HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

 Ayer me dijo que vendría pronto a verme. Yo quiero volver a jugar con él, sin las nociones, sin lo que ha dicho mi poema sobre lo que siento y no siento, ni lo que él es o no es. Los escritores a veces son unos atormentados, porque han dicho demasiado, y la arquitectura de la palabra encierra el viento de nadie y escribe a veces mapas de puto oro y cárcel sobre lo que sólo es de pájaros. Tal vez mi salida, es dejar de escribir prosa y objeto directo y auto análisis, no escribir cotidianos, no escribir nada de lo concreto. Dejarle todo a la conversión poética. Porque la poesía es leve porque es mortal. Dura su vaso de vino y desaparece. Además es oblicua, tiene cubismo en sus genes, tiene lo que hay y lo que no hay en el mismo cáliz, en la misma escombrera.

Creo que necesito empezar a desfocalizar de mi necesidad de escribir, el contexto, lo que he tomado. Tengo que dejar su devenir al pensamiento silencioso e introspectivo, descuajarle su exteriorización escrita. Aprender a pensar sin tener que escribir para ello. Aprender otra vez a comprender y a descomprender manteniendo borrado su lugar en la escritura. Aprender a sentir el verbo sin escribirlo. Ese vínculo que tengo con la escritura sobre esos espacios, es nocivo para mí. Porque la escritura se vuelve la conciencia. Y en el fondo es mentira, es incompleto. Porque no se puede ir por ahí de coleccionista cuando los barcos bailan sólo sin timón ni ancla. Porque mi obsesión de escribirlo todo da demasiadas armas a Alicia y ella las usará en mi contra, el Sol las usará en mi contra. Porque la excusa de escribirlo todo, me exilia, me desampara. Forja la solidificación de un objeto que actúa como la falsedad en mi vínculo con el cubismo, como la trampa.
Mi vínculo con la extrañeza a veces se tropieza en el cubo de basura que sacan los vecinos. Y me recicla la rebeldía de las ratas donde ningún reloj ni palabra hace acuerdo.
Me hago el embosque insurrecto de la suciedad. Atrapo en mí lo que afuera reprimen. Le doy mis brazos, mi esperanza. Lo defiendo frente a la muerte y el olvido. Me juro su madre. Y asumo su desconsuelo y su soledad para salvar su música. Para reparar el mordisco del fascismo de la civilización en las metamorfosis de un fuego.

Perseguí lo clandestino. La luz de la oscuridad. Algo magnético en mi instinto, me hizo cavar, vestir con esqueleto a mi carne, con monstruos a la niña que alguna vez fui. Con el virus subersivo de la esquizofrenia a la taradez de sus máquinas de escribir y de planchar.  Me elegí en la enfermedad cuando todo lo otro era el frío de la indiferencia. Y mis mil patologías nombraron a la mar desde el presidio, trajeron a la mar desde la muerte.

Yo elegí a la locura con el canto de la libertad.
Quiero volver del todo a la calle, pero la escritura a veces hace de ello una distopía. También mi necesidad de enrocarme junto a los chopos, esperar la furia de la nada y voltear la tierra húmeda donde ninguno hayamos llegado.
Es parte de la contradicción lingüística del manojo de urracas que me dieron a la boca el nombre del viento y del hambre. Yo las incluí en mi soliloquio, porque se hicieron en mi cuerpo una mano astral que empuja el brotar del oleaje, aunque no podamos entender nada.
No distinguí la oscuridad y la claridad, cuando se trataba de la huesera y su baile. Buscaba la liberación absoluta del animal y del templo, de la criminología y de la playa. No hice caso a los participios, no acumulé la gravedad empírica del desconsuelo sino al filo de la navaja del alba cuando la hierba lloraba de los huérfanos la constelación que apoyada en la mesa regaba los motivos.
Mi naturaleza me obligó a la guerra, porque una antagonia mezclaba en mi arquitectura la comprensión de la mariposa abierta. Porque era esa grieta destructora donde ella buceaba la expansión de sus alas. La llanura y el refugio sólo era una noche bisiesta.
Hoy en ti, todas las luchas despiertan mi beso y mi aullido. Tu amor me llega, como todo me llegó, apuñalado en la luna, borracho en mi callejón vomitando ratas a la ternura de mi crisantemo. Y todo de mar la albura de la fiesta y el horizonte.
Vuelven todas ellas a ensangrentar el tacto del río, cuando tu piel es mi cartografía, mi océano y mi muerte. Vuelve el ciprés a sacar sus patas de la tierra y echarse un vals desde tus brazos a los míos, con la oscuridad abierta de piernas en el centro del sol.
Yo hace ya mucho que no entiendo nada de la lógica. Es la poesía la que me ofrece el cuerpo aunque también me lo roba. Es la mancha onírica la que limpia ese rostro y abre sus párpados. Es la pasión de los embrujados la que hace que por mis venas corran las ganas de quedarse todavía, en el abordaje, en la pelea.
Ya amaneció. La montaña gime ese aire incendiado de la helada. Se abofetean los cantos de los pájaros y desaparece del sujeto el objeto que lo abstrae en la fuga de un devenir oblicuo. Pienso en irme a algún sitio mientras mojo mi piel de la estaticidad de los árboles, inmóvil de amar cuando el amor necesita un descanso.

Los mecanismos de defensa se aprehendieron en mí en una taberna de locos. Mi corazón alguna vez se quemó a lo bonzo sobre dibujos de hollín que una epístola devoraba del cielo del que hablamos cuando la tierra no podía sustentarnos. Yo era hacia ti el último poema que podría defender. Contando sus engaños. La literatura siempre mantuvo una doble vida. Fue en ella donde horquideé mi libar de lluvia, mi pisotón de noche. Conozco sus excusas, su manera de hacer que esto nunca haya ocurrido. 

A veces todavía oigo tu sonido en el cambio de andenes. Cuando esa mano roza las espaldas de las nubes y la ginebra chasca una guitarra desobedecida de la casa que desaparece. Soy entonces el réquiem mutante de la esperanza de los puercoespín. Me embriago de estatuas destruidas y toda tu sal reaparece en la calle que no pude salvar de la memoria. Ya no es con dolor porque todo fue en su exceso un exorcismo del verso impertenecible. Porque todo fue del pozo, el aliento blanco de la nieve obligando a esos animales a la lucha. Porque agotamos hasta desfallecernos las palabras que mantenían el vínculo. Aunque afuera de mí, donde mi introspección recoge gorriones y mendrugos, tu recuerdo salpica el canto del absurdo y lo estacional retorna entre tus ramas para sobornarme el olvido.
Soñaba con una especie de yo que se relacionaba con gente, y una voz decía que él multiplicaba y era contingente de lo que no ocurría, que no sabía vivir y que en su pellejo todo saldría del revés respecto a los humanos.
Ha salido el sol. Estuve contenta por el monte. Al darme cuenta de esa necesidad de cambiar el accionamiento de la exteriorización y la interiorización en una armonía mundana y animal, natural de su fluir, hubo otra vez el nombrar de la música. Sin esa pelea mortal entre la sombra y el otro lado del salto. Me di cuenta que lo que supe en el viaje por el éter pertenecía a mi propio cuento de los arquetipos y el fuego y que no es un lugar que deba mantener como horizonte porque eso sería algo suicida. Aquella experiencia me llenó de extremos y de una sensación de vida-destrucción-vida, posicionada en la explosión, en la catarsis. Me di cuenta que la felicidad es más triste. Y que sin querer esa experiencia también me dejó algo traumático del rayo, dejó un sopor de incendios, de violencia, de quemarse a lo bonzo, toda esa intensidad dejó una grieta eléctrica en mi interior. Y mi camino ahora tiene que ser por una vez hacia el valle, hacia los árboles y el vino de los puertos, el lenguaje mundano, la artesanía con lo paria, la continuidad de un murmullo y no esa jodida sensación del doble o nada, ni ese arrebato pirómano que me da, entre una psique que escribo en la leyenda de la división, la unidad es múltiple, pero el movimiento es homógeneo, es integrador, tal vez yo me equivocaba al elegir el sujeto y el sustantivo, al derivar mi yo-objeto en su diálogo y lo único que importa es ese movimiento y en él radica mi integración..... Y también debo abandonar éste tipo de escritura del auto análisis porque acaba enfermándome la metafísica.

Hablé con Yos. Y fue una conversación hermosa y absurda. Su voz me calmó. Su bromear. Esa dulzura de barco y aguardiente de su tono de voz, de su murmullo. Era lo que necesitaba. Ayer cuando hablé con él mi cucaracha de Kafka me enfermó. Estaba subconscientada de mi propia sombra y escuchaba mi oscuridad bordeándose por fuera, era mi quebranto el que manchó ayer el paisaje. Hoy sentí el viento. Sentí algo que me besaba de afuera. Algo que no me señalaba ni me apretaba el nudo ni me esperaba, ni me violentaba a la palabra o al hecho. Sólo danzaba, sin los reparos de la sombra. Sin la enfermedad de las palabras.

Quiero abandonar mi soledad. La violencia de mi soledad. Caminar hacia afuera, caminar hacia el amor y la rebeldía, sin esos fueras de campo míos que me llevan a Comala y a ensueños de Poe. Sin alimentar mis visiones ni el paralelismo de los sueños como explicación y horizonte. Sin explicitarme en la jeringuilla del expresionismo. Sin levantar esos jodidos búnkers cuando destruyo lo social. Cuando me meto en el caracol de benceno.
Mi intención es que la marea entre el exterior y el interior, tenga la armonía del deseo y del rizoma. La homogoneidad de un latido que una. De la naturalidad de una existencia que fluya. Que haya una conciencia que permanezca entre los dos mundos como un puente, como una botella de vino, como un bodegón de nube y ayahuaska, de la verdad de los ojos de los perros.
Que no me pase como a la chica de Tokio Blues.

Por eso he de mover mi camino también hacia el exterior. Algo en mí desde hace demasiados años, se ha movido hacia dentro. Ha ido quitándose de encima los lugares de la sociedad, sus acuerdos, sus interferencias hacia una utopía abstracta. Y ahora he de hacer lo que hacía con el poema en la inversión de la cáscara del caracol y la nube, en la inversión de su guitarra como devenir oblicuo de la danza de un mar.

He de provocar hacia afuera lo que provocaba hacia el poema.
He de devolver la fe a la vida. 

Por eso no es del todo sano estancias largas en el pueblo, porque la soledad que se mira y se oye y se busca y se dialoga a sí misma, me genera una idea de la exteriorización en forma de materia negativa y embrujo del abstracto y de la distancia. Me genera ciertos mecanismos psíquicos que luego me hacen síndrome y pelea, coraza, tensión, tristeza, cuando estoy con los humanos. Empiezo a sentir a las criaturas de mi psique separadas, sé que la unidad es la multitud y esa unidad debe tener caracter también único en su deriva, debe ser el todo por la parte en mi interior, y no la parte por el todo, al menos en el canto del fuego. 

Creo que a veces Alicia cuando siente que va a perder sus dominios en mí, se cruje de plomo, se enviolenta y me hace volver a ella desesperada. Sé que debo quitarle su zona de conford, poco a poco, en periodos que vayan creciendo. Y a la vez darla su libertad. Que la marea no rompa. Que no me llegue como una muerte. Que no me llegue de forma tan abrupta.
Quiero conocer la sombra del corro de la bruja.
Mapear a fogonazos, el qué, el porqué, el sin porqué, lo que vino antes, desde lo inconsciente y lo consciente, desde la voluntad y el naufragio, las elecciones de la desesperación y del éxtasis, las que entre la espada y la pared se avalancharon hacia la mar en la única fuga que encontraron.
Esos movimientos deben integrarse en mi conciencia, para liberarme del todo.
En el año 2008/09 hubo una metamorfosis explosiva que acabó en la muerte.
El 2009 y 2010 empezó a través de la dignidad del dolor, el camino hacia su nada. Fue una época dolorosa y depresiva, donde rompí con dinamita todo vínculo con la mística y con la esperanza. Empezó a visceralizarse un camino de pelea a través del sostenerse en pie en el vacío. Yo no quería el suicidio, aunque todo señalaba entonces al suicidio, parecía la única puerta. Y en aquella época empezó a solidificarse la metafísica y el camino de la escritura se hizo el faro, el barco, la orilla y la galerna, la vida y la muerte. Fue entonces cuando elegí la escritura como todos los universos. Cuando empezó a adentrarse el adentro como el único movimiento. 
Yo había sufrido un desamor muy profundo. Además del manicomio, la violencia. Tenía adentro suicidada la humanidad y el corazón. Tenía furia y odio. No creía en nada ni en nadie, no buscaba ya el amor y dejé de creer en los dioses y percepciones que creyó mi locura. Mi locura había sido violenta, pero también me había provocado mucha felicidad y libertad. Pero yo en esa época había perdido su fruto.. lo había perdido todo. Sólo escribía. Escribía y era un espectro afuera. Elegí entonces la lógica de los desheredados. El nihilismo. Me hice atea sanguíneamente desde el beso de la muerte.
Un tiempo después apareció K. Y hubo un proceso de reconciliación con el exterior a través de la literatura entre los dos. Hubo un proceso de reparación en mi psique, a través de nuestro poema mutante. Con K. yo era éter. Tenía una despersonificación enamorada. La pared no existía. Yo no distinguía a K de mi soliloquio. No distinguía a K. del amanecer, ni de la gaviota, ni de la ceniza de mi escritorio. K. era para mí algo sagrado, mucho más allá y más acá de mí y de la tierra. El amor de K. fue una planta mágica. Pero yo estaba dentro del Laberinto del Fauno y lo metí a él allí.  Mi amor hacia él era posesivo y lunático, era dependiente, aunque no lo era de lo físico, ni de lo concreto, ni de nada material ni mundano, yo estaba muy lejos todavía. K. era el fuego de la literatura y de los sueños y yo entonces sólo caminaba hacia la literatura porque no sabía ni podía caminar hacia ningún otro sitio. Soñaba con él salir del laberinto y amar, tomar todas las estrellas, reir todas las tabernas, volver a la playa. Pero no era posible entonces, porque el abismo de mi introspección convertía a K. en mi asesinato. Era demasiado tarde. Nos habíamos escrito miles de poema sin piel. Yo luchaba con todos mis huesos por salir a la superficie y darle el amor real, la vida verdadera. Pero a la vez, algo en mí sólo caminaba hacia el poema y lo imposible. Y cuando salíamos a la superficie juntos, nuestra cucaracha de Kafka nos asesinaba. Eso me provocaba un dolor terrible y abisal. Perder a K. para mí entonces, era perder la vida. Él estaba en todos los segundos de mi soledad. El amor que sentía que venía de vuelta, era una trinchera, era un paraiso. Mi despersonificación y mi éter lo convertía en la belicosa esperanza y en la compañía más profunda que podía sentir, la verdadera intimidad, era como si él fuera omnipresente. Compartía mi soliloquio con él, y al escribirle, había una transformación, una psicomagia que me ayudaba a reencontrarme con el espacio que en realidad me vivía como una fractura y cuchillo. Me acostumbré febrilmente a incluir a K. en los rincones más etéreos de mi soledad, en los clandestinos, en los incompartibles. El amor que yo sentía era como un orgasmo de dioses. No me sentía nunca sola, me sentía verdaderamente amada. Estaba enamorada a fuego, estuve enamorada con vehemencia, durante unos 5 años. Pero nuestra historia era una historia muy trágica. Porque no podíamos salir nunca del laberinto del Fauno.
Como es lógico, él se alejó. Él necesitaba algo más. Algo que yo no tenía. Yo no tenía entonces una identidad humana. Había entrado demasiado dentro del poema, y mucho más con su amor. Eso me provocó una metamorfosis mucho más violenta hacia Alicia. Yo no quería derrumbarme. Aquello que me causaba tanto dolor del salir a la superficie dio una vuelta de campana y se juró sobre la luna y jamás en la tierra, eso me quitó un peso de encima. Yo no quería llorarle. Mi corazón se quemó a lo bonzo. Era tan grande el dolor que sentía, que lo borré de mi palabra. Mi poema escribía contra lo que yo sentía y mi poema se hizo mi conciencia. Al poco murió mi abuela. Yo me hice la metamorfosis de los quinquis. Aparecieron otros hombres, vivi el hedonismo de las raposas, el cinismo enamorado. El amor de los ladrones. Eso me desquitó contra mi quebranto. Aunque yo seguía amándole a él, sólo a él. Cuando él volvió yo pretendía volver con él y seguir con los otros dos. Creo que él nunca me perdonó eso.
El desamor duró muchos años. Porque él se había hecho parte de Alicia. Él seguía aquí. Alicia se absolvía de todo a través del amor que mantenía en él. Aunque él estaba mucho más lejos que los muertos. Yo vivía dentro de un raro agujero que sólo tenía una salida de tabernarios locos al exterior. Tuve algunos encuentros orgiásticos con hombres reales. Pero Alicia no los amaba, disfrutaba oscuramente del cinismo y el cuchillo de los ladrones de antemano. Yo seguía dentro del laberinto del Fauno. 
Empecé a vivir el exterior con puro Teatro. Eso me hacía ir ligera y libre. Sentía una especie de integración, pero era dadá y desquiciada. Yo seguía hacia dentro donde la mar era mi verdadero adentro y afuera. 
Tuve otra metamorfosis aún más antisocial, en el año 2015 o 16. Me hice mucho más solitaria. Me sentía abandonada de todos los mundos humanos. Y seguí el camino que sabía seguir, el del poema, el puto único camino que conocía. 
Eso me llevó al mundo de los naguales. A la renuncia total a la realidad ordinaria y colectiva.
Aunque luego apareció Yoseba.

Ahora busco salir afuera. Sé que ésta es mi sombra. Y otras partes complejas de la multiplicidad que no he escrito y que son también indispensables para el rizoma y la integración. Porque ellas siempre estuvieron conmigo, ellas estaban en todos los sitios y a la vez en ninguno.
En primavera o verano emprenderé un viaje. Hay algo del pueblo que me hace el exilio, que me arranca la humanidad, que me pronuncia en los bodegones y las esquinas de sal. Que alejana el estímulo del amor. Que me acurruca donde las bestias duermen la península del cuarzo. Es algo que me hace extrema de una exclamación de plomo y que sin querer me arranca la conciencia de otros mundos y necesidades y flujos de mi espíritu. Aquí está mi guarida. Pero a veces se convierte también en mi presidio. Algo se amolda al viaje de todo lo que huye. 
Me doy cuenta que he experimentado hasta el extremo la interiorización de la vida, el camino tragado ojos hacia dentro. He hecho un cuento con lo que me rodeaba y lo he triturado en una metáfora sanguínea centrípeta a la víscera y derribo del teatro. He expulsado el exterior en un máscara de polvo que fadaba en mi mesita el clamor de las ciudades destruidas y los versos que nunca se llegaban a escribir.

Fue en verano cuando me di cuenta de esto. De la urgencia de integrar primero el yo que hacía de puente y vehículo con lo exterior, el yo social, quise integrarlo en el deseo de mi espíritu, en mi corazón. Al principio lo hice a través de una lucha, lo hice desde un canto antisocial. Le di a ese yo, el respaldo y la pólvora de los otros, a través de su posición de guerra respecto a lo nagual. Esa integración de la primera metamorfosis de Junio y Julio, estaba vinculada todavía a la interiorización, al soliloquio radical, y mi instinto hallaba su horizonte, en la grieta de los sueños, medulizado en el otro mundo, caminaba hacia el éter.

La aparición de Yoseba provocó un giro radical ya que se despertó en mi yo-exterior un cúmulo de pasiones y deseos que mi introspección no aceptaba como suyas, porque yo estaba muy ebria del sueño del Infinito y de su Soledad. Por eso mi mente me explicó todo con un raro cuento delirante. Porque yo estaba en un movimiento radical hacia dentro y el afuera estaba posicionado en mi Ensueño. Por eso sufrí un rayo de éter, lo exterior, lo humano, empezó a ser sólo un sueño. Mi cuento se radicalizó y no había nada que fuera imposible, lo extraordinario cobró un sentido total. Yo vivía desde el otro lado del espejo. Mi sueño me soñaba despierta y dormida. El yo de mi sueño era el que caminaba por fuera y por dentro. Y la realidad se hizo la continuidad mágica de lo Imposible.

Ahora estoy en un lugar muy diferente. A veces es mucho más sombrío y feo.
Pero sé que debo salir del laberinto del Fauno. Si es que se puede salir. Si es que es posible abrir la última puerta del Teatro. A veces lo dudo, a veces pienso que el Teatro tiene una función mucho más vehemente de lo que aguante una vida.

Ahora quiero integrar el rizoma en la conciencia. En todas las conciencias, en todos los acuerdos de la percepción. La conciencia tiene a veces un movimiento involuntario, como la respiración del cuerpo, la conciencia tiene comandos que no dependen de la voluntad ni de la atención, que son gravitatorios de algo que muerde como la gasolina.
Yo necesito integrar el exterior en mi exteriorización. Mi exteriorización en mi introversión. Mi introversión en el beso a un humano.

He caminado la noche de mil siglos hacia la soledad y su hueso-alfabeto de la montaña y del mar, de la palabra, de la mano abriendo el pomo de una puerta. Mi escritura ha sido muy lunática y violenta de la voluntad de mi desaparición y de mi lejanía, mi escritura durante tantos años levantó en mi pecho el exilio como una navaja, cerró las puertas con granadas, tomó las estrellas con la materia negativa en fiesta y siguió mucho más allá.
Mi escritura se convirtió en mi única conciencia. Y la escritura nace de una posición casi de muerte respecto a la realidad compartida. 

Todo esto dejó en mi vaso, un vino perturbante, la cucaracha de Kafka y su droga.

Yo quiero volver. Quiero volver a ese lugar dónde nunca he estado del todo. Y es a la inversión del Laberinto del Fauno y la llegada total a la fiesta. Sin el yo-ataque-defensa, sin el yo-muro y cascada, sin el yo represión y pelea. Llegar con él, abierto y liberado de su eje centrífugo y centrípeto de la extorsión de la nada. 

Por eso debo salir afuera de mí. Ahí afuera yo no tengo el control de mi conciencia. En la simbiosis lingüística con otros humanos yo soy un animal que flota. La conciencia ocurre sin nombrarse a sí misma. Algo en mí ebulle sin la sensación del suelo. Y son esos momentos en los que de verdad se puede provocar la integración que necesito.

Tal vez esa sensación de perder el control en lo social, tiene en mi recuerdo empírico el espanto y el abismo, la violencia y el fuego, por pasados viajes con drogas y estados de locura y coacción de Marte. 

Tal vez por lo que supe allá, generé como protección la casa de Alicia. Y allí me dediqué a las carnicerias y subdivisiones, hacia el adentro del adentro, donde ninguna mirada pudiera hacerme daño.

Hoy quiero otra vez correr los riesgos de vivir de nuevo.
Busco las palabras. Trepar sobre la extrañeza que ayer hizo de amortiguador y de raja. Entregarme otra vez al acto del bosque. Hoy he vuelto a sentir la belleza en la montaña. Soy muy visceral del abstracto. Ayer albergué extraños sentimientos, algunas regresiones que me acercaron al abismo, a algo doloroso. Debo mover de sitio el enjambre de lo abstracto. La soledad a veces provoca que el estímulo se enganche a la percepción desde lo sumergido, desde el inconsciente, a veces el diálogo interno se llena de fiebre en una extrema película de procesos oníricos y muy díficiles de comprender en el lenguaje. Ayer tuve regresiones a momentos de locura y precipicio y comprendí que algo en mi ansiedad tenía el recuerdo empírico de la destrucción y del espanto. Algo en mí a veces no fluye por eso, hay ciertas ecuaciones de emoción/pensamiento que cuando se unen me acuchillan la evanescencia y algo en mí no está del todo segura de que pueda salir de allí y pierdo la conciencia del rizoma y de lo que continua. Eso me genera desesperación y miedo. Creo que esos recuerdos están en una memoria muy compleja y en un nivel de conciencia gaseante. Para que yo pueda superar esto, debo vivenciarlo otra vez y generar otra palabra y otro canto. Ayer de algún modo ocurrió y hubo otra acción de vida en mí. Necesito ser artesana y caminante.
Soñaba con las casas astrales y sólo recuerdo la última voz que dijo, yo en la casa 1 sólo tengo el pis de Panero y ninguna otra cosa.
No hay nada que traer a la voz del desierto
cuando los años encayan en esa pistola que usaste para no decidir
boca abajo en la mesa, escribe cartas que no se atrevieron a mentir, cuando mentir era indispensable para amar todavía.
No hay nada que devolver a la bruma
cuando la jauría que se esconde en los chopos
afila sus colmillos en la palabra que borraste en mi cama.
Nosotros avivamos de la batalla un hueco nacionalista. Dimos la carne al animal. Quitamos el cerrojo. Hostigamos el fervor de un todavía. Hoy plancha en la cocina destartalada la ternura del viejo tus ojos de cerilla y papel, en la descimentación de mi certeza húmeda en tus corales.
Si te lo dije del revés, fue para no dar lugar a engaño a la salida de ese bar cuando los dos borrachos no sosteníamos ninguna palabra que nos uniera. 

Amé hasta desangrarme, amé, y sin embargo hoy me parece muy lejano.
No sólo es el huerto de esqueletos y la colección de desventuras. No sólo es el verso que siempre separó al objeto de mis manos. No sólo es haberte perdido sin haber aprendido a decir tu nombre.

Aunque en esos mares desvirtuó la perspicacia de Mercurio. Dijo el corazón y la navaja, una flor que hiciera de armisticio en un duelo entre ahogados. Dijo el grito entre las estrellas, un mástil que hiciera de lanza cuando los motivos se dieran la vuelta.

A veces quise destruirlo todo. Yo era la primera víctima, yo era su verdugo. No supe deshacerme de la crueldad nihilista. La nostalgia se hizo un amortiguador. El hedonismo la almohada y la espada de cartón. Cuando te miré desde el interior de aquella lluvia, me ví a mi misma ahorcada en un viga, quitando un velo a tus ojos y fumándonos los vestidos por las venas. Dolía demasiado para que un pensamiento lo explicara. Pero sólo era un cacho del cubismo. Acá todos los animales vivieron sin ley y sin dueño. Yo no sabía domesticar a la que buscaba tu asesinato ni el mío. Tampoco a la que te hizo todos los hombres bateando en un charco el fuego de la luna. Mi naturaleza me obligaba a la antinaturalidad y al abordaje. Esa rigidez de un rayo digitalizando el alfabeto del agua. Esa perpetua tensión entre el verbo y la espada. Entre la pérdida y la orilla.

Te fui infiel sin ningún reparo, con total amnesia en los fuegos fatuos. Era muy tarde para arquitectar del cuerpo la intención de un territorio o el gozo de un objeto. El gas destruía todos los enunciados. Yo sólo soy el libar de una nube entre cuadernos abandonados y sombras de siluetas que se marchan.

No soy fiel a mis sentimientos porque todos son la patria de la inestabilidad. 

Tengo de tu rostro, mil rostros para cada botella. Algunos te clavan todos los cristales y quieren verte morir. Otros sólo han conocido el amor entre tus brazos y hacen de mis montañas carros que te siguen cuando más allá de todo hundes la música y es mi principio y mi fin.
Hay una nueva transformación en mi interior. Una fractura entre el ensueño y el acá.  La urgencia del pragmatismo. De recuperar un canto materialista aunque no filtre en el territorio del objeto, tensa en mí la necesidad de mirar la hierba y no los astros, de andar mundana, otra vez atea. De transliterar lo que viví en lo extraordinario en el carnaval del dadá y no en ninguna teoría, ni mística. Voy hacia otro sitio ahora. Hoy es un día sucio porque una mano de madera abandona sus viejos dominios al sopor de los escombros, y no se salva la pintura en tiza de ese corazón de esparadrapo. Porque ha caido una torre, fue en la sombra del vuelo de un pájaro. Fue al exceso de una carantoña de coñac en la noche que no se da la vuelta.
Ha vuelto ese yo cruel de su espejo. Vacía la mesa, deja sólo en ella, la ceniza de una voz enrolando en la brasa la posibilidad esquelética de un amanecer. El hueso conserva de la memoria su lugar no gravitatorio.

Atravieso tierras caducas. El puto poema quiere contarme otra vez lo que sabe, pero no me sirve. El vínculo con el significado necesita explotar en la nueva singladura del detrás del espanto.
Transliterar ese esqueleto de pescado entre los tubos de escape de la urbe. Caerá una legaña de luna. Aunque sea lo último que tú y yo podamos recordar.
Vuelvo al tiovivo de carbón. Hago sitio en el suelo para sacar la pata de la sombra que persigue en el escenario el espionaje de un fin. Abro espacio en la mesa para desdibujar aquél beso de cloruro que tu indigencia dejó en el remo partido de mi noche.
Vuelvo maldita a nombrarte. Marco tu número, unas brasas clandestinas queman las naves de algo muy lejano y en su territorio comprendí tu mirada. Cuando había que apretar el gatillo.
Habito la coartada del canto de los pájaros. Habito la crueldad de un sonido suicidado. Mi casa estaba al otro lado del cuchillo. Abrir su puerta era perder medio cuerpo. También conocí alguna vez el amor sagrado e incondicional de un vientre suicida engendrando la última esperanza. Y acudí desconocida e incompleta. Alguien escribió en las espaldas un poema despedazado. Estaba muy lejos el sol aquella tarde. Me sujeté a los chopos con todo el vértigo de haberte perdido para siempre. No sé decir sin decir lo contrario. No sé besarte sin hundir la navaja. Ahí afuera la tierra no alimenta a sus hijos. Ahí afuera hacen negocios con los cadáveres.
Tal vez elegí la lejanía. Tal vez fui poseida por lo que se marcha.
Comprender la geopolítica de mi historia no me ayudó. No me sació. No acabó con el grito. Volteé, me aferré a ayahuaska, a teatro para locos. Mordí más hondo el beso de la nada. No pude restaurar el homicidio de aquél amor, cuando ya no era quién sino el amor mismo. Mi entraña nunca armonizó el crimen. Por eso me entregué a placeres insurrectos, a sinestesias parricidas, a la siderurgia del claver del aire. 
El ardor de los tordos estuvo allí y no dejó supervivientes.
Me hice coleccionista-prostituta de la curva del crepúsculo. Andrajé mi herida en un bote con gasolina y hierbas. Andrajé mi verdad al agujero que más canciones pudiera trepar entre los muertos. Y Fransquetein nunca quiso irse. De la máscara de papel, un anfibio portó tu esperanza. Yo no era casa, no era abrigo. Yo nunca perdí mi primera tristeza, ni mi primer sueño, ni mi aullido. No reparé nada. No me detuve.
Hoy estás allí. El expresionismo de un bar destartalado por el lunatismo de esos ebrios acróbatas de lo que no existe. Estás ahí, a dedo de heroina y de Sol. A desguace de pieles de naranja y de jabalí. Eres el vértigo de no tener nada.
He de construir mi casa, aunque sea de aire. Atravieso la tensión de un verso inconcluso. La maquinaria del humo robó tu rosa, hizo su objeto en una mano de papel y echó fuego. La duda enjuagó lo que se llevaron los álamos. La lluvia era muy fría para retecharse entre las yemas de tus dedos. Una grieta mordía el filo de tu beso. Encima de las colchas una polilla libaba el pecado. Nos unió la insensatez de una trampa alargada en el tiempo, exibicionista en la pupila dilata de una carta de amor. Nos unió la guerra y su desquite, la presión de un poema derramado en la llaga de una desmemoria perspicaz de quemar la puerta al salir y no dejar a nadie con vida.
Navego hoy en el abismo de saberte droga de mi mediodía, cuando nos quitamos a cuchilladas el pellejo y dejamos que entre toda la mar para no tener otra vez que hablar de los muros.

Me cuesta mucho esfuerzo descifrar el enunciado de tu cuerpo cuando lo insomne me hace armadura y alcohol de lo que se arranca de la tierra cuando te amo.
Me cuesta encajar las palabras en los hechos, los hechos en las probabilidades. Ya no tengo seriedad ni fe para hablar con gravedad de lo que amo o de lo que odio.

A veces me canso de que sea el viento y no yo, siempre el viento el que decida dónde posaré la huella.

Cayeron uno a uno los tributos y los armisticios.
Explotó el horizonte en la araña azul. Ella nocturna teje una oposición enamorada sobre un tiro sin objeto.
Ella reclama el sacrificio de todo cuando me nombró. Yo se lo ofrezco porque un instinto salvaje vela en mi muerte el canto de los carámbanos y de los corales.

No tendré nada en la mesa cuando llegues.  Un grito desesperado se mezcla con una pintura del gozo. Contrareestan su nacionalismo en una bala enamorada. Te doy a la vida lo que le quito a la racionalidad que queda entre los escombros.
Te amo desesperadamente, equívocamente. Mi corazón es la soledad de la rosa de jericó. Espío en tu cuerpo la arista. Lloro en tu cuerpo su compromiso roto. Sé que lo que nos separa es algo muy lejano que no tiene qué ver contigo.
Adentro la furia, la rompo en la amnesia del malecom. Sangro la ola esquiva que abrazó medusas cuando la noche te desamaba el rodar de las horas bajo el zapato de mugre. Y miento porque la verdad nunca se queda, no paga al camarero, no defiende el fluir de los años, no trae de vuelta ninguna razón que nos salve.
A veces quemo mis últimos cartuchos en el procrear de los pájaros que tu ausencia estaciona en la mía. Y es invierno. He olvidado del valle la campana que germinaba en una playa que rompía el eco. Y esos garbeos de champán se subieron a la esquela, te bajaron la ropa, desarreglaron todos los escombros y fracturas en su amor paranoide de un huerto.
Éramos dos desheredados cruzando el camino en la piel de un bodegón que quedó en la mesa de huya. Un cuchillo boca abajo frotaba acuarelas donde el que mira parpadea el resplandor de lo que ciega de saberse sumergido.

Te hago cómplice y botella de ginebra de la amargura de un anacoluto y de su carnaval. Mis contradicciones rodean tus piernas cuando estalla el dadá en el escenario en el que los dos somos asesinados. Ellas te mojan con una mano lo que su otra mano seca en la peremne duda. Ellas te fuerzan con su humedad a no hacer absolutamente nada con el Sol. Te saben parte de ellas y siempre lejanía. Eres tú ese tren que asoma entre el canto y la muerte. No tienes un asiento para mí. Ni la promesa de llegar al mar. Yo embriago la noche estrellada donde las vías abren mis venas. El ataque impersonal me provoca un extremo deseo de posesión utópica donde el gozo me lleve para siempre. Confundo los términos de la supervivencia del fuego. No tengo nada qué ofrecer ni qué llevarme.
Las menos cuarto de esa pared enjambrada en la forma en la que dueles la explosión de un camino. El girar de las manecillas al desaire del motin de tus llagas. No lo vuelvas a decir de aquella manera. Bombearán todavía extravagantes pérdidas el puerto de tu boca y no orillará un quédate que pueda convencernos. No seré testigo.
Quiero quedarte sin el objeto directo. Sino jamás saldremos del drama. Sino la risa no romperá el cielo. Sino una pesadez mezclará en los dedos la codicia de la tijera y del grito. Antes lo hicimos. Alguna vez no pudimos vivir sin hacerlo.
Usa el ladrido cuando las floristerías sacudan el agujero de las ciudades al canto de una moneda que no pagó nada. De las otras tierras en barbecho sudaron epístolas la ausencia de un mano agarrando del precipicio el pronombre que pudiera. Y no llegamos a ningún sitio. Desclavículate ya la obsesión del drama. Nacimos actores de su llanto, chivos expiatorios de su desbancada. Y no vendrá nunca de vuelta una razón que pague lo invertido.


A él le hablo con rosas mugrientas la guillotina que nos separa. Me hago la triste paloma del escorbuto porque tengo hambre y mis alas cruzaron ríos de cristal cuando ningún espejo dibujaba el piar de la noche. El poema lo sabía y se disfrazó de un arrogante y ciego suicida. Porque eran tan bellas las procesionarias entre la nieve. Porque era tan punzante el vino del delirio. Porque yo era viuda.
Me sirvió un cualquiera que se sirviera de mi nada para empezar la fiesta.
Me antojé de la piromanía cuando a la medianoche seguíamos vivos y enteros de no decir al fin las palabras que lo acabarían.  Yo no pretendía nada. Hace ya mucho que perdí esa probabilidad. La flor hervida expuso el arrebato de algo incomprensible. Yo seguí, porque siempre me avalancho sin conservar la sombra ni la palabra. No hagas remordimiento del lugar donde bailaron los animales. No hagas teorema del hueso escupido por el culo del cielo.
Tengo un sentimiento muy abstracto y extraño respecto a Yoseba. Una especie de rechazo, de bandada de cuervos en el hambre de los descampados, de caida sin frenos. No sé si viene de mí o de él. Es algo que me usurpa lo vital entre los dos. Que oscurece mi deseo. Es algo que no tiene lenguaje. Aparece en mí a veces como un rayo. No conozco su profundidad, pero es ese tipo de sentires de conciencia extralimitada lo que se clavan como un fruto oscuro en la rebelación del camino, son los que persiguen, los que abren la pared de un lugar donde no se ha puesto la luz ni la palabra y ansian expulsarse en un verbo.
He tenido un sueño de que una ola nos sumergía a mí y a Kavka y casi nos ahogamos, yo le miraba para que me ayudara y él me miraba ansioso allí debajo, luego creo que llegamos a la orilla.
Me he despertado bajo un deseo de transformación. Volver a alimentar la parte racional. He sentido que a veces me estoy estupidizando, que he perdido muchos intereses e incentivos a la hora de escribir por ejemplo. Ya no trabajo tanto como antes la eclosión de la palabra. Mi mente a veces vuela en el abajo. También noto últimamente que tengo una relación más dramática con la naturaleza. Indigente respecto a todo lo que me rodea. Debo alimentar al espíritu otra vez con libros y nuevos aires. Aquél lugar del éter sólo es poesía. Así que darle a la poesía lo suyo y desvincularlo de lo que viene con pretensiones en medio de la nada.
Me he perdido en los gozos mundanos. Y seguro que lo volveré a hacer, pero al menos mantener el control en la búsqueda de la rebeldía y de la belleza. Antes, había un fuego de un tipo de verbo trascendente, algo que buscaba lo universal, la transliteración en una construcción ajena a la historia, algo que se involucraba políticamente, algo que creía que la voz salía de mis paredes y rompía ahí afuera la mugre de lo callado. Sé que ahora doy vueltas de humo en mi propio laberinto, sé que ese laberinto siempre estuvo aquí, pero la diferencia es lo que hace la voz acá, lo que hace el paso. 
Hay alguna problemática jodida hoy en mi vida. Tengo pesadillas. Atravieso una diatriba. Parece que a veces todo va a estallar y a despedazarse. Mis pasiones emergen en grietas lo que ya no nombro en los tilos. Me he hecho desapegada y cínica, pretendiendo todo lo contrario. Debo elevar el lenguaje. Debo sumergirme más para hacerlo en su encuentro de azada y aire. Ésta no es la voz, ésta sólo es la sombra, el impulso teórico, la formulación. Si sigo mucho por aquí me encontraré cenizas. Tengo intereses opuestos. Sentimientos que se desencuentran cuando los cactus se acuclillan y la luna nos abandona. Oposiciones que francotiran la homogoneidad del gemido. Vesículas de nieve que codician del hueco esas brasas que te llevas a la boca desde mi ausencia. Algo está jodido. El síntoma es mi ansiedad agarrando esa botella, mirando tu silueta doblar la esquina, gritando en los pinares la soledad que vuelve, la palabra que no pudo quedarse. Es mi manera de quemar a lo bonzo mi poesía en su cuerpo, brindando por el infierno y porque nos devoren las llamas. Mi síntoma es esa forma de desangrar el placer entre ruinas que no quieren conservar su memoria. Es también lo que ya no hago respecto a la gente que quiero. Aquello que amaba y ya no digo en voz alta. Es mi jodido desapego al mundo real, mi manera de huir, de que nada me toque, mi desvinculación con la materia y con mis sentires. La forma vagabunda con la que escribo. Mi histeria del crepúsculo. Ese temor que a veces me dialoga en la noche con la serpiente boca arriba al quejido de las rocas.
Todo eso ha de hallar la fuente en la hoguera. La creación y el acto. Un deseo más allá. Algo que una la irracionalidad salvaje en la llamarada de algo político.
He ido al monte un rato, he sentido otra vez el horizonte abierto y no dando vueltas alrededor de una navaja. Aunque siento una especie de peligro rodeándome. Una agitación que se tensa en un anacoluto, en una pasión desbordada, en el soltar del pie sobre la tierra. Todo lo que me rodea está colgado de un hilo, aunque entre los chopos y la nieve volví a sentir un lugar seguro, un flujo de continuidad impersonal y abstracta. Es eso lo que verdaderamente calma mi grito, algo que no tiene qué ver con mi lenguaje ni con mi historia, algo que en lo inefable toca una canción de amor y yo no necesito estar ni ser para defenderla. Permanece como un chasquido en el destornar de los árboles y sube su susurro donde el invierno cae y avalancha la desnudez de carbón de los troncos. Ese sentimiento de calma, es muy fugaz en mi existencia. Por eso lo necesito tanto. Es el revés de un acto de fe, porque no viene de mí, yo no tengo qué hacer nada, sólo abrir los ojos y mojarme de tierra.

Mis instintos a veces me reclaman un acto de fuego, una catarsis, una culminación de no sé qué, una entrega a lo desconocido, a la exuberancia junto a los humanos, en la calle hirviendo. Y en su otro lado, algo me reclama en el canto del silencio, bajo el regazo de lo distante, en lo introspectivo. Estos dos centros juegan con mi introversión y mi extroversión, dándome ideas opuestas de la felicidad y de la plenitud. Eso me genera una obra dramática en el medio. Un continuo remache de pólvora, un carro que carga los puntos cardinales en un látigo. De alguna forma siempre albergo una pérdida, un reencuentro vertical con la nostalgia. Un yo hambriento. Y el hambre se vuelve el motor del camino. La insatisfacción es el cuerpo, es la manera de tomar impulso y de dejar la huella. Por eso nunca toco lo que me toca ni lo que toco. Por eso no soy capaz a sentir la integración de las criaturas de mi psique. Cuando el tiempo juega su zarpa, cuando la conciencia se piensa a sí misma para ser consciente, un cable se corta del espantapájaros y vuelven a llover maderas quemadas en el patíbulo.
Quiero empezar a hacer baile en la casa. 
Vuelvo a sentir esa voz de la caverna y el bosque. Vuelvo a sentir ese conocimiento del calambre, cerca de las zarpas de un sueño. La soledad templa esas ventanas del glaciar y de la hoguera. He tenido muchas emociones que explotaron en un arrebato. He sentido ciertas sinestesias que fueron isla y fueron cañón. He callado muchas cosas. 
A veces tardo un tiempo en ser consciente de lo que me provoca la conciencia, tardo en hablar de lo que me habla. Espero la nostalgia de los chopos. Espero el puño americano del monte. Espero sangrar más profundo, bajar más escaleras para que el fruto mueva el pomo de la puerta, para que me obligue a la onomatopeya que luego trae el papel.

Con Yoseba he inoculado por mis venas una extraña fotosíntesis y crímen y fiesta. He caminado ciertas tormentas que nos precipitan a lo desconocido, algo huérfano, algo demasiado mundano y paria como para que el Sol vaya a coser la palabra que lo une.

Ando en tierras verticales. Aunque al menos hoy vuelvo a abrir su mapa en la mesa. No están todas las hojas y hay manchas de sangre y quemaduras que no me dejan ver del todo. Pero al menos, la mariposa empieza a moverse. La mar resuena. El crepúsculo un día volverá al canto de los tordos. Yo abrí puertas peligrosas y quise todo lo que había detrás. Hoy su leyenda me devuelve el celo de su precipicio. La metonimia se rie en mi cara. Juega. Hace relebos con la polilla. Yo la comprendo a veces a través del dolor, de lo que arranca, en el juego de lo verídico en la materia negativa, lo que construye en esa costilla de polvo, el tercer ojo del libar. No puedo controlar el camino. El camino no me pertenece. Me he metido en muchos líos por creerme dios. Hoy sé que el camino no se puede controlar. La mariposa es fractálica. La mariposa es mutante. Lo que se sabe a un lado, se des-sabe al otro, el quebranto de la pérdida provoca un volante allí. Pero no son dos lados respecto a su centro. Son muchos más lados, porque el centro es también mutante. Yo tengo los arquetipos. Y a veces tengo el verbo. A veces no tengo nada. Todo va sobre el fulgor.
He ido a comprar verduras. Voy a dejar otra vez la carne. Creo que la carne me pone violenta, me conecta con mi neandertal, me pone agresivo a Marte. Una lejana canción primitiva me hace sentir deliciosa la sangre. Cuando estaba en ese viaje del éter, una vez comiendo no sé qué con Yoseba, tuve un raro viaje medio alucinatorio, tuve la visión de estar comiendo carne cruda y lamiendo el hueso, al sonido de unos tambores, tuve la sensación de que él y yo éramos dos bestias celebrando una cena de chacales. Cuando ataqué a los del pueblo yo iba en busca de carne a la tienda, aunque nunca llegué porque ese hambre salió en estampida en la pelea de la plaza.  En mi viaje del éter yo tenía una especie de conversación-leyenda-energética con mi instinto. Y la carne era un símbolo con cien bibliotecas. Hacía extraños ritos espontáneos con el apetito de los lobos. A lo mejor estaba tres días sin comer nada... o días a fruta, y sentía que mi camino por el abismo iba a llegar a un punto de eclosión y hacía una fiesta con alcohol y carne, a veces incluso la comí cruda. También compraba carne para los gatos del patio y mi perro y se la daba cruda, porque sentía que ellos eran las criaturas que velaban mi selva y sentía que en el mundo del ensueño esa carne permanecería.

Empecé a comer carne con Yoseba. Yo había sido casi vegana durante unos 8 meses. Con Yoseba la metamorfosis del silencio que yo venía uniendo a los bosques, se hizo un ritual de Babilonia. Yo en el mes de Julio estaba en una especie de cumbre de naturaleza y mística, de renuncia de todo deseo material e instintivo hacia un canto de chopos y de dioses pielesrroja de la ausencia. Con Yoseba se despertó como un huracán otros lugares de mi naturaleza a través del sexo y sus afluentes afectivos. Mi instinto de pelear, mi instinto salvaje.

Ahora creo que todavía tengo ese instinto como una extraña y peligrosa nave en mi interior. También mis últimos ensueños han estado en ese tipo de comandos. La conciencia del mundo de las sombras y su antorcha enfrentada al ideal, entre el futuro y el primer grito. Mi sentimiento de inocencia y mi sentimiento de animalidad.

Mi búsqueda del amor con Yoseba. Y mi sabotaje y canibalismo hacia ese amor. La lujuria frente al sexo chamánico y frente al sexo romántico. Y en el fondo de la lujuria la huesera. Su nana del rayo. Su útero engendrador de la llamarada y el conocimiento que se obtiene en las periferias del yo, en el inframundo de la conciencia donde el cuerpo sabe lo que la palabra nunca se atrevería a decir.
He escrito en mi cuaderno sobre algunas pasiones y desvelos que había censurado en la escritura. Eso me mantuvo ayer en un estado de tensión y represión del alma. Algo que me había sido muy intenso en la travesía del arrojo. De la valentía sobre lo inconcluso e inefable. Y que después se amotinó de nuevo en mi Franquestein, en mi necesidad de la evasiva de la tierra seca y lo que se marcha. En mis dudas del hombre de hojalata y su maraña de ceniza donde nunca ha dado la luz del sol.  En la bala que viene hacia mi cabeza y su huerto de raíces subterráneas y canciones tristes.

Como soy impulsiva decido mis movimientos en la música. La música es abstracta. El camino se hace sanguíneo, irresponsable, no tiene conciencia de otras perspectivas ni preguntas, bajo ese arrebato, el arrebato se hace el camino y todo lo otro es inestable, no tiene enunciados acabados. Yo siempre he elegido esa forma de andar para tocar mis sueños y descubrirme, primero me tiro, luego el cubismo trae otras piezas y palpo la atmósfera. A veces provoco violencia y el fuera de contexto. Pero yo no lo sé evitar o no lo quiero evitar, porque es la única forma que conozco para ser fiel a mi naturaleza y a lo libre, a la sangre que corre por mis venas, a mi corazón.

Comprendí al escribir en mi cuaderno, las formas con las que trampeo las palabras cuando premeditamente quiero evitar el objeto directo. En mi pasado escribí siempre evitando el objeto directo, lo evito cuando me llega como un precipicio, cuando temo algo, cuando una contradicción me rasga la yugular, cuando no quiero desnudarme. Comprendí también que en esos estados de tensión, mi conciencia a veces se tara de luchas antinacionalistas entre las criaturas de mi psique. Le doy valor a una X. que no lo tiene en sí, para que fluya la materia incandescente de los otros yoes. Esa X. se hace mi chivo expiatorio, mi teatro. Entonces suelo albergar metáforas crueles y extremas, porque estoy provocándome literatura y porque mi corazón no nombra a los chopos y a la verdad. Ese fuera de campo se hace parte de mi conciencia, yo hago lo mismo a mi conciencia que mi escritura hace, yo le robo lo mismo a mi memoria que ella. Y entonces acabo durmiendo en sitios muy extraños. Con la golondrina de la amnesia drogándose retorcida en manchas expresionistas.
Llego ahora al pueblo. Se ha derretido mucha nieve, aunque todavía el paisaje blanco entre pata y pata de raposa incendiando el verde, ese verde hullanado del invierno, como aquél beso de nuestra ausencia. Hoy he estado agitada... como que algo en mí no hallaba el eco del encuentro con la atmósfera ni con el borde del alarido. Una anti-sintonía, un enjambre, una lágrima de gasolina en mi entraña. Ahora busco en el espacio, ese lugar que haga de guarida. A veces la guarida se convierte en la música de un cuchillo, de un movimiento incontrolable, algo contra la quietud, contra la inmovilidad de dos enunciados que pelean tapándose el paso.
La casa estaba más limpia de lo que recordaba. Aquellos días con él íbamos arrancando los ladrillos, aguantando la chimenea con el mobiliario y sus agujeros de topo, ese existencialismo inyectado entre cartones y nubes como el espejo lisérgico de una danza de bestias.

He acumulado algo de estrés en la urbe. La convivencia. Esa pintura cinematográfica de un naufragio, de la angustia trepando el instinto de supervivencia en una flor que hierve su espina y su semilla cuando el libar viene desde lo extraño.

Ahora se galopan metáforas que no pude abrazar durante mucho rato. A veces el amor y la pérdida, estiran los huesos de madera de ese cantaor de las estrellas que rema en el Lete. Se desfigura la armonía en el asalto de lo que ebulle sobre tu ternura el desalojo de mi espanto. Y me siento-precipicio del racimo y del árbol. Con una música desencontrada donde clama la vida su cuerpo.
Quiero en la soledad del pueblo, mutar la semántica del pozo. Sé que cuando llegue allí, habrá una vuelta de campana en las nociones, un cambio de conciencia, de relación con la ausencia, una llegada a otro yo. Un incendio. Siempre tardo un rato en acostumbrarme. Se despierta otro sótano y otro cielo. Una especie de nostalgia y de alegría que se mezclan en los pinchos de los cardos. Me llega otro aullido, una pérdida y una ganancia. La soledad se sienta en mis piernas. Empezamos a ensayar la canción y los desacordes a veces hacen sangrar la escayola. Tardo un tiempo, a veces me agarra el vacío y la palabra baja por las escaleras a un lugar aislado y lúgubre. Se entonan metáforas complicadas, lugares donde la voz no sabe salir a la superficie y tiene que sumergirse hasta obligar al escenario a escupir el esqueleto.

La casa necesita que la limpie y la ordene. Me fui dejando muchos restos de champán y lujuria por los suelos y paredes. Con Yoseba habíamos entrado en el caos flotante del hedonismo, en la resaca reparándose con una nueva resaca con más salitre y olas. El grito del hueco del amor, sanándose con una brecha más profunda sobre el corazón del espantapájaros. El materialismo de la huya y el vino, compensando el alarido de lo etéreo. Con él todo es extremo. Todo multiplica la ronda. Yo empiezo a desenfrenar mi noción de la existencia.

Ahora volveré a la casa que se quedó pegada a su sudor. Y tendré que volver a levantar la de Alicia. Quiero mutar la escena. Hacer collage en mis cerraduras y en mis puertas. Reconquistar el lugar del rayo.
Hoy regreso al pueblo. Al final es ese sitio al que vuelvo cuando busco la intemperie, el soplo de los chopos, la intimidad del agua, del fuego, del olvido. Cuando quiero liberar mi naturaleza, mi hechura, mi soliloquio. Cuando no hay ningún otro sitio. Es mi isla, aunque sea abandonada y también absurda. Aunque a veces cuelgue de un precipicio y me empuje al exilio y me enrede en su telaraña y se imponga el ensueño y la enamorada lejanía.
Dentro de las pasiones de la que soy en soledad, en esas identidades introvertidas, hay un poso de lluvia de cuarzo, de lava de nube, de patas de garza, de urgencia y necesidad, en alejarme. Esos yoes introvertidos tienen su propia noción de la fiesta y de la belleza, de la realización, de la plenitud. Y aunque se vuelvan un agujero paralítico en mi pecho cuando trato de amar y de compartir y me dejen un poso depresivo y nostálgico, son también mi médula, mi respiración. Son los tiovivos y claveles de Alicia, aunque en algún otro lado de la plaza sean un réquiem.
Yo me meto en el fuera de campo que la cola de un piano roto en una playa ruge cuando las olas no recuerdan a nadie. Allí asocio en la ideación abstracta, un hogar, un vehículo, un corazón que se enjambra de la posición metafórica de un nudo y un suspiro. Desde allí amo en la perspectiva disociada bajo la brecha del tiempo, todo lo que amo. Y la soledad de Alicia equilibra mi neurosis sobre el objeto, a través de su renuncia. Desde allí, entro en los dibujos animados, aunque a veces sean tenebrosos y eso me da un motivo para seguir dibujando vides y ventanas en el quebranto de la tierra. Desde allí puedo restaurar el cuerpo de mi sueño. Aunque esa armonía y paz provoca siempre una guerra con el exterior social. Yo me dedico a coser y descoser mi vida, a quemarla y reeconstruirla constantemente, porque el eje que la sostiene es una antagonia.
Ya me quiero ir a la montaña. Necesito la naturaleza, el tiempo de aquella casa, aquí me mugro, me siento encerrada, muy absurda. No sé lo qué hacer. Siento ansiedad, se me cae la noción de lo vivo. Me siento un espectro.
Soñé que dormía con Yoseba y me despertaba y él no estaba allí y entonces me daba cuenta que era un sueño y al despertar en otro sueño algo mágico ocurrió pero no lo recuerdo del todo.
Quiero volver a hacerme vegetariana. A subir lejos en el monte. A tomar la acción, aunque el acto se quede derivado al universo abstracto y natural. Despejar la escritura en el movimiento de la mata y la zarzamora. Trabajar otro tipo de creación también en el poema, en la casa y en cotidiano. Pero necesito la pulcritud de lo vaciado y de lo ausente.
En la urbe hay mucho ruido. Yo soy muy lunática y se me pegan los estados de ánimo de mi familia y sus modos de percebir y tratar la realidad, eso me genera una sensación mortal de lo existente, una continuidad en el tiempo oscura, acabada, sin sangre, sin aullido, sin fiesta. También vive en mí un yo depresivo, que contempla el mundo en una baraja de arañas y polvo, no hace nada, sólo lo mira pasar y cruje una canción de muerte, aguarda en su inframundo, un verso y se deja resbalar con ese hedonismo al revés y malentendido la extrañeza y la lejanía.
Mirar por la ventana esos edificios me genera una nostalgia histriónica y ácida, me genera suciedad, violencia, la náusea. Yo necesito mirar árboles y hierba. Hoy todo me grita porque vuelva a mi caverna a jugar con los jabalíes. Ya ha sido demasiado en medio de ninguna parte.
Busco con él el surrealismo quitándonos del medio. Pero él me toma por una incoherente, por una tarada, cuando le hablo así, cree que he bebido, que me dé una vuelta, que me dé el aire, que duerma un rato. Y no sabe, que yo lo que fiebro es el ansia de la vida. Algo que jamás nos nombre por nuestro nombre, algo que jamás adivine dónde está la puerta, ni en qué esquina cabalgaremos sobre la muerte. 
Él me deprime cuando busco un avión subterráneo quitándonos de encima el olor a muerto. Él vuelve a ser la nostalgia depredadora de lo que mi amor confunde con un cualquiera que pasaba por allí. Él vuelve a ser mi hachís con remordimiento. Mi espero que mañana hayas comido las setas, hoy me conformaré con carbón y ventanas de muertosvivientes esnifándose la afeitadora de un calendario lleno de sangre y de viejas con laca y a pistola, velorios pagados, amortiguación de la tercera salida, todo de frente, pero ácabate ésta antes.

Él me baja la líbido cuando mis cuatro caballos han pagado la ronda. Me habla, tictactictac de lo que continuará. Y blabla el cartero nunca trae cartas-bomba. Y blablabla nadie hizo un buen trato con el camello. Y blablabla es previsible que una vez afuera ese gemido, la luna nos hará alcohólicos hambrientos y tú no querrás mancharte las manos ni saltar al vacío. ¿qué coño defiendes en ese ahínco de lo que regresará? ¿qué coño te hizo comprar esos muebles e invertir en barniz y grapar los descosidos? ¿qué coño te hizo pensar que a la muerte se la engaña con alcantarillas? ¿por qué crees que el alquiler que pagas es el seguro contra incendios? ¿por qué no quisiste volarte la tapa de los sesos aquella noche donde éramos inmortales?
A veces con él quiero provocar un anacoluto que me arranque de la inercia de esa canción que suena cuando ha eyaculado. Esa canción de margaritas suicidas y hastío de plomo. Cuando él eyacula, se muere en pedazos mi amor. A veces le acaricio para disimular mi macabro sentimiento. Pero ahí dentro, cuando él eyacula, las liendres lo devoran desde la mar que no pudo devorarnos. Y por mis paredes trepan los alaridos de la noche y me susurran, vístete y corre mucho más rápido que el diablo. Cuando su semen tiñe mi piel, mis libros lo ahorcan, lo desahuacian, lo culpan de la miseria de ser hombre. De la miseria de que no hubiera valido la vida. Cuando en su rostro el orgasmo explota, mi zorra se va al monte, escribo teja y puñal, al pájaro que nos ha oido y emigro todas mis vidas hacia la soledad de la luna.
Cuando él se corre, se corren los batiscafos donde no queda ni un superviviente.
Ella nunca llega desde el cuerpo de un hombre. Ella nunca se cansa antes. Ella es una puta ama de casa recogiendo los escombros mientras tararea una puta canción de Ana Karenina. Ella es una ninfómana de Marte. Ella necesita algo tan explosivo que nunca más regrese a la tierra. Ella sabe que lo que pide no podrás jamás dármelo, por eso te hace una felación con la amapola blanca y el ciprés, te sube la moral porque necesita otra ronda, porque tú no sabes hablar con los huevos de la serpiente. Porque tú no puedes darle jamás ni paz ni abrigo. Porque tu acabas mil planetas antes de lo que ella necesitaría para abrir la penúltima.
Ya me estoy agobiando de la urbe. Se me acremalleran palabras subterráneas. Espirales de humo. Ese grito entre dos direcciones tomando el jodido atajo de lo que acaba y no llorará tu península en la botella.
Necesito romper la rutina. Sobretodo la de ese oso hormiguero entre tu champán y la muerte. Ya no quiero que sepas por dónde voy. Me hiere la sobriedad. Me hiere la actuación de mañana también saldrá el sol y nadie quemará el ayuntamiento. Me joden mis manos vacías moviendo tus persianas, la despensa del olvido, la lágrima de plata. No me gusta que no vueles la tapadera de mi corazón ni de la literatura. No me gusta cuando al eco de lo que no hay en el cajón de tu mesita yo también tomo asiento en la puta funeraria y vamos absurdos sin que nadie explote. Necesito el peligro. Por eso tampoco quiero volver al pueblo, allí me encontraré la excusa de la ceniza amasando pianos y arañas donde ningún ser vivo tenga nada qué decir.  No quiero llegar y encontrar esas fotos en blanco y negro en perfecto estado. No quiero que una misa sobre los muertos nos eche encima su enfermedad. No quiero oirte decir lo bueno que era cuándo vivía, qué bien iba el corredor y el hacha, cuando sus estúpidos ojos tragaban en balde Babel y tu calendario. Que nos lleve la rechingada que nos está llevando. Que alguien detenga la música, que alguien eche dinamita en la alcantarilla y floten los edificios el quebranto del suelo que es el mismo del hueso que espía un cielo que se aleja.  Si ya no es tiempo para el amor, quema esos cuernos de luna y aplasta lo poco que queda. Si ya no es tiempo para el comunismo, aprieta el gatillo. Si ya no lo es para la poesía, trae el caballo y la goma, propágame el veneno..
De veras que no quiero tener el equilibrio cuando ocurra. No quiero la cordura, ni la sobriedad, ni la puta paciencia del reptil que agoniza. 
Me jode ver cómo caminan a la muerte siempre por el mismo pasillo, a las 3 el plato y los cubiertos. A las 4.30 quince minutos en el retrete, el gas baila un vals de cadáver. Y un poco después alguien pone la lavadora. Todo está podrido pero huele a rosas. Todos estamos muriendo y nadie toca la serenata de la muerte con la suficiente intensidad para que nos lleven los diablos la premisa del fuego.
Tampoco quisiera escribir esto, ni beber cinco cervezas para retorcer tu rostro de la ruleta rusa del cubismo que tragó tu carnicería.
Me jode que seas previsible para lo que supo mi vagina de tu jodido suicida. Ya no es tiempo para la utopía, las ratas inflaman la inflación, hay que contrarestar el s.XXI, amputando a la civilización de su historia. Volverá el neandertal a traer el canibalismo y lloverán estrellas de los agujeros. A lo lejos una manada de lobos con cabelleras atadas a plumas de pavo real reinarán lo que soportará el nuevo duelo de la fe.
Contigo en el sexo, somos doscientas. 
Alicia detiene lo que esa cuchilla depreda de la noche. La mugre en flor, la despiada donde la blancura carga el ejército de la rana, en la herida del tejo. Bate. Chupa el desacorde, engendra su pólvora y su rendición. Y multiplica. Siempre en el lado de la existencia al que no quisieras ir nunca y mucho menos con tu historia.
En tu cama el perro negro de mis sueños se acuesta contigo y conmigo. Es él el que clava en tu espalda la puerta de salida cuando me empujas al paraiso como una navaja. Ladra en el vapor que dejamos en el cristal, la nana de Comala. Y engancha la mandrágora como un doble o nada en el jugo que me dejas donde las sirenas salen de la mar y beben el kalasnikov que el pulso perdió en medio de la nada.
Por eso, ella siempre tiene flores para ti. Por eso ella se soborna de drogas en el abismo. Y nunca tiene suficiente.
Por eso ella nunca dice en voz alta el fruto embriagador de su infra. Y manipula en la espontaneidad de una cascada el fondo oscuro de su alma como si dios estuviera a punto de caer desangrado.
Entre esos dos enunciados tu colchón me daba mala ginebra y el peligro.
Yo era sólo suciedad.
La suciedad de haber defraudado a todo lo que me tocó.
Me gustaba extralimitar mi deseo en tu deseo, para obligar a mi muerte a escribir un poema, para joder a mi familia, a mi huerto, a lo que alguna vez el futuro ató en la arena.
Me gustaba darte a mi zorra secuestrada en la mala calle que perseguía tu insomnio. Como la enfermedad original. Como el desacato. Baile de cloaca en la cresta del crepúsculo.
Pero no permitiría que lo supieras.
Entre los naipes de amapola y tiovivo, conocía el fruto de la mierda. Me daba esquejes porque floreció donde nadie quedaba vivo. Porque el canto de las aceras planchaba en el cadáver del ciervo el motín de mi esperanza.
Porque nadie lo preguntaría jamás. Y su certeza envuelta al opio relincharía contra todas las tierras mi primer grito.

Amé dándote lo más oscuro en secreto. Porque mis labios de papel habían fumado los libros en el vértigo de la inexistencia.

Me gustaba sentir tu jadeo en el fondo del cuchillo y mojar en mi abismo a todas las bestias.
Como un cactus volcánico heredaba el placer donde la civilización era inmolada al pus de saberse.

El estertor de mi raposa volaba con plomo el quejido de la soledad.

La noche me daba sus gajos a la boca.

Tus labios eran la coartada de la huesera. Tu sexo era el espía de mi espía acorralado.

Y donde la luz no filtraba el derribo de la materia en el vuelo de un crimen. Mi gemido articulaba la suspensión cósmica de un exabrupto.

Fui fiel a la suciedad, belicosa y amante de cada uno de sus cantos. Porque detrás, donde el esqueleto robaba la música, sólo ella podría llevar la bala que liberara el infinito. Porque sólo ella, cagaría los siglos de humanidad en un bote con gasolina. Porque sólo ella conoce mi verdadero nombre.
Queríamos salir sin nada de allí.
Con los casquetes en un relincho abandonado.
Con el vestido en esa goma de borrar de la migraña en el burdel, entre la vejiga del templo, apostrofando tu dedo en la llaga.
Con el hambre como el aperitivo de la urraca de acuarela que rompió ese edificio cuando un barco naufragaba, del lienzo le crecían zarpas al pintor que sujetaba el muro.
Quería irme sin el compás de la alcantarilla que amortiguó el otro lado de mi voz sujeta sobre tus hombros como un feto que no conocerá el aire.

Pero de allí nunca se vuelve a pachas con el olvido, ni con la indigencia.

Un cartucho cargaba lo que la bofetada acometió en el papel quemado. Y retroalimentaba del motivo de tu puño, ese guante de látex aprisionándote las líneas de tu mano donde las estatuas enjuagaban el ojo de cristal que sustituía mi pupila en tu asesinato.

No fue culpa de nadie. Era la palabra lejana de las palabras que absurdas engalaban el duelo y el carnaval. Era su estaño, su diéresis al ahogado del Sena, su celo y su rabia, su romanticismo de las menos cuarto cuando en tu casa los muertos abren la nevera.

Cuánto más intenté quitarlo todo de mí. Más penetrante el carámbano solidificó el gas de la sombra de esa piedra chasqueando nuestra existencia en el agujero de gusano por el que salíamos para tomar el oxígeno.

Y su fuera de campo era en realidad la gota insolubre de sangre que daba a mi hambre los motivos de buscarte más allá de todo.
Y su deterioro utópico de los que ya no buscan, era mi piano retorcido en el doblar de las campanas de tu inmóvil silueta siempre en medio de la muerte y de la vida. Obligándome a empujar y a perder.

No supe cómo explicarte. No supe qué hacer con el reflejo de esa inyección de antipsicóticos en la albura del alba. Agité. Escupí. Me peleé con lo que me tomaba en la retrocarga, en el exceso. Y detrás donde no supe tu nombre pataleé la belleza del fuego.

Hubiera deseado llegar verdaderamente desnuda y pobre.
No me dejó el espectro de aquél pasillo merodeándote el cuello en las rosas.
No me dejó la música. No quiso el olvido. Tú eras demasiado cercano a lo único cercano cuando todo rompe. Yo era el pomo de una puerta que menstruaba el tejo del patio.
En el sanatorio los vasos de cristal rodaban limoneros al espejo negro de tu ídolo degollado.
Tragué el precipicio de lo que supo mi carne. Me esponjeé del tictac del capitán y su suicidio. La mar era un botón en las minas del sapo, y lo corrí en tu desnudez, apretando el gatillo de mi esperanza.
Acumulé el vómito verde de la calle de los desheredados. Para que no te doliera, devoré dentro, los mejores años que te dio mi fiebre y tiré piedras en las piedras hasta que ellas callaron la víscera que atada a tu cama reclamaba en los violines la enfermedad originaria.
A nadie le agradan los enfermos.
Yo lo era por la indisposición gramática de un ataúd y el recodo de la guillotina en plaza dignificando lo que perdieron tantas manos en el viento. Las mías en tu piel eran campanas doblando lo que la tijera unió en el vértigo de una comunión, cuando uno de los dos debía estar muerto para que la puerta siguiera cerrada.
Abandonar la casa. Sobre el predicado de esa epístola robada. Sobre el precipicio de la glándula soporífera del rosario de tu madre. Al acueducto de los jabones caducados. De la merchería de tu mimo. De mi aquí abandonado. Estrellado en el renglón cafeínico de una lluvia sin alcantarilla.
Busqué el vapor, el pellejo abandonado en la silla del suicida contando los caramelos de menta al tango vertical de tu ataque de tos del mío, mío, de mi centro empieza donde ha sido suicidada la humanidad, estertores de humo que festejan la bala curva que se atraganta donde sostienes el habla, la digestión, el terror de llevarte contigo.
Busque el exterminio de la que en mí pregunta, desea, comprende y acumula. A través de tu sexo. De tu ausencia. De mi sombrero de paja meando en la acera el soliloquio del cangrejo. Y fue inútil, todos los testigos que alguna vez tuvo la cuchilla removieron mi salón de baile y obligaron a la memoria y al latido. Oficiados por la rechinganda del mundo, echaron pólen al tabaco, zapato roto al pie recto, curvilínea a ese ataque de celos y vídrios cuando el sol redondo sólo echaba afuera sombras de dedo índice culpándote de cada ácaro de polvo que engendró el amor.
El patíbulo estaba hecho una mierda. La caduca esperanza trajo todos esos aplausos sobre el llanto del payaso en las estatuas. No pude defender la continuidad de tu respiración entre mis tetas. Ni ese calzar de ginebra en la esquela invicta que te invitaba a confesar.
Y ahí afuera rompió la voz el libar de los insectos que hoy me intoxican para seguir nombrando lo que en mí nombra. Nunca podré borrar de las rocas el embrujo de tu sangre.
Camino.  La espina de aire, protege a la flor, detrás de un espejo de manos. Los nombres no llegan hasta aquí. La llamada es un anacoluto que celebra la destrucción del pasado, los teoremas, lo empírico, lo que sangró el amor, la guerra, el abrigo. La inquietud y la vehemencia viene entre las zarpas de esa muerte. Ella jura con éxtasis que derribará la casa, el vestido, que quemará todo. Dice, que no volverá el yo a buscarse a sí mismo, que no volverá la mano a estirarse en la moldura de su cavidad, ni al hueco de la lágrima de Carmen rodando por el estacionamiento. Ella trae la utopía. Destazará todas las máscaras. Los escenarios dentro del humo enverdezarán el alba. Y nadie sabrá de nadie, ni ninguna moneda guiará el velorio.
Es su extraño amor el que me enseñó a andar.
Nací con la conciencia de tener un monstruo dentro. El mundo afuera apestaba al aullido de su presidio. El mundo afuera babeaba metales enfermos en la pestaña de nube del fervor de su batalla, robando el duelo como se asedia el asiento vacío de un réquiem amenazando la espada y la pared donde la mueca ha olvidado devolverte un suspiro de vida.
Ese amor destructivo que empujaba a lo extraordinario fue el único amor para regresar de aquella noche perra, abrir la puerta y poder besar tu frente sin acuchillarte del estropajo de alambre que ofrecieron los palcos cuando no valía nada un corazón.
Ese amor es la única senda para entrar en tu cama y no acumular los sepelios del tiempo, ni homenajearte los moratones y las autopsias de un canto cuando ebria de armadillos creo que por una vez podré quedarme.
Es el único camino para que el otro lado del camino no traiga las navajas de ese son insobornable que a cuatro patas en la sombra nombrará el infierno cuando tus ojos hambrientos chupen de la luz el hueco que te enjambra.
Busco las palabras. Todavía estoy en un proceso subconsciente. A veces soy impulsiva a través de la construcción de un tipo de lenguaje gaseante en mi interior. Me dejo llevar por lo que me arranca las nociones. No hay ninguna certeza. Eso me lleva a una sensación de éxtasis, de poesía, allí vuelve a correr el crepúsculo por mis venas. Lo otro no importa, es una canción.  Por eso muchas veces me metí en líos. En instantes ebrios me acarició una tonada y ninguna tierra sostuvo su regreso.
Todo es muy raro últimamente. En mi casa interior no hay reciprocridad de la arquitectura. Yo no debo preocuparme.... todo sigue más allá de lo que yo comprenda. Nada de lo que diga o no diga, contraerá el fuego que sacude el verso despiadado del horizonte.
Soy mi laberinto, su arena desintegrando sus paredes cuando la vuelta de tuerca es tinto, es cuervo, es lo que no somos ninguno de los dos.
Mi introversión y mi extroversión, vive en el mismo trago que reclamo de las estrellas. Me acaricia una mandrágora de cristal, embruja mis polos. Acomete el hueso descarnado donde un blues agarra otros diez años para vivir. Sus instantes son fugaces e infieles. Se pasan los relebos de la araña y el papel de lija, de la miel y la carne y el licor. Chupan de su grieta la alcoba de mi desvelo. Alicia sigue su camino bajo la tormenta oblicua de un amor y una amnesia, un golpe de piedra líquida, de beso de cloruro, de fiesta de cadáveres. Yo a veces subo las escaleras. A veces las bajo. Y no hace falta que me volteé para cambiar la dirección. El abajo y el arriba comienza en la esquina de la plata quemada que la paloma que no pasó por aquí amó sobre el cielo. La suspensión es carnívora. La gravedad depende también de la mandíbula que dentro del vaso repite los vocablos de una vida que nunca pagó sus fianzas.
Quiero nuevas aventuras, en otros cuerpos, bajo otras estrellas, al aullido de otro peligro, de otra forma de nombrar lo inimaginable, de romper la maquinaria, de bailar la muerte.
Estaba enamorada de la vida y cachonda. Y al hablar con Yos con ese ánimo de opio, se me bajó la líbido. Supe otra vez que hay ciertas energías que no fluyen con él, y sin embargo sí fluyen en otras tabernas. Comprendí que debo tirar otras paredes y embarcarme en otros mares.
El fuego no espera a que nadie lo comprenda, ni prepare su última copa. No atestigua lo que grita la palabra, no sostiene el equilibrio, jamás deja viva ninguna patria.
Si tuviera dinero iría unos días al mar con él. Alquilar una habitación en un pequeño pueblo costero. Dos o tres días. O un camping al lado de las olas. Pero éste mes ya se me acabó.  Sería más sano para nuestra historia, encuentros más cortos... pero cada menos tiempo. En nuevos aires. En el viaje. Bajo distintos techos y futuros inviables, amapolas que giran, pomos de la puerta que no preguntan por la lluvia ni los nombres. 

Algo en mí ya no quiere volver al pueblo. Aunque a veces ese es el único sitio que tengo al que huir. Pero allí me ata la caverna. El exilio. La quietud de un mundo viejo que ya sangró y coaguló donde yo no estaba y el canto no era su fiesta ni su fin.

Un nuevo amor me mojó las vocales donde los carros no miraban el doblar de las esquinas, donde el hueso no hacía tratos con la carne ni el tiempo. Un nuevo sentimiento de sinergia y viaje me enamora de la vida. Algo clandestino e insurrecto. Algo que no tiene nada qué ver con Yoseba. Algo mucho más profundo.
Yoseba me preguntó, ¿de quién era ésta habitación?. Yo le dije que hace muchos años dormían allí mis abuelos. Y me dijo que por la noche mientras yo dormía empezó a amarme y que una voz le dijo, eso no lo hagas y que paró que sino hubiera sido esa voz me hubiera dejado algo.. Le dije, sería tu subconsciente. Y dijo, no, era algo exterior y muy determinante.
Eso me excitó mucho. Me flotó en una sinestesia sanguínea y a la vez onírica. Algo que mezcló en mi lo sagrado y lo que arde. Esa habitación para mí es mágica y peligrosa. En ella tuve algunos ensueños donde yo estaba dormida allí y empezaba a voltear el mundo. La manera en que me lo contó me embriagó el deseo en la sensibilidad del peyote.
Estoy contenta. Hay una nueva luz que me roza. Algo que integra el sonido en el camino que cruje entre los dedos de la nada, en la profundidad de un junco partido donde la escarcha gime. Un reencuentro con un significado que no disecciona en mi interior la polaridad del verbo. Algo con salitre y vino tinto. Tal vez el principio de esa primavera que sueño. El fluir sin la cortina del teatro del desguace, retroayendo el clavel del aire. Sin la noche huesera del cuerpo del olvido. Sin el abandono inquisidor de la siguiente nota del camino que se marcha. Sin esa pared entre mi ojo y mi ojo, escavando una puerta donde ninguna llevamos la palabra. 
Una nueva ideación de la música ha besado en la calle la manera de soltar la furia y la cicatriz, de agarrar el paso de los búfalos. De fadar con la risa del monte el embrujo de los desheredados, libres en la grieta semántica de una ola.
Algo que acarició mi corazón como nunca había conocido. En la paganería de los nómadas.