron a varios perros suyos en el monte. También hay perros que vagabundean. Desde que ese perro bajó el monte amenazándonos, voy algo alerta por ahí.
Soñaba algo con mi identidad, eran sensaciones conocidas del ser que jugaban en mi interior por mutar y llegar al centro. Había una bola de éter hacia la que yo me dirigía. Tenía que ver con mi yo amable y amoroso, con ese yo que busca la concordia en las situaciones sociales. Ese yo siempre fue opositorio al yo de la loba. Mi sueño, aunque no me gustara, me decía que era también mío. En mi pasado, cuando yo vivía más furiosamente la dualidad, a veces dejaba ahí afuera ese yo, su voz dulce, la vulnerabilidad, adentro yo estaba enfrascada en mis propias luchas y en la escritura. También el cuidado de mis abuelos acababa haciéndome filantrópica, la multiplicación de la comprensión de la otredad, aunque mi animal estuviera en contra. Durante algunos años, viví en una contienda , tragué la rabia, tragué a veces el territorio del lobo. Aunque a veces me emanaban cascadas de su canto y entonces yo me volvía una fractura, un yo irreconocible para ellos, un yo que jamás aceptaban. Siempre tuve una lucha interna con mi yo amable. Había otro territorio de los significados donde él no me sobrevivía.

Ahora cantan los pájaros. Ya ha vuelto el cuco. Ya hay flores en los prados. Ya se empiezan a desperezar las culebras. Kavka me despertó, porque hay un caballo tras la ventana. El caballo a veces se inquieta, corre dando coces, le hiere el muro que lo cerca. Cuando el caballo se inquieta, Kavka da ladridos.
He estado un rato en los prados con Kav, se veía alguna estrella y me tumbé en la hierba, buscando mi gruta. Estuve pensando en el ego. Yo no lo había incluido, entre mis dos naturalezas, ni en las antagonias de Alicia. De alguna manera un tanto osada e ignorante, viví como si yo no lo tuviera. Y al reconocerlo comprendí otras latitudes y nudos y tijeras. Comprendí algo de la tensión social, de la náusea de monstruo. Yo nunca pensé en mi lucha interior como espíritu contra ego. Yo pensé más bien, en una escalera de caracol bajando al sótano de la rata y subiendo desde allí abajo del abajo, a todas las estrellas. Viví mis varias dualidades, desde algo muy instrospectivo y anudado a una polilla, con fueras de campo, volcanes, caos, magma, desiertos. Dentro de mi laberinto del Fauno. Mi ego, me hacía creer que yo no lo tenía. Ahora al encontrarme con él, comprendí desde la naturaleza, otra probabilidad para alzar el vuelo, porque comprendí mejor mi oscuridad, y vi un camino más honesto con el corazón de Alicia. Más capaz de transitar de un mundo al otro manteniendo la integridad y voz de mi animal.
Vengo del río. He sido feliz, jugando en la hierba, escuchando el agua, descubriendo madrigueras de rama, islas de zarzamora. Sintiendo la primavera, un cambio en los ciclos que también hierve en mi sangre y brota. He visto otra perspectiva de lo que vine escribiendo, a través del canto del corazón, de su deseo, de su levedad, y en ese juego todo volvió abrirse. Pensé que la salida debe ser una salida de un duende. Esa inocencia para tomar los caminos con las manos abiertas, sin monedas, sin mapas, sin pretensiones y el corazón latiendo, todas sus aves. Algo poético. Un acto poético. Esa es la única forma en las que mis dos naturalezas convivan en paz hacia el 3 del bosque.

Volvió a darme el sol en la piel. Volví a tener deseos de dar volteretas en la hierba. De atarme las ramas en el pelo. Un silencio preñado volvió a abrirse y a danzar. El deseo de volver a conquistar mi cuerpo, de bailarlo en la naturaleza, de saberlo, de reconocerlo. Un deseo de querer desnudarme y cubrirme de hierbas y de tierra. De dar palmadas al tambor del río. De amar como aman los bichitos y la lluvia.

Kavka nadó en el río. Se revolcó en la tierra. Jugó. Él también se primaveriza. Ahora volvemos a ganar espacios en la intemperie, más tiempo, más danza ahí afuera.

Cuando estaba metiéndome por una vera del río, llegué a un sitio donde había un pellejo de lobo colgado de un rama, en el centro del río. Eso me pareció algo muy extraño. Pensé que tal vez lo habían puesto para que por allí no pasará el ganado asustándolo con el olor del lobo. Y pensé otras cosas más irracionales. Luego hablé con él un rato, y volví a reconocerlo con el corazón, un amigo animal. Mi otra naturaleza radical y austera de la llamada del lobo, tendió su pata. Y algo me tocó el corazón. Algo que no tenía qué ver con ninguna intención ni palabra. Era como un canto de cuco. Como un cacareo hacia la terrible alba. Y en mis antagonias fue cuando se apareció el camino del duende. Y por un segundo parecía probable y entero. Como una canción abstracta. Más allá de mis dos naturalezas. Desapegada de lo humano y desapegada de la bestia. Algo intermedio hacia el agujerito del búho. Y fue cuando reconocí mis sentimientos, mis pasiones, mis sueños. Tal vez cuando habito la naturaleza de mi animal, mi corazón se vuelve un ciprés. Se me desrrealizan ciertos cantos y olvido cachos de mi corazón. Esas dos naturalezas que me llegan como opositorias han de ser complementarias en el puente del duende.
Hay que saber irse con la luz del Fracaso, antes de que se estropeé su luz y se vuelva un muerto. Irse, con la danza de la pérdida, cuando aún la amapola besa la nada. 
Siempre entre éstas luchas, hay un hueso que tiene nuestra sangre y que echamos a la mar. Si te agarras mucho a él para salvar y cotizar los insomnios y poemas invertidos, te comerá el corazón y te dejará un agujero negro. Hay que soltarlo. Dejar que la sangre derramada tiña el canto del coral. Hay que perder el hueso. Hay que sacrificarlo al canto del cuervo de la grieta de los mundos. Hay que irse cantando. Hay que perder un cacho de la vida, como río que mana, como lobo que aulla, como piedra contra piedra haciendo chispa.

Agarrarse al hueso es cavar un hoyo y quedarse enterrado dentro.

Yo lo sé, porque otras veces preferí morir que soltar mi hueso. Y viví como un esqueleto mil galaxias. Abajo del abajo. En la soledad más puta de las soledades. En la sombra más sombra. En el hueco más hueco.

Hay que honrar al Fracaso y a su memoria de tierra y mezcal en la piel.
Hay que comprender su amor y su vino. Aprender de su bestia peluda. Cantar sus garras y el himno de sus tratos con la muerte y con la polilla.

Por eso ahora que viene otra vez la muerte a buscar mi hueso. Yo voy hacia a la muerte a entregarle mi hueso. Ya no quiero jugar a la caza con la huesera. Sé que ella es la madre. Sé que su amor es el amor. Su poema, la poesía. Su vida, la vida.  

Por eso voy con el agujero y la sangre de mi hueso arrancado, a buscar a la loba, para lamerme mis heridas. Y seguir hacia el bosque.
Mi paloma que se equivocaba, siempre se equivoca una y otra vez.
Porque mi paloma en realidad es un cuervo. Pero se le olvida. Y cree que es una paloma. Y me empaloma con drogas el pico. Y echa acuarelas encima del paisanaje, agita, me echa las alas en los ojos, y yo ya no veo, sino a la equivocada paloma de humo que en realidad es un cuervo pero lo ha olvidado.

Y por eso compré gato por liebre.
Y el agujero del árbol de Alicia se llenó de arañas. 

Porque creí con el delirio del mezcal un puente de hongos entre mi ninguna parte y mi otra ninguna parte. Y se abrió la nada. Y comulgué tabernas y burdeles. E hilvané corazones de trapo y gasolina. Y me enjolaté toda el alma a la hojalata de mi pecho de un río sin el río. Y drogué a mis viejas heridas con whisky. Y me salió rana de deliriums trenes sin estación. 

Ahora han ardido todos los caminos.
Pero es preferible caminar sobre la ceniza y la nada. Que caminar con quimeras en el pellejo del mono.


 https://www.youtube.com/watch?v=03UYdTa9cPE
Es preferible que esté completamente sola de la humanidad y que siga comprendiendo el lenguaje de los árboles. A que me meta en ciertas tabernas y traicione a mi animal salvaje. Es preferible que el amor vuelva a ser ese Mamut fosilificado debajo de la mar. A que yo compre gato por liebre y haga daño a mi naturaleza. 
Ahora he de conquistar del todo mi soledad y expulsar de mi centro, absolutamente a todos. La herida que se abrió como una vuelta de barajas en la metamorfosis del verano, ahora ha de volver exclusivamente a mi animal, y sólo mi animal es la medicina. He de alimentarme sólo en el bosque.
Yo estuve haciendo muchas estupideces últimamente. Sé que tengo mil argumentos que me dan la razón, que me explican porqué lo hice, que me absuelven, que me cantan la canción del bufón, del pescador, del vagabundo y el tronao, y me ríen perros en mi deshilachado corazón. Pero sé que hice el estúpido. Que puse en peligro a mi animal y a mi bosque. Y eso trajo a la Polilla. Yo no debo otra vez anestesiarme por esa mía que todo lo canta y que deja mi probabilidad en Marte aguardando a que los marcianos vengan a arreglarme los problemas.  La polilla trajo una amenaza real de muerte. Por eso yo he de atravesar mi desierto. Migrar con mis pájaros y mis lombrices. Velarme en la soledad de la noche. La metamorfosis que se inició en verano tiene que volver a reproducirse, desde éste nuevo hemisferio. Yo tengo que darle a la muerte lo que ella necesita. Yo tengo que enfrentarme a los demonios de la psicosis y de la soledad, de la herida más pestilente de mis heridas, de la sombra del corro y del quebranto de Alicia, del hambre de mi animal. E irme sola a mis montes. Y quemarlo todo. Quemar todas las naves hacia la búsqueda del fauno. Y no andarme apeándome otra vez en los cabarets a quemar las neuronas y las canciones en casas que no son mi casa. 

Mis sueños me lo llevan advirtiendo durante meses.
Mi tendencia a alcoholizarme, a saltar al vacío, a bailar con esqueletos en medio del infierno, a tentar al horizonte con un cadáver de sapito, a sacar un cuchillo contra los dioses, por la luz clandestina de la mandrágora y su crucificado corazón. Al huracán de una cólera desarmonizada del instinto de mi animal. A la grieta de etanol de la identidad. Al cadáver aquél que nunca tuvo descanso. A mis bestias sin madre y sin abrigo en mi pecho. A mis cicatrices de pelos de jabalí y pis de lobo y de gusano. A mis muertos sin réquiem. A mi agujero de agujeros abierto como un volcán hacia lo desconocido y haciéndome ir, sin saber a dónde, con los ojos cerrados, con el hambre de las bestias en mi hueso. De pura casualidad. De milagro. Embriagada por el fuego y los excesos de los excesos y la deriva. Todo eso, más lo que mi niña perdida no quería reconocer de su tristeza. Y su juego de la tijereta en los bigotes del gato. Estaba haciéndome morir. 

Por eso ahora he de ir hacia el Fauno. Y comprender porqué en el abajo de mi abajo, acepté todos esos cabarets y Babilonias, porque dejé a mi animal cada vez más hambriento y perdido, porqué su hambre me enloquecía mucho más el corazón. ¿qué coño adquirí a cambio? 

La respuesta nunca es nada bonita.

La respuesta es un cuchillo en el corazón. Y el cuchillo debe inclinarse a la huesera.

Lo hice, porque no quería estar sola, porque no quería pasar más hambre, porque quería un vuelo expres al paraiso, tumbada sobre la hierba y sobre las nubes, sin volver a trabajar ni sufrir ni pelear, por la gracia de la gracia, comiéndome una amanita y apareciendo sobre el unicornio.  Quería vivir como los monos de rama en rama. Como las cigarras. Como las hojas de los árboles. Como la espuma de la mar. Como el vino tinto siempre rojo y riendo. Como las playas nudistas. Como los gnomos.

Pero empecé a sentirme mucho más sola.
Mi animal empezó a tener cada vez más hambre.
El soplo de Monstruo empezó a traerme pesadillas.
Mi corazón con él, ya no era un mono, era erizo y yeso, era una trampa. Él ya no era un mono, era un impostor. El sexo ya no era un vuelo chamánico. Perdió el alma. Él ya no me pareció bello. Me pareció instinto primario y una pared y una botella de whisky y una jeringuilla de heroina. Y cristal en mi corazón.

Y sin darme cuenta mientras yo estaba tan perdida entre los recuerdos del Bosque y el río de sangre, mi soledad ya no era mi jardín, ya no estaban allí mis perros y mis venados y mis cuervos y mis lobos. Empezó a estar habitada por monstruos y gárgolas de espanto y roca. Por muchos muertos y huesos extraviados.

Pero vino a buscarme la Polilla. Y yo le dije que la quiero a ella o a la muerte.