HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

nos tiramos sin costado sujeto a la tierra
en los abrazos del juego y del trueno
desatamos clandestinos besos 
arranques de la luna en esas zarpas de la calle donde no estábamos vivos ni muertos
donde éramos como perros dementes volando sobre las ciudades destruidas....
tanto te quiero, que el sentimiento no habla, que mi yo y sus fantoches, no pueden cerrarte círculo vicioso

el otro lado te persigna coñac en mis vestidos
el otro lado te sube endorfinas donde mi alcohólica pide su piano
y me entrega
pero no es a ti
pero es muy adentro tuyo

pero no es matrimonio
pero no es sensato
pero no no nos dará nada

no es camino, no es techo, no es estación
y es sin embargo todas las estrellas enloquecidas de saberse
Ya te perdí.
Nos encamamos en la marea de la muerte. Nos masticamos, nos exprimimos, de través al ojo de dios y de los perros. Nos celebramos velorio en fiesta. Con el cuchillo y el placer, en la misma mesa. Nos atamos mariposas de la guerra a la metamorfosis de los que nada tendrán, ni el recuerdo.
Ya estamos del todo jodidos. Por eso nos pagamos tan bien, las noches estrelladas.
Por eso mezclamos el renglón del fracaso y del tequila, en ese colchón del rodar de los astros donde atroces nos matamos de placer.
Ya te perdí amor. Nosotros no nos haremos daño. No repetiremos la jodida historia. No sangraremos, porque nos unimos en la herida del cosmos y cabalgamos.
Nosotros no. No afaneremos la miseria. No maquillaremos a los muertos. No doleremos el nosotros. Porque nació del peyote y de la nada. Porque esto es una simbiosis en la camorra, entre mandriles y marineros. Porque lo nuestro sólo suma placer. Porque lo que pudiéramos perder, ya lo perdimos antes de conocernos y no volvimos jamás a entonar el réquiem ni a poner a la guardia a la lágrima ni al tinto de botella. Meamos las azoteas, las estatuas, el asfalto, las agendas, los oficios, los pronombres, con nuestro amor.
No será el nuestro, de jeringa, ni de vuelta atrás, ni de delante. No será de devuélveme el cielo que me falta. No será de sálvame del infierno. Ni de dame la dinamita del perro hambriento que me acecha. No será de las deudas con el Imposible. Será sólo orgasmo, barro entre los dedos, juegos animales. No será el beso en la boca y claudicar. No será, seguiré tu horizonte. No será agárrame muy fuerte que el mundo se acaba.  Será, arder y no preguntar, y no doler y no preocuparse de nada. Será verte marchar, encender un cigarrillo, poner esa música, empezar a bailar.
Los dos somos ninfómanos cuando somos de la luna, una milonga. Cuando somos, sin vestidos ni máscara, el canto que somos y los animales celebran y las estrellas saludan. Y entre copla y rock, ahogamos taconeando en el fuego lo que nos dijeron los años. Porque no decimos que no. Porque no miramos atrás. Porque no salvamos ninguna reputación. Nos entregamos flor herida al libar de los insectos sobre el faro. 
Te llego despeinada. No conozco el perdón ni la culpa. No conozco el mal ni el bien. Todo es tan sagrado, tan sucio. Todo es tan innegable, tan incendiado, tan borracho de duda y de bala. Soldados y astronautas, escavamos en el gemido, el imposible recuerdo del cielo. Campesinos y ladrones, a caballo y espada y desarmados, nos entregamos a la noche sin secuestros, todo de mango y de anís, de marihuana y tumba. No hay límite ni premio. No hay al fin una llegada. No hay casa amor para esa farlopa de las nubes. No la habrá para nosotros.
Borro los rencores cuando sudo contigo esa taberna desquiciada. Borro mis planes, en el gemido que arrancas de la línea de mi mano, sobre el Sol que todo lo ciega.
Ésta pasión no tiene ningún sentido, por eso te amo tanto. Porque contigo no voy a ninguna parte, no vengo de ninguna tierra. No sé nada y te encontré, animal y vagabundo, subiendo mi falda, en mitad de un velorio de celosas estrellas. Y contra esa pared me desangraste todos los tejados.  Yo quise abrirme como se abre la muerte y dibujarte el temblor fumando esa droga con el cuerpo que sólo es dinamita. Usé mi vagina, mi ausencia, mi delirio, mi verbo, en un giro vertical de un resplandor que me enloqueció. Y no comprendía nada. Ni tú dijiste mi nombre. Ni tú me agarraste la tumba. Pero los dos ardimos donde la hoguera pedía otra ronda.
Me despreocupo ahora de todo cuánto me había preocupado. Me abrazo al esqueleto del payaso con tu canuto. Quemaremos un día todas las orillas. Tu cicatriz será un crepúsculo. Nuestro pasado sólo es un error del Sol. Sólo un regateo de la mar para salir huracanada en busca de sus hijos perdidos. La muerte será nuestra amante o no será.  No hay dios que nos arregle la cabeza. Ella se fue junto al entierro de los viquingos a buscar las leyendas, sin horario de trenes, sin mesura, sin moneda de retorno. Desengáñate, nadie te quitará la locura, nadie callará el aullido, nadie calmará la pólvora de no tener ni puta idea, ni unos ojos humanos que enverdezcan los pavimentos. Deja atrás la cordura sin pena. Dejá atrás el sueño de tu madre sobre tu bien. Los paises estaban llenos de muertos y sólo los cadáveres recordaban el fondo de la historia. Tuvimos que tirarnos a la hoguera. Apretar el gatillo. Desaflojar estrellas y balas, adioses y tangos agazapados por raposas. El amor, era un matadero, y como hijos de la muerte, pedimos más whisky y otra noche más larga. Resígnate, nunca habrá un cacho de tierra para descansar las manos. Nunca nada mío. Nunca nada que devuelva la fe, sino la hoguera.
De mis alucinaciones, me nació un pato con cuernos y mandíbulas de tigre, hablándome cada día de la belleza del alba. Toda mariposa de la nocturnidad. Toda ciega de ginebra y calle deshuesada. No te hagas un drama. La tierra era demasiado vieja cuando llegamos. Se puede vivir, con medio cuerpo en el agujero de la capa de ozono. No es para tanto haber perdido para siempre las razones. Todos, con ellas y sin ellas, son amados por el rayo. Todos, bailan abisales con la nada que los empuja.
He hablado con él. Y nos hemos echado un poco de tequila. Cuando nos apasionamos me golpea una adrenalina que asalvaja mi naturaleza y calma mi corazón. Me entran ganas del baile, del peligro, del fervor. Se detiene la naturaleza muerta de la calima. Se hace un canto animal. El sexo es lo más parecido a dios. Fluyen todos los poemas y gritos que alguna vez se sangraron y hacen una catarsis en el cuerpo. Los sentimientos son sólo un cacho del cubismo. El cuerpo ebulle en una totalidad que no asimila la memoria, ni la noción humana.
Yos y yo, estamos unidos por eso. Todo lo otro que nos une, en realidad viene del sexo. De sus cines y fueras de campo, de su descanso, de su ascenso y descenso. Todos los otros enunciados vienen de la amanita de esa atracción. El amor en realidad, en un plano metafísico, es sexo. Los sentimientos son ardides de la atmósfera del orgasmo.  La matriz es el sexo, una mezcla entre Venus y Marte, entre esos arquetipos de la guerra y el vuelo, del hambre y el imposible, del todo y la nada.
He estado trabajando en la casa. Ahora me abro una cerveza, descanso.  En el río sentí cosas muy profundas que a la vez volaban por el aire, en la incursión de la naturaleza, en la grieta de los mundos. Experiencias que no se asimilan del todo, no en la palabra, porque su palabra llega desde muchas conciencias y no usa el lenguaje. Es un conocimiento distinto, múltiple, evanescente, es a la mitad energético, onírico, silencioso.
Volví a comprender algo de la metamorfosis en su abisal saber que derrumba en su tango lo que creí de la vida. Volví a saberme dentro, donde nada es lo que parece, donde la existencia es extraordinaria, donde el código lingüístico es benceno y el sentido es un escalofrío que a veces mata. Allí, sentí unas alas que lo unían todo en un vuelo que empezaba arrancando el suelo. Y mi corazón volvía a celebrarse.
He estado sentada a la vera del río. Fue un viaje hermoso por la naturaleza, por mi conciencia, sentí mi vuelta a casa, el camino, la belleza. Descubrí explicaciones a través de los árboles y del río. Recordé la forma de bailar de los significados cuando se detiene el mundo y comprendí muchas cosas de mí al sentir su mugido abisal frente al silencio de la naturaleza.
es darle al fuego y al agua
la singladura que el grito arrastra
es caminar en las cuatro direcciones a la vez
y sostenerse sobre el poema
es llorar tu pérdida y buscarla en la batalla, en el mismo beso
es recostarse en la sal, en el viento, en la pobreza y en la llama, en el mismo sueño
es ser la puta, la mística, el lobo, la muerte y la luz, en el mismo gemido
es destruir mi casa y acorazarla
es darme y secuestrarme, en el beso del sol
es ser mi contrabando, mi cómplice, mi enemiga, la voz que me sigue y no soy yo
el agujero negro donde nací y su fe en la reproducción de las hierbas inmortales
es beber el vino con la mano de Diógenes y con la mano del abstemio merodeador de la nada
es decir tu nombre con mi goma de borrar, con mi diu, con el Sol, con el oxígeno y la cicuta
es estar en el vapor y en la madera
en el carbón y en el olvido, en el venado y en la llamarada, en la ausencia y en la célula madre
es de la ninfa de la libélula, el tercer ojo del fondo del agua, clavado en el nido de un tordo
Ha salido ya el sol y da en la galería. Hoy quiero hacer ejercicio de monte. Subir más alto, cansarme, en el cansancio, la mente se para, y los ojos ven mejor, se despeja el peso de la naturaleza muerta de los sueños, de la piel, de lo que la mano tomó de tu habitación, esa noche de la fiebre.

Cuando no estás, y casi nunca estás. Yo me voy muy lejos. Y debo ir más rápido.

Entre nosotros, hay un tren de éter que nos junta y nos separa. Ese tren no depende de nosotros. Yo soy demasiado solitaria y Alicia es muy hambrienta, como para poder conservarte aquí, como la vid que conoce a mi luna. Tú no sabes nada de Alicia y ella nunca te lo dirá. Nos separan cien kilómetros, nos unen cinco días y cinco noches de fuego y duendes al mes. Somos como esos amantes adúlteros casados con las estrellas. Nos juntamos para engañarlas un rato con hedonismo y apocalipsis en fiesta. Y luego volvemos a su amor, como vuelve un puñal, como vuelve el olvido. 
Sabemos los dos que no abandonaremos nuestro matrimonio. Lo olvidamos cuando estamos juntos. Pero viene enclavado en el hueso como la amenaza de la Yagá. Nuestra infidelidad es sólo una fiesta.  Cuando estás aquí, a veces deseo que te quedes aquí siempre. Pero también sé que Alicia no lo soportaría, ella se pone loca cuando estás aquí, quema las naves, se tira al vacío. Cuando estás aquí vivimos al borde la muerte, todo ese fuego y alcohol, ese andar como la nitroglicerina, ese exceso del exceso, ese delirio de la monja portuguesa descubriendo la ninfomanía con sus epístolas quemadas en el crepúsculo. Ese tomar el vino como se toma el último baile. Ese poseernos contra la pared de fusilamiento. Ese ahogarnos de placer y de delirio, ese fulminarnos en el precipicio del agotamiento. Todas esas neuronas que nos fumamos follando con Dionisio el derribamiento de las civilizaciones. No podríamos sobrevivirnos. Nuestro cuerpo no nos aguantaría. Somos sólo amantes, de dios y del diablo. Sólo un caduco verso. Nos damos la cita infiel con el horizonte. Lo pulverizamos de gozo. Nos matamos mutuamente. Pero aquí tú y yo, nunca haremos otra cosa.  No nos verá juntos el huerto. No levantaremos nuestra casa. Porque nuestra casa se celebra en el fuego. Encima del delirio, ajada a la muerte del ave fénix y su ejército de bestias huérfanas de la humanidad.  No podré hablarte de mi alba y llevarla sobre ti, como se lleva ese pájaro de harina. No podré acuchillarte en mi corazón como el diástole que me sigue. Y aunque a veces te ame con el big bang penetrándome tu nombre, fue la muerte la que me dictó mi delirante deseo hacia ti, y no la vida, amor.
Hoy voy a seguir trabajando en la casa. Debo reencontrarme con el tiempo lento, con los detalles, con los collage, con la entrega a la pintura. Sé que estoy inquieta. Por eso debo cruzar el río del olvido, el lenguaje de los chopos. Dedicarme también a la atmósfera. Aquí hay mucho qué hacer. Mis últimos meses me han ocurrido sobre el fuego, el exceso, la abrasión, necesito esa paz que me daban las manos de mi abuela, que me daban los brazos de la mar. Aunque también tengo que estar al acecho del camino. Pero debe haber una armonía. Debo olvidar de vez en cuando el rubor interno de los significados y abandonarme en los juegos del Silencio, de lo campesino, del quéhacer de la hierba y de la noche, sin sentirme siempre ese verbo clavo y martillo. Tengo una extraña relación de guerra con la vida y conmigo, algo vehemente, como si la muerte estuviera en todas las cosas, como si no pudiera sentarme bajo el árbol y mirar el árbol y ser árbol y olvidarme de la grieta enardecida. Esa sensación de que si me paro, si dejo de estar en alerta, me caerá el cielo encima. Esa sensación de que si cometo un error, si aflojo, me devorará el infierno. Eso me genera mucha inquietud. Aunque también me da adrenalina. Pero debe haber una fusión, un fractal cíclico del reposo de la ausencia, del reposo cuando yo me voy, cuando ya no me oigo, ni me persigo, ni me uso para interpretar lo que veo, debe haber un lugar, donde entre la mar y yo salga, para habitar la mar, sin la imposición de la conciencia de habitarla.
Es normal que sienta el vendaval. Debo aflojarme la dinamita y la luna. Aceptar con amor mi inquietud y mi angustia, y no mirarme a mí misma como la hoja de la navaja. No culparme el Sol por no sentir su paz en mi costado.
Vengo de una metamorfosis.
Por la playa de Barcino, el Quijote cambió a Dulcinea por la Muerte.
Yo quise más whisky en el vaso del velorio. No renuncié a la amanita y mi cuerpo partido a la mitad hundió la flor del desierto en el crepúsculo. 
Es del todo normal que esa bala venga hacia mi frente. Y que yo sude extraños versos entre la nada y las estrellas.

Me habla la realidad, atada a cinco puntas de nitroglicerina. Yo busco un significado homógeneo donde sólo sobreviviría un unicorno. Es del todo normal esa bofetada de la cumbre de la montaña en mis papeles amarillentos, en mi hueso-flauta, en mi tirachinas de agua y de pinos.
Debo respetar a mi angustia. Debo respetar al espanto de la noche. Moverme sin ser yo el verdugo del Sol. Si se atraviesa un precipicio, debo reconocer la dificultad como un vino y una canción, y no como una flaqueza interior. Debo abrir del todo la atmósfera y escuchar todos los poemas, escribirlos, vivirlos y quemarlos. Sin pena, sin queja, sin miedo.
Ayer puse un rostro al traje de payaso del patio. Era un rostro fantasmagórico. Me quedé un instante mirándolo y entré como en trance. Sentí que el payaso vivía, que era de papel, y pensé que él me decía, tu risa es mi esqueleto, escribí en la pared, tu risa es mi esqueleto, yo soy el payaso del opio, el papel y la sangre. Luego me inquietó mucho lo que yo había escrito. Y al mirarlo otra vez, sentí una especie de oscuridad de hachís. Pensé que cada día estoy más loca. Como si el payaso se riera con carcajadas de mal viaje de LSD en mi mano vacía. Iba a pintar una muñeca del patio y pensé en ese estado no era buena idea porque luego me iba a causar espanto.

Por la mañana me hizo gracia que se acercaron dos hombres con maletines, no sé si vendían algo, o si eran testigos de jehová, pero no se atrevieron a entrar al patio. Me gustó que mi muñequita de vudú de Alicia, causara efecto. 

Estuve también quieta sentada en la cocina. Muy quieta y muy callada. Todo estaba en silencio. Las pinturas que había allí, empezaron a brillar y moverse, tuve una especie de viaje onírico. Recordé el trazo de encima de la ventana. Lo hice cuando la abuela estaba en el hospital. Era una especie de línea de cielo y ventana sobre ventana, clavada en la piedra. Lo hice porque sabía que ella iba a morir. Luego vi ese otro trazo que hice allí cuando murió el abuelo. Vi mis ranas. Vi que ya estaba en-ranada del todo sin remedio.
El albañil de ayer, medía dos metros y tenía pinta de tener un pasado de kalashnikov. Él era silencioso, y yo también estaba silenciosa, así que me alejé. Estaba la llave en la puerta, y él entraba y salía y hacía y deshacía sin que yo viera nada. Le ofrecí una cerveza que no quiso. Le pregunté si era ruso y dijo que no que era de Estonia. Cuando ya acabó, me preguntó por los daños de la fuga de agua, y le dije que había sido un agujerito en la escayola. Al enseñárselo le dije, esto nadie lo usa desde que murió mi abuelo y hace la tira que no se pinta. Él dijo, esto no se pintó nunca, desde que se hizo. Eso me hizo carcajearme y le dije que lo dejara así. Ya tenía ganas de que se marchara. 

Cuando se fue, saqué el espejo-armario del baño, porque estaba muy viejo. Y puse en su lugar un cuadro. Luego busqué algo para usar de armario. Y anduve moviendo un mueble que pesaba la ostia y que luego tuve que desmover porque había calculado mal y no entraba. Metí una mesita que no pega con nada. La casa tiene un aspecto esperpentoso y surrealista.

Hablé un rato con Yos. Y sentí la distancia. Era una conversación cotidiana, sin importancia. Pero yo soy muy sensible a lo inefable, la soledad escribe mil libros de la gota de arena. En ese momento fluyo, no me preocupa, soy un vino y un adiós. Pero después, cuando pasan dos horas, mi hueco enjambra la rabia del hueco. Me pongo a pensar, me pongo nostálgica, mi corazón da un portazo, me voy. Algo en mí sintió que antes yo peleaba por el amor, por el fuego, por el estarnos, le reclamaba algo, lo quería en mi palabra, en mi camino, en mi aquí. Lo azotaba cuando estaba ausente. Lo incordiaba cuando andaba de hachís el lago de la ausencia. Quería que me acompañara y supiera lo que yo siento y me devolviera mi tequila y mi canción. Y ahora ya no lo hago. Eso me dio nostalgia. Me dio un sentimiento de soledad. De ruptura con él. De cinismo de perros de Diógenes.

En el verano, cuando yo ensoñaba, cuando yo volaba por la grieta onírica, él era para mí un nagual. Y en esos embrujos él me acompañaba de un modo que sólo lo hacen los dioses. Aunque fuera algo irracional y loco, en mi empirismo, en mi corazón, era cierto.  Por eso la nostalgia con Yos. es de otro mundo. Yo a él, durante algunos momentos de mi metamorfosis, lo tenía como un shaman que cuidaba de mí. Su cercanía estaba más allá de la tierra, de la vida y de la muerte.

En medida que la metamorfosis se movió. Él se volvió sólo un hombre. En medida que se volvió sólo un hombre, yo me empecé a sentir sola otra vez. Alicia recuperó su casa, y allí, al bajar las escaleras, no había nadie y Alicia comprendió que nunca lo hubo.

La nostalgia de lo que era Yoseba, es un velorio alienígena. Es una planta mágica que vuelve a cabalgar cuando nos amamos.

Algo en mí dejó de amarlo como lo amaba entonces. Y algo empezó a amarlo como no lo amaba entonces. Entonces lo atacaba por ello. Cuando volví del éter, lo quise como hombre. En el éter lo odiaba como hombre. Era violenta con él, cuando sus palabras y sus actos, no encajaban con mi idea del guerrero y del brujo. Lo amarraba por la pechera, le bombardeaba palabras de etanol, lo acercaba al precipicio, lo empujaba por el monte, le miraba a los ojos como una fiera, no aceptaba sus palabras cívicas, su miedo a meternos en líos.

En medida que volví del éter, y me abandonaron los dioses. Empecé a ser más indefensa con Yos. Algo en mí tuvo un ataque de inversiones, sumersiones, enjambres de peyote y de rock y muerte. El mundo de mi metamorfosis atravesó Comala. Yoseba siguió a mi lado. Yoseba se convirtió en una droga entre dos mundos. En un fado y en el coñac. En la pérdida y el hedonismo. En un canto de ladrones y piratas.
La nieve va desapareciendo, aunque el blanco tiñe todavía todo el paisaje. Me pregunto el verbo que susurró ese ataque de ceniza de mi escritorio, cuando me recorro, como el cristal roto del espejo, en el ojo vizco de la mariposa, desplegando el pretérito del hollín cuando no queda nada. Vivo muchos procesos de la existencia, durante el día. A veces mi conciencia sube y está el poema y la música, la vehemencia, a veces, hay espacios para el Franquestein que deshoja arañas en la grieta de los suelos. El aislamiento genera una comunicación mucho más profunda con lo inconsciente y con lo existido. Las personas ocupadas en trabajos y vida social, las personas que conviven con personas, tienen menos tiempo para investigar de la soledad sus sótanos, la náusea de Sartre, la pasión de la enana blanca remando en la tierra húmeda.
Yo tengo un sub-yo, que recoge de vez en cuando mi esqueleto y lo rehoga de vodka y de olvido. Suele aparecer cuando ya no estoy alerta, cuando ya no busco la palabra ni la música, cuando ya no hago, esa criatura se mantiene lejos cuando estoy inspirada, se mantiene como el otro yo de la musa, como su chivo expiatorio, también está lejos cuando amo y disfruto de la compañía de alguien. Pero todos los días me lo encuentro un rato. Es el subyo que teme, el que me descose Itaca, el que me boicotea, el que me rompe la maquinaria de la alegría. El que está siempre en el polo de la muerte, de la depresión o la nostalgia, de la angustia, del temor, de la grieta, el que me desprecia, el del suicidio. Ese subyo es natural, porque la mente es cuántica. Todos lo tenemos. Cada afirmación que hace el corazón, tiene un polo negativo que provocó dolor, de ese polo nació la intensidad de la alegría y del baile, pero en su abajo está la muerte.  Cada certeza que creemos tener, cada sueño que defendemos, tiene una grieta donde el subyo hace lo opuesto. 
Yo estoy unida a esa oscuridad del subconsciente desde hace mucho. La desarrollé con delirio. La viví a hierro y puñal. Mi cuerpo conoció todos sus golpes.

Tengo que alejar al sub-yo en una vuelta de campana, cuando esté en él. Tengo que hacer un ejercicio vertical de la conciencia. Tengo que detener su aliento corrosivo al beso del cuervo. Atraer entonces a mi doble. Ser consciente de la pluralidad. Tengo que sacarlo de la médula espinal, de lo que recoge el sentimiento de existir, dislocarlo hacia una extremidad y sacarlo de la digestión del ser.
Soñaba con una voz que me hablaba a mí y a la vez era yo. Me hablaba de las veces que me había separado de Yoseba y vuelto a unir. Me hablaba que ahora tocaba separarse otra vez.
La noche de ayer fue extraña. Tuve algo de miedo, hacía mucho que no tenía miedo. Escuché muchos sonidos en la casa, pasos arriba, objetos que se caían. Los radiadores hacen sonido y creo que yo malinterpretaba esos sonidos. Estuve un rato obsesionada escuchando y cada vez escuchaba más ruidos como si hubiera alguien en la casa. Luego me di cuenta de que era yo la que leía mal los ruidos y empecé a dormirme. Fui consciente que al estar en alerta, yo provocaba más sonidos. Mi miedo generaba esos ruidos de pasos y objetos. Y un mugido interior de mi inconsciente elaboraba un pensamiento en base al temor. Yo había empezado a dormirme, había entrado en la duermevela y tuve visiones del sueño cuando empezó a crujir la casa. Durante un instante estuve a punto de levantarme a coger un mazo. Empecé a pensar que si de verdad había alguien yo debería defenderme no quedarme entumecida por el miedo. Luego también recordé algo que dijo Don Juan Matus, aquél pasaje del mosquito y el conocimiento, cuando se tiene verdadero pavor porque va a aparecer el conocimiento, pensé que si estaba tan inquieta tal vez era por mi ensueño, por lo que traería la noche. 

Algo me ocurre últimamente que estoy ansiosa.

En mi subconsciente me da miedo, algo que sentí el día que me detuvieron. Algo que sentí cuando entré en la unidad de agudos. Sentí durante una hora más o menos, la verdadera locura. He pensado que tal vez llegué a ese sentimiento por el medicamento que me inyectaron en el hospital. Yo era muy sensible a mil mundos y eso me bloqueó, me generó un chillido en mi alma, un agujero negro, algo donde yo no podía serme. Yo entonces no pensaba en eso. Además el estrés, de la policía, la pelea, el ingreso contra mi voluntad, separarme del monte, todo ese ajetreo y violencia, me expulsó sobre un lugar abisal, las regresiones del dolor. Era una carga complicada, y durante un rato, yo volé por los airés entre las zarpas del Leteo. Era algo normal dadas las circunstancias. A veces me cuesta mucho, devolverme los motivos. Me miro a mí misma como una pistola cargada. Y algo de lo que sentí en ese rato de locura y destrucción, a veces se me enfoca en el subconsciente, como algo con vida propia, y lo miro sin mirar el resto de los factores y la atmósfera y entonces recuerdo el espanto y la muerte. Pero ese tipo de alarido, es natural, cuando se dan esas circunstancias, yo vivía mucha presión desde muchos comandos de la realidad, unos sentimientos de lava desbordada y además me habían metido químicos de la muerte en sangre.
Hoy no he podido escribir casi nada porque estaba el albañil.
He estado trabajando en la casa. Comí en el patio, al sol de enero. Otra vez rodeada del silencio, de la desconexión, del beso del vacío, de la naturaleza sujetándome, de lo callado, de la mueca de aire entre los dedos. Necesito mucho silencio, porque conozco demasiadas palabras, porque mi mente está llena de significados, porque le cuesta mucho cesar. Hoy al trabajar en la casa y en algunos espantapájaros, mi cuerpo usaba las palabras y no mi mente. Ellas eran agua. Tengo que volver al baile de los objetos y de los sueños, sin que yo esté todo el tiempo en medio. 
Fui consciente de calambres en mí llenos de ruido y agitación y pude llevarlos a otro sitio. Volví a sentirme hacia la mar. Hacia una transformación que vuelve a la casa del bosque.
Ahora voy a ir al monte.
Voy a ir a comprar unos cachos de plástico, de esos de mantel en rollo, para arreglar unos estropicios de la casa, bueno más bien para taparlos. Me dedicaré a trabajar en la casa, mientras está aquí el albañil. No podré escribir mientras porque él trabajará muy cerca de mi escritorio.
Algo empieza a cobrar sentido. Primero, mirar mi metamorfosis, desde la perspectiva del ensoñar despierta y comprender con luna y mar, mi "locura".
Por otro lado, pensar el ensueño desde una perspectiva más vaciada de la herida del yo. Y comprender mis mal interpretaciones.
También habitar el mundo de la tierra, las pasiones, lo amor, lo humano, saberme humana y darme con alegría y vagabundia a ese espacio. Y comprender mi frustración y aullido, en la medida, en que elegí el camino de las estrellas. Comprender que esa lucha soledad vs humanidad, es algo del todo natural porque mi camino es el infinito. Comprender que la soledad debe tener una fortaleza en mi interior y que no es necesario, que luche con la que desea y necesita amor. Las dos deben darse. Las dos llevan al infinito. Necesito a las dos para no perder la cabeza.
Comprender que en el lado del ensueño, hay una fractura con el lado de acá y del revés. Y aceptarla. No pelear con ella, no sufrir por ella, no sentirme rota. Es natural. Es obligatorio sentir ese temblor. Aprender a navegar y reír en él. Y no marearme ni temer.  Hacer las transiciones pegada a la madre tierra, al viento, al vino y a la mar. Y no sentirme responsable, ni deudora. El espíritu es inabarcable. El yo, es una punta doblada. Yo debo estar siempre en mi corazón.
Me inquietan las personas de mi ensueño.
En los sueños normales, la construcción, es el espíritu, todo es yo, nada es yo. Las personas y objetos que aparecen en los sueños normales, son partes de un cuento del ser, de una exposición teatral de todos los sentires, suburbios e islas del espíritu. El significado es el todo, y no lo que bebe el yo del cuerpo del sueño. El yo del cuerpo del sueño, es también el espejo y máquina de escribir de cada cosa que aparece en el sueño.
Pero en los ensueños, el cuerpo del sueño, es todo el ser, es consciente, es profundo, decide, elige, juega, investiga, se pregunta, sabe que está soñando, se sabe a sí mismo, explora, recuerda lo que ha vivido dentro y fuera, pone en práctica instrumentos dentro del paisaje del sueño, acecha, piensa.
Por eso me inquieta tanto quiénes son los otros.  Porque no son yo. No son mi espíritu. Por eso me trastoqué éste verano. Porque le busqué una explicación equivocada. Mi razón y mis nociones me engañaron.
Aunque tal vez, también sean reflejos del yo más profundo. Tal vez haya una paralelidad en el modo de interpretación con los sueños normales. Tal vez en el yo más profundo, la Yagá es el Sol. Y todos somos la Yagá.
En el ensueño, yo a veces interactúo con esas personas, desde mi conciencia ordinaria, desde mi yo terrestre y mundano. Y eso es un error y a la vez una semilla. Allí estoy en lo desconocido. Y arrastro mi raciocinio. Por eso mal interpreté muchas cosas. Debo aprender a vivir ese mundo como lo desconocido y habitar el mundo ordinario, con naturalidad y armonía. No debo ponerle prejuicios acá ni allá. No debo manchar con interpretaciones lo Inefable. Y debo separar esos dos mundos donde se bebe el fondo del océano y unirlos y unirme, sólo en la Mar.
Hoy va a venir el albañil del seguro. Noto una inquietud de mutación y fuego. Un nuevo proceso en mi alma. Un lugar que regurgita, el esqueleto de la mariposa en otra posición del alarido. Los comandos se mueven, todos se arrastran en la pluralidad, pero cambia la posición del grito en las criaturas de la psique.
Yo debo integrarlas a todas. 
La integración juega a los relebos.
A veces la balanza cae hacia la niña, a veces a la loba. Pero no son dos. Ellas son arquetipos que utilizo porque ponen en manifiesto... la radicalidad de la mariposa.. en el enjambre, el resto baila, ama y pelea.
Los comandos de la metamorfosis, se abren cíclicamente, en su no-tiempo y no-espacio, para entrañar bajo el presente la urdimbre de la araña.  Cuando cavo en mí, la metamorfosis suda. A veces duele. Es un dolor extásico. Por eso vivo entre el sueño y la huesera.
Llegan a veces como fragmentos cubistas. La totalidad no se abarca con la conciencia humana. La conciencia humana, selecciona. En su selección, una criatura de la psique toma el peso y el grito. El resto de las criaturas la despiadan su fractal y multitud desde lo subconsciente y lo inefable. Por eso mi conciencia se mueve y mi identidad muta. Por eso vivo en una cascada de fuego.
En éste pueblo mi reencuentro con la humanidad es muy complicado. Estoy suspicaz con la gente. Anoche por ej, yo caminaba con mi perro, y había un señor que llevaba otro perro y de lejos los perros se pusieron al ataque , me dijo, no lo traigas hacia aquí, yo no iba hacia dónde él iba pero tuve un instinto de ir directamente hacia ellos y morder yo, ya que Kavka no conoce ninguna violencia. Eso no me pasaría en ningún otro sitio. Cuando estoy fuera de aquí, comprendo el mundo de las personas, desde un canto marinero, nómada, más amante, más de canción de Larralde, de vino viejo y de olvido, de caminantes todos en medio de la nada.
Pero aquí hay una extraña sombra. Como de la venganza del lobo. Recuerdo que en el verano, caminando con Yoseba, no sé qué dije a unos vecinos, y él me dijo, luego dices que no eres violenta, yo le dije, no soy violenta, no es por mí, a mí ellos nunca me hicieron nada, no sabrían hacérmelo, es por lo que le hicieron a mi abuelo.

A veces es como si tuviera doble personalidad, la del lobo y la de la niña. Cuando me da la del lobo, lo interpreto todo, en una pelea de un rayo y el beso del mar. Me recorre algo sanguíneo, muy rojo, muy fuego, me da un azote la adrenalina, no sé qué exorcismo, no sé qué música, me llega como un rock and roll y me dispara, y yo me siento más orgiástica, más feliz, más viva. Me siento el desquite de Marte liberando todas mis sombras. Y la niña desaparece. 

A veces camino con la niña, y soy amor, soy olvido.

Entre ellas se acechan.
Hay un abismo entre los dos. Pero no hiere. Es de vino, de hoguera agarrada por la nieve. Él no conoce lo que escribo. Eso me salva de la metafísica en guerra de la araña. Me entrega de zarzamora y alcohol, de callejón y taberna, de playa, de bosque enamorado. De analfabetismo que comienza a enjambrar sus vocales. Con él, no soy nadie, y eso me devuelve a la alegría de la música. Para mí las palabras son una guerra, la escritura en mí acude a la grieta, a la antagonia, al cuchillo. Mis palabras siempre ponen en peligro mi amor y a la otredad en mí y a mí en la otredad, el horizonte, la fe. Con él yo nunca he escrito nada. Bailamos. Bailamos el absurdo, bailamos el precipicio de la vida, salvamos una risa, una pasión, un desaire, una infidelidad de trenes.
Con él, mi escritorio no se pone a la retaguardia, echándome palabras quemadas en la cicatriz del brazo. Porque llegamos sobre otro mundo al que no le importa el pasado ni el futuro, el que no se pregunta sobre sí mismo ni nuestro nombre, ni nuestra historia.
Él es como un brujo. Tal vez no haya leido nada nunca. Pero en su andar, en su manera de tocar la tierra, de beberse bajo el sol, de cruzar el río, hay una sabiduría salvaje y guerrera, algo milenario, algo lleno de frutos. Cuando se fuma el silencio, cuando me poseé, cuando me habla del nombre de las hierbas, cuando juega con los animales, cuando trata con otras personas, lo hace como un brujo. Es osado y natural. Para él, nada es extraño. Tiene una intuición de peyote. Tiene un algo, misterioso y bello, todo de monte y de barriobajo. Tal vez se lo dio la soledad. Tal vez se lo dio el que jamás cuenta a nadie lo que le hace temer y llorar. Con él me siento a salvo de mí misma. Porque él destruye mis poemas y nos vamos como dos ciervos a jugar con las genistas. Él me ayuda a regresar a la vida como niña que vuela, sin la cucaracha de Kafka, sin mis laberintos metafísicos, sin ningún enunciado que se muera por decirse, que se desintegre por saberse. Con él soy libremente vagabunda de todo cuánto soy. Da igual que el fracaso me ponga de ginebra los ojos. Que me dé el delirio y le encame un rata electrificada de comedores de opio. Da igual que me encuentre toda sucia y desolada, con la casa invadida por muertos. Él es como un crepúsculo de nadie. Como una guitarra que nunca se detiene. Nada va con él, nada lo abandona. Él me mira de mono a mono. De extraterrestre a extraterrestre. De león a leona. Yo a veces lo amo tanto, que me duele conocer el destino de Alicia. Alicia me separa de él.
Necesito la paz interna. Aquél lugar donde estoy segura de las palabras que me rozan y de los horizontes que sacan sus patas de la tierra. Necesito estar en paz con la madre tierra. Con el baile. Con el amor. Algo en mi entraña, acecha una soldadura de un verso de las lejanías y me derrama, su violencia. Algo en mí no sabe estarse quieto. También sé que es necesario para sobreponer el fuego que agita en los juncos ese ojo de cristal que atraviesa a veces mi pasillo.

Debo llegar al acuerdo poético del mecanismo impar y oblicuo que aloja en mi pecho ese amor, ese abandono. Sólo el poema sabría calmar en mis sienes el alba. Los otros significados, llegan con prejuicios. 

Nunca supe hablar con lo concreto. No supe tenerme desnuda en otros brazos, sino había una atmósfera de opio y estaciones cabalgantes de un estornudo que la mar entregaba sólo a los parias.
No supe soportar los rostros en la máquina de escribir de las líneas. Nací maldita de la abrasión del suburbio, del escavar, de la luz clandestina de la sombra, de la metafísica, del abajo de la palabra, de mi inconsciente. Mi inconsciente esconde una araña azul. Ella juega a cazarme y yo a cazarla a ella. Nuestra depredación no tiene límites.

Alguna vez, se detuvo el mundo ahí afuera para mí. Fui expulsada de la humanidad, por el amor de la araña. Me adentré donde no estaba segura de que estuviera la vida, ni la esperanza. Todo estaba muy oscuro allí. Y sólo podía seguir hacia delante. Tal vez no había salida, decía la angustia, decía la belleza atronadora y cruel de las estrellas. Conocí entonces ciertos poemas que no me han abandonado. Ciertas despedidas a las que todavía le debo el vino y la luna.

La pelea de mi soledad y el regreso a la humanidad, no es nada fácil. Mi soledad tiene muchos motivos, levantó muchas fortalezas y me entregó a montes y mares. Aunque amo. Amo desgarradamente también a los humanos.
Hoy no recuerdo mis sueños. Es de noche. Busco las palabras. Tengo una especie de angustia, una inquietud del verbo sobre el hueco.  Tengo que sacar algunas cosas que se construyeron en lo inefable. Es necesario que armonice dos mundos que parecen incompatibles. La presencia de la idea de la locura, me molesta.  Es algo que vino como un espejo en el trato con la gente. No es algo que viva en mi introspección. Y he de borrarla del todo. Yo soy lo que soy, respecto a vete a saber qué grieta, y no una cultura. He de adentrarme en todos mis sentires, vivirlos y liberarlos. Si en mi naturaleza hay una comunicación con el bosque, con las sombras, con los muertos, a través de visiones y de una Babel que agarra a mi Fauno en un código onírico, yo sólo puedo ir mucho más adentro.
No sé si estuve loca. Y no importa saberlo porque respecto a qué, a quién. Sé que lo que yo vi, empíricamente me hace, me mueve la sangre, me empuja, me mata, me corroe, me ama, me. Mi fin, es deshacerme del yo y de todos sus resquicios para ver de verdad, y ver de verdad, es ver como ve la libélula, como ve el árbol, como ve el río, como ve el perro rabioso, como ve la enfermedad, como ve la fiebre, como ve el tigre, la medusa, el pulpo, la ballena, el lobo, el cordero, la víctima y el asesino, la mar, el Sol, Mercurio y un agujero negro, como nos mira la muerte, como el que muere la mira y nunca ya lo cuenta. Ver de verdad es verlo todo a la vez, en el mismo ojo. La realidad no es de los apostólicos la tierra es plana, no es de los humanos. No es de los cuerdos. Jamás de los capitalistas. Los humanos navegan sólo un cacho en el cubismo. Ellos legitimizan su fascista ceguera, contra otras personas, cuando las encierran en manicomios. Todos estamos locos. Todos estamos jodidos. 
Hablé con él. Bromeamos. Nos tuvimos sin tenernos, burlando la calle que gira la esquina y sube por tu espalda el hurgar del vino. Tan extranjeros, tan de nadie, tan hambrientos, resistiendo en el parral el vaso que hierve la fiebre. Interpretando danza lenta, donde no tiene prisa el Sol, ni la muerte aún puede hacernos daño. Arrancando esos botones, rebobinando al fuego de ese mago, el camino que ríe enloquecido de los pasos que no lo tienen. 

No me arrepentiré de lo que no hicimos. Todo lo osamos. Tal vez vagabundos, sin casa dónde quedarnos.

Yo camino con mi discriminación pegada a Marte. Los insectos me renacen donde la tierra seca me hiere. Alumbran los charcos los juegos de madera.  No sé casi nada. Me pego a esa música, como la única certeza. Ardo a veces por dentro la soledad y su sudor pegado a tu cuerpo como mandrágora. Vi cosas muy extrañas cuando cayó la noche en el bosque y yo era una luciérnaga. Ellos dicen que es una enfermedad. Ellos no tuvieron tímpanos. Yo no sé dónde colocar lo que he amado. No sé poner límites a la realidad. Yo soy aire y mi cuerpo no me contiene, y mi memoria no me repite, no me hace. Yo no distingo los sueños de la carne. Yo no distingo las ventanas de los girasoles. Yo no distingo su muerte de la mía.
He estado trabajando un poco en la casa. Atravieso un momento raro, entre un golpe y una isla desmemoriada, entre el beso agujereado de las tabernas, la calima, los chopos, esa grieta entre los mundos que me desostiene, que me lleva de un lado a otro, que a veces me arranca los papeles. Esas visiones por las que a veces mato, por las que a veces muero. La palabra que me salva y que me suicida. El rodar de los montes cuando tu lágrima es vino, cuando mi grito es ese pon otra y sigue.
Debo reconciliarme con la evanescencia del bosque. Pero la mariposa es un fractal que también tiene un espejo negro. Subo y bajo las escaleras de la luz y de la oscuridad. A veces soy atrapada por el tajo de la rareza. Navego. Trato de mantenerme en pie. Trato de no quemar a lo bonzo mi vida. Trato de convivir con las que soy sin que no salgamos con los huesos rotos. Trato de amar, de cantar, de moverme. Olvidar agravios, dárselo todo a la ayahuaska del indio. Vivir como las nubes, como los trenes de vapor, como el canto que no rompe siempre la cabeza contra la mesa.
Estuve en el río. Me di cuenta cuánto me costaba mirarlo, cuánto oirlo, cuánto estar tranquila. Me dolía la cabeza. Me di cuenta que hubo una explosión desde que apareció Yoseba en mi vida, que me separé sin querer de mi tambor piel-roja, de mi mística. Por muchos motivos. Pero por un segundo sentí que volvía hacia aquél horizonte anterior. No tenía casi silencio interno y luché por llegarlo, pero me sentía inconscientemente muy agitada, como si todo lo que viví en el embrujo dejara una tormenta, un flashback medio alucinatorio, un movimiento muy huracanado en mi susurro. Me di cuenta que llevo viviendo de ese modo seis meses, con excesos de alcohol y de todo tipo, con una vehemencia y un continuo verbo incendiado que no me deja escuchar el río. Y que debo volver a la paz de la naturaleza. Fui consciente que me costaba mucho simplemente estar y ser, mecerme en el silencio, en la hojarasca. Me sentía vigilada por mí misma. Y tuve una lucha por volver a casa. Recordé cuando me bañaba en ese río, cuando caminaba por él, cuando estaba sola de todos los mundos y a la vez muy dentro de la paz de los árboles. Esa revelación me agitó hacia cambiar radicalmente algunas cosas. Al llegar a casa, tuve la intención de comer en el patio, en el sol de enero, recordé cuando yo era vegana, cuando todo era una alquimia de los dedos del bosque. Pero luego al mirar la cocina quise cambiarla de forma y me olvidé de la comida, primero mi intención era tirar la TV a la basura, pero pesaba como el muerto que es, así que la metí en la despensa. Luego estuve fregando todos los armarios, quitando cosas que no se usan, que están allí desde hace una decena de años. Todo estaba sucio, arruinado. A mí ni siquiera antes me molestaba, ni siquiera lo veía. Hoy al verlo sentí la urgencia de cambiarlo todo.
Se acumula el saber abstracto y cuántico de la percepción. El embrujo, es un manantial. Pero no puede ser mi horizonte. No del todo. El horizonte es la abrasión de una pasión desconocida, entre el Infinito y la Nada.
Yo voy recogiendo las migas de pan de las aves de la metamorfosis. Vuelvo a cocinar los ingredientes. Ya no estoy en el lado onírico, ya no estoy en la epifanía. Pero tampoco, no estoy.
Atravieso a veces, la desnudez, la vulnerabilidad, el desierto. Los comandos se mueven atraidos por un canto inefable. La conciencia es más terrestre. A veces esto me provoca nostalgia y tristeza, como si hubiera perdido mi muchedad. Pero sé que es algo urgente, es necesario que el fuego haga balanza en la conciencia, penetre otra vez los comandos que ardían allí, a través de la voluntad y la armonía. 
Me provoca nostalgia, la sensación del deterioro de la adrenalina. De la violencia. De la magia. Esa nostalgia a veces me pone triste, me hace mirarme con desprecio. Porque siento que he perdido a mi Rocinante y esa espada mía de nitroglicerina. Pero éste sentimiento no es del todo honesto con la certeza. La certeza allí, en la metamorfosis, era cuántica. Había una especie de psico-magia enervante en todo. Y la adrenalina surgía con el reverso del sufrimiento y del abismo. Por eso, nada dolía en el total del recuerdo, porque la conciencia estaba en muchos sitios a la vez. Por eso en mi embrujo, el recuerdo de cuando fui atada o golpeada, sedada, inyectada por drogas psiquiátricas, no fue doloroso, porque yo Ensoñaba la rebeldía del lado izquierdo.
Mi nostalgia a la metamorfosis, es también una música que me hace avanzar hacia la libertad y la magia. El sentimiento de pérdida no es sano. Porque es irreal. Porque allí todo ocurría sobre lo mágico y lo mágico se explica sólo con magia. Yo ahora estoy en otro sitio.  Mis pies vuelven a estar en la tierra. Alguien en mí, no quería la tierra. Alguien en mí, durante la metamorfosis, quería quedarse con las criaturas de mis Ensueños, quería quedarse para siempre entre los dedos del Fauno. Cuando fui alejándome de aquél bosque de ayahuaska, fui muriendo, la mariposa, entró de nuevo en un capullo, en busca de otra mariposa más grande. Eso me llegó como una muerte. En ésta ocasión la muerte post-metamorfosis fue también cuántica. No fue radical como la del 2008. Gracias también a que no consumí las drogas psiquiátricas, al largarme del manicomio no miré atrás, ni fui atrapada por el civismo y su fascista realidad. Por eso fue una muerte creadora, y no abisal y dolorosa como la del 2008.
En mi muerte, en mi camino de retorno, fueros desaprensándose significados en una especie de inversión creativa. Hubo una vuelta de campana con un eje de éter. Los sueños fueron invertidos, pero en una especie de significado peremne entre los dos lados.
Uno de los problemas que tuve en el verano, era que durante algunos momentos no distinguía la realidad de los sueños. Sobretodo cuando fumaba hachís.
Yo estaba en una metamorfosis, exorcista de algunas heridas muy secretas. Mis ensueños me empujaron a un mundo transitorio, opiáceo, donde curé y peleé lo que había sido herido y a la vez, buscaba el canto a la vida, contra el poso de mi abajo, contra cierto yo que bebe la llaga. Mi lado izquierdo se tiraba a matar a la que sufría en mí. Algunas de mis heridas habían sido abiertas en otro mundo, en el viaje con el estramonio por ej. Así que para curarlas íntegramente yo volvía al estado de conciencia donde habían sido abiertas y el pasado se hacía presente a la vez que la Yagá movía el puchero, ya fuera el pasado del éter de la locura o el del fondo del infierno. Mi metamorfosis era un reguero de regresiones que se daban a la vez que otras dimensiones de lo real y del Ensueño. El tiempo y el espacio, eran cuánticos. Yo cruzaba el laberinto del fauno y a la vez estaba en la cresta de la ola, en el inframundo y en la cumbre de la montaña, en la risa de mi niña y con el cuchillo de mi raposa. Era violenta y tierna. A veces era totalmente amorosa y en dos segundos entraba en guerra. Vivía un comando fractálico de la existencia y de la conciencia. Era muchas mujeres, animales, brujas, desiertos, puñales y playas, en mi cuerpo. A veces era una niña, a veces era una jauría. Pero era muchas a la vez. 
En otras metamorfosis pasadas, la del 2008 por ej. La pluralidad no era tan nítida y reparadora como ahora, porque las criaturas de mi psique estaban mucho más sumergidas en el mundo de las sombras. Y tomaba el grito y la voz, la que lo necesitaba, a veces sacrificando a las otras como un homicidio. En ésta metamorfosis todas empujaban la barca. Había una integración. Fue la primera metamorfosis donde esto ocurrió tan profundo.
En el 2008 había un sub-yo que también recorría todos esos comandos. Pero había un tiempo para cada una. Había una especie de carrera de relebos, vida-muerte, en el laberinto del Fauno.
En ésta ocasión, había una sinergia. Había tres conciencias despiertas en el mismo segundo.
Necesito hallar otra vez la conciencia del Ensueño. Hay algo que ahora me confunde mucho, y son las personas que aparecen en él. 
En la metamorfosis del verano, yo comprendía a esas personas. Yo estaba unida con el corazón y el conocimiento a las criaturas que aparecían en mi ensueño.
En los ensueños que he tenido en los últimos meses, esas personas me son una amenaza. Como si no formaran parte de mi reino, como si fueran extraterrestres disfrazados en un pellejo humano. Como si fueran criaturas energéticas de un mundo totalmente diferente al de la naturaleza humana.
Aunque es cierto que en la metamorfosis del verano no interpretaba bien mis ensueños. Me confundía cuando aparecía Yoseba. En el verano, todos mis sueños, eran ensueños. Yo estaba despierta. Yoseba aparecía a veces como un duende, con sombrero de juglar, una especie de trasgo, y solía tener relaciones sexuales conmigo. No era exactamente igual que en persona su rostro. En mi ensueño, era un nagual y mutaba. Esas relaciones me despertaban mucha violencia hacia él y mucha atracción. Yo le tenía declarada la guerra. Había muchos otros personajes en mi Ensueño, y todos ellos se conocían. Empecé a malinterpretar aquello de que eran mi familia de brujos.
Recuerdo un ensueño que yo sentía que algo me violaba, una energía, sentía físicamente, con el tacto, era muy real. Cuando me revolví y abrí los ojos, durante un segundo vi un lobo negro en mi almohada.
Al día siguiente yo estaba de muy mala ostia. Yo peleaba con las criaturas de mi Ensueño, en la realidad y en el Ensueño, y en la realidad Ensoñaba despierta. Y Yoseba se convirtió en mi chivo expiatorio. En mi confusión. En mi amor y en la guerra. Aunque hoy comprendo que era una broma llena de amor y de vida, de las energías del ensueño.
Apareció Yoseba, yo estaba escribiendo. Quería que le prestara aceite de la moto para engrasar la bicicleta. Para mí ese aceite tenía un doble significado en mi ensueño, yo lo tomaba por un brujo a él, y creía que los dos nos acechábamos, los dos guardábamos el secreto y jugábamos los naipes. Y estaba en guerra porque sentía que él fue el que entró por la noche en mi cama.  Le hablé violenta. Le dije, el aceite está donde está la rata, ya conoces el camino. Le empujé. Durante un instante juntamos nuestros sexos y tuve un instinto muy violento de atacarle, que pude controlar sólo por un segundo. Sólo lo empujé y lo pisé.
Esa mañana de verano que fumé hachís con Yoseba, fue al día siguiente de decirle que yo tenía una relación y que lo nuestro tenía que acabarse. Yo estaba entonces muy obsesionada con el chamanismo, mis sueños y mis ensueños tenían privilegios sobre el resto de la realidad. 
Caminamos por el pueblo. Yo quería entrar a la iglesia y subir al campanario y fumar allí arriba, había unos andamios, no era díficil trepar. Él dijo que no pensaba meterse allí. Yo le dije que eso debía caerse y que como nadie empujara, no se acabaría de caer.
Luego fuimos al parque, nos sentamos en un banco, era una mañana soledad y hermosa. Yo entonces leía a Castaneda con sangre y visceralidad. Y estaba muy apasionada sobre el acecho. Él me dijo, deberías haberme dicho que tenías una relación. Luego me dijo ¿no dices nada? Le dije, sí, es que lo estoy pensando. Él sonrió. Y le conté un cuento bien raro con eso del acecho. Debía ser algo que fuera verdad y mentira a la vez. Por eso usaba los arquetipos de Jung. Las dobles interpretaciones. Para mí el acecho debía ser totalmente cierto para el lado izquierdo y no ceder terreno con nadie ni nada. Por eso tenía que cuidar mucho las palabras. El día anterior lo había engañado. Pero esa mañana, utilicé a la Yagá y no mentí. Me sentí muy divertida. Me sentí niña que corre. Parecíamos dos ornitorrincos. El hachís me llevó a un proceso onírico que me despertó en el Ensueño. Empecé a Ensoñar despierta, a la vez que acechaba las palabras ciertas con él, y jugábamos. El hachís me llevó a una posesión onírica. Había tenido ensueños en ese pueblo. Y empecé a vivirlos otra vez a su lado, a la vez que había un presente, una interacción y una risa de sapos. Todo eso me llegó como algo orgiástico, muy profundo y hermoso. Fue entonces cuando planeamos ir a la cumbre donde yo vi tantos lobos en mis sueños.
Él me acompañó a casa, y me dijo que me vendría a buscar para ir al monte. Yo mientras crucé enfrente de la cuadra de mi abuelo, recordé varios Ensueños a la vez y una violación. Me detuve en ese momento para ver quién, para ver porqué, él iba delante, y retrocedió divertido como un mono, para ponerse a mi lado y que yo siguiera. Lo hizo como un mimo. Eso me hizo sentirlo un duende que me ayudaba a cruzar los ensueños. Aunque otro yo, lo miraba al acecho de la loba. En mi embrujo yo era  muchas en el mismo plano. Yo vivía una cuántica.
Cuando volví a casa, mi personalidad cambió radicalmente.
Mi mamá andaba ordenando la casa. Y me enseñó cosas que quería regalarle a la tía de Yoseba. Me dijo mira que mochila tan buena ¿qué te parece si se la doy?. Era una mochila que ponía lancome paris o no sé qué coño. Era una mochila horrible y estaba sucia. Le dije, eso es una pura mierda de publicidad de una laca de peluquería, cómo le vas a dar eso que si lo dejas en la basura nadie lo coge, le dije que si quiere regalar algo que regale algo bueno que no sea avara, que regalar esa mierda es una ofensa. Ella decía que eso no era de una laca, sino una marca bien buena. Y a la vez yo seguía ensoñando y acechando, mi ensueño me provocó un ataque de risa, mi risa asustó a mi madre, mi risa suele molestar a mi madre, en su inconsciente ella se pone a la defensiva cuando yo me río, se siente ofendida y enfadada. Yo a la vez me daba cuenta de los arquetipos del subconsciente.
Durante todo ese proceso de mi metamorfosis, yo ensoñaba despierta y acechaba la realidad ordinaria, la de los otros, con palabras ciertas para mi nagual y para mi yo social, para la lucha del verbo con la otredad. Por eso nadie me tomaba por loca. Yo estaba lúcida. Yo estaba en los dos mundos. No estaba en el mundo psicótico.
La montaña nevada está muy bella. Yo oigo mi silencio, lo trepo por la ventana, lo atrapo en ese árbol que calla en mis pupilas. Ayer caminaba pensando en un grito y miré al cielo, cruzó una paloma. Pensé en ese órden inefable de la energía. Miré hacia allá, porque el ave me llamaba. Muchas veces, giramos inconsciente la vista, o detenemos el paso, la mirada en un desconocido, en una escena, y luego su proyección entraña algo que el espíritu llevaba dentro, que esperaba, que necesitaba ser golpeado o amado por ello. Cuando vivía bajo el embrujo, ese tipo de sincronías goteaban ardientes en cada segundo. La magia era cada gramo de existencia. A veces tengo nostalgia a ese conocimiento incendiado sobre un vuelo oblicuo, esa sensación de lo extraordinario sin que diera tiempo al poso de las palabras a hundir el cielo en las costillas.
Ahora cuatro águilas vuelan sobre el pinar. Yo escribo, escribo para poder amar en la soledad, vivir, no enloquecerme de la ausencia que cabalgan las rocas cuando el verde se pone gris. Pero muy adentro, sueño que alguien o algo me arranque para siempre el escritorio, el refugio de la evanescencia, la metafísica y muerte que provocan obligatoriamente las palabras. Quiero preparar un viaje para la primavera o el verano. Andando, a mochila, a auto-stop, a trenes, al capricho del viento. Desintegrar todos los lugares que me hablen del retorno, de lo conocido, de la pared, de lo encerrado. Separarme durante un tiempo de mi noción de la soledad. Cuando estoy sola, escribo. Alguna vez elegí la soledad para salvar al amor y a la luna. Ahora es preciso que me mueva. Volver a la vida, cruzar ese puente de etanol. Luego habrá de armonizarse, la soledad de nuevo. No es tan fácil que yo pueda abandonarla. Lo que quiero es que no sienta que hay dos mundos inencontrables entre la que soy y siento cuando estoy sola y la que soy cuando hay alguien. Necesito integrar en mi psique al menos una criatura que viva en los dos lados siempre. Que me lleve de canto, de vino viejo, de blues, que diga la verdad y que sus palabras no duelan a la loba, que no rompan la maquinaria de Alicia, que no desamparen la flor de los desamparados, esa flor nocturna e insomne que se bebe cuando el suelo desaparece. Necesito esa voz que sea la voz de todas las que soy. Tal vez será una voz etílica y dadá, tal vez será un ladrido de perro, pero necesito liberarla, necesito llevarla siempre en mi lengua.
Ya ha amanecido. Estuve jugando con el perro. No pude dormir. Busco las palabras.  Hay una mañana muy hermosa, con el cielo despejado, pero con el color de la espuma de la mar y la ceniza, la nieve gravita en su azul, un ardor de los pinares y por un segundo el cielo es verde, verde de piano sin patas, de tu voz dentro de un vaso que agita la distancia de la luna.
Tengo ganas de partir. El invierno es introspectivo, pero también es paritorio de esa gota de sangre que beberán los pájaros de abril.
Tengo la sensación de que me he separado de la noción de la escritura que alguna vez, se hizo en mí una especie de fin. Ya no tengo tanta pasión por trabajar el verso, llega cuando me rasguña, pero llega marchado. No me tomo en serio lo que pienso. Las palabras tienen una materia negativa en su sino. Yo quiero vivir aventuras. Quiero por un tiempo dejar con hambre a la loba. Probar una vida sin papeles, sé que será sólo una temporada. Deseo retroceder a mis 15 años. Allí yo no tenía tiempo para escribir porque la vida me distraía con fuego. Cuando me aleje del recurso de mi soliloquio en el papel, mi voz experimentará nuevos instrumentos para besar a la mar. Llegarán otras semillas. La escritura se reproducirá hacia nuevos sitios cuando ella esté ausente. Y tal vez me reconcilie con la humanidad. Tal vez pueda desintegrarse de una vez esa distancia. Aunque sólo sea un par de meses, un viaje nómada, titiritero. Cuando mi voz interna no se acumule en el fuera de campo de ese águila de la nieve, mi cuerpo cabalgará el poema en otros paisajes y mi cucaracha de Kafka podrá vivir una nueva metamorfosis, donde al abrir la puerta, los padres de Samsa, sean unos artrópodos y la cucaracha un puzzle de viento y sangre.
Estoy silenciosa. Observo detenida y en calma la existencia. El cigarro, esa noche que es más oscura cuando quedan unos minutos para amanecer, una canción de Larralde. Voy a volver a dormir un rato.
Soñaba con los versos cantados "pues ni ella habitaba en nociones tan claras". Era de la canción de Paco Ibañez de yo amaba aquella casa, aunque la letra verdadera era "yo por entonces desdeñaba a los dioses pues ni ellos habitaban en regiones tan claras".
Soñaba también algo que me explicaba mi forma de ser. Ahora no lo recuerdo del todo. Era un sueño-pensamiento, tenía que ver con mis pasiones amorosas, con mi soledad, con no sé qué, era como un espejo que hablaba y me tranquilizaba, profundizaba en las contradicciones de la aceptación y allí todo tenía sentido.
Todavía es de noche. He dormido muy bien. Es demasiado pronto, me despertó mi propio sueño. Hice café, me aflojé las estrellas. El perro salió un rato al corral, y ahora se ha vuelto a dormir. Empiezo a buscar las palabras. Me recojo otra vez en la sensación del hogar. La casa a veces me llega como un organismo vivo que muta, a veces la siento el desarraigo y la desolación, la pérdida, la nostalgia sobre el canto del hollín y de la ruina. Y otras veces toma los tambores y se hace la fotosíntesis.
Ayer hablé un rato con él. Eso me calmó un poco la abrasión de la araña-murciélago y su saber dadá. Me vinculó un rato, a una artesanía compartida, a un tímpano plural del bosque. Tal vez mi forma de relacionarme con la gente se ha vuelto besada de cuarzo y limoneros. Excepto con él, porque nos buscamos. A veces noto su olor en mi olor, en algunas ropas, ese olor a jabón y sexo y champán, a chopos, al atardecer de una cumbre y la noche armónica que nunca agoniza.
He estado por ahí con el perro. Me he acordado de mis abuelos con nostalgia. El pueblo estaba completamente vacío, nuestros pasos crujían como cruje la escarcha en la desmemoria del asfalto. Sentía la gravitación de la soledad y su otro lado besado en un precipicio. La distancia y la cercanía que el surrealismo incendia como una maldición, como un delirio de absenta. Recordé mis ojos de niña, mi corazón del pasado, tan distinto en éste pueblo, cuando no caminaba sola. Pensé que en algún momento ella llega, y ya no sabe irse.
Todo tenía una belleza vertical, un misterio de la lengua de la roca, del alarido animal, de la crueldad de la tierra.
Recordé la alegría de caminar esas calles con Yoseba. Y lo distantes que eran ahora y que era yo en ellas sin él. No sé qué tan lejos me voy cuando me aislo, una nueva sensación de la existencia entre un poema y un grito. 
Sentí que no sé de qué manera, debo unir la conciencia de mi soledad y de mi yo en lo humano. Debo integrar los significados que suenan en el arroyo, en mi piel, en mi corazón, sin perpetrarme de metáforas inaccesibles.
Sé que necesito irme a veces muy lejos. Pero me di cuenta de la sensación de la ruptura. Mis abuelos eran una casa. Cuidaban de los juguetes de Alicia. Cuidaban de su oscuridad con cerezas. Cuidaban de su espanto. 
Hoy me sentí una loba solitaria. Sentía que caminaba sobre la soledad de los locos, de la cucaracha de Kafka, durante un instante vi moverse una sombra en una pared y recordé un pasaje de Castaneda. Pensé que aquellos de mis ensueños no son mi familia, que no sé quién coño son, pero no son mi familia. Me di cuenta lo fácil que sería empezar a alucinar si me dejo seducir por lo que ve mi yo de ceniza.
Tuve un anhelo de tener dos o tres perros más. Perros grandes, perros fieros. Para no sentir vértigo. Para no sentir que mi casa a veces es la intemperie de una noche sin pavimento.
ese agujero 
no nos quita
del labio que juntamos
cuando el fuego anochece
la espada abandonada

en mi grito
te llama para no llamarse
te ama para no precipitarse del otro lado de la barra
donde todos somos perros que no mamamos nada

de locura
mi girasol, al canto sureño
se transiliteró de tu ginebra
y en tu sudor hizo mi oficio, mi vicio, mi amor, mis pestañas de alba y de fiebre
mi dolor, mi premio, mi viaje ligero, mi droga que no daña, mi fe

ojalá
la canción nos acabara el agua
ojalá su fuente, arrasara nuestra tierra quemada

ojalá
no patinara otra vez
el vértigo de no tenerte
porque sos extranjero
porque yo como tú, mentí todos los cielos, por fumarnos aquella raja, descuajando los zapatos, cuando la cerveza falsificaba la cola del cabaret
y en tu consigna devoré mi verdad

como dos tachos
trabados en el sanitorio
subimos al navío
y dejamos afuera el esqueleto

ojalá
me enloquecieras del todo
la piromanía de la mariposa

que ni mi conga ni mi vicio te haga milonga cuando nadie me saluda
cuando los gatos sobre las arpas
hacen su tragedia
toda sufrida en la anciana que enferma luce su cristo de cera y nadie se levanta y nadie llora.
hace ya mucho que perdimos
la escoba que daba el segundo paso del baile
y amarraba en la cintura el suicidio de la soledad
con sotana de algas y vino tinto
ebria de dios y del diablo, tierra liberada en el pesar que no quejaba

hoy mi amor, de frente a la recortada
un revisor se corta las venas y en galeras pierde el culo de tu asiento
pierde el tango, la rosa, el beso del humo
la excusa para amarte

agárrate mientras puedas
al polvo de la dinamita

no pidas ya hombro al horizonte

no pidas al pronombre mi esquina sucia para lavarte con flores el precipicio de la espina

yo me muero de la pena de ver a mi mano tan inútil
cuando escarba la tierra, el relincho del caballo que cruzó todos los infiernos y la belleza desolada bala boludas grietas del prejuicio de no tenerse
Me gustaría desearte con más muerte en el ojo de trapo de la impía que en mi alma te ciega junto a las raposas de la urraca que toda negra, perdió sus alas blancas junto a Alfonsina abocando las sirenas que bajo el fondo del mar, nunca tuvieron manos para rescatar el amor del suicida.
Me gustaría unirte del todo, puñal cubista, en mis senos, en el deseo que la despedida me desarrapa junto a esos borrachos que caminan vidrios y charcos que el recuerdo no devuelve cuando el tren se va.
Abrirte en mi vagina el acueducto de la datura, para tomar sin tu permiso, la lealtad que el peyote azota en esos lechos que sin pata asombran del réquiem la pistola que la casa vacía expulsa por su ventana como el brote de la hiedra.
Amarte con la calle que silencia mi paso al costado de la cabra. Amarte taciturna en mi nada. Y no desoirte cuando la noche me obliga.

Pero alguien en mí te olvida. Alguien en mí, mete la tijera en ese collage. Y toca armónicas infieles donde los cañones no tienen la coartada de tu sudor. Donde tu hachís no lasciva el aullido de mi soledad.

Me gustaría, correrte en mis venas como la jauría. Y derramarte en mi grito como el grito que me derrama. Y sin embargo, ese barco pirata entre los dos, me lleva a tientas en el ciprés violento que levanta los tejados, cuando el tabaco y la música, nos hacen huérfanos del mundo.

Ojalá tuvieras tú ese veneno que en mi calada de éter, me claviculara el hueso al gemido de tu carne. Para no estar sola con el olvido, para no estar sola conmigo entre los clavos y los claveles de la mar. Para beberte opio de la luna que no te pertenece. Para cabalgarte sobre Rocinante cuando atrás no queda nada. Para tener una excusa para no romper en mil pedazos el espejo.

Pero tú y yo, somos también esa lejanía ebria. Pero tú y yo somos, la mano vacía del sol, abriendo sus dedos en la desconocida marea de los caminos acabados, empezados cuando se aprieta el gatillo.
Un día, no sé cómo, mi Alicia del murciélago, tendrá que volver, de su orilla deshumanizada, al corazón de trapo que el queroseno revive en la alegría del payaso.
Arder contigo en la mar, quemar mis mástiles, y abrir las alas del tambor donde tus labios disparan a matar la voz que la carcoma canta en las casas vacías.
Un día, si es que es posible, tendrá que revivir el maniquí, en la actuación del diástole de queroseno, cuando las hermanas ratas, defienden el Sol, ebrias de agujeros que drenaron la mierda del civismo.
Un día, si es que no me vuelvo loca, tendré que bajar el cementerio, donde mi vino celebra tu sexo en la noche estrellada, y emanar, sólo viento que ama cada rincón.
Un día te abriré mi ventana, compartiré contigo mi hachís. Bajarás por la joroba de mi jorabado de Notredame, un licor del pecado y del éxtasis. Y cantaremos una vieja tonada en francés, con las ropas del mendigo, quitándonos los botones y el pellejo demasiado usado.
Un día, amor, te ataré así en mi agujero negro, mar que ama, pájaro desbocado, luna ciega. Y no disimularé la bestia que me da el acordeón del placer, no la camuflaré, te abriré el vodka de su manicomio y nadie se asustará. El diablo no echará sus chapas al callejón. Dios, todo negro, todo fuego, todo abismo, descordará el piano del Infinito, y como dos notas de alcohol derretiremos el piano en el orgasmo de las estrellas.
Y entrarás tan adentro que te llevarás para siempre mi máscara, mi lengua, mi jodido Teatro.
creo en dios
en el dios de las tijeras sacando de debajo de la tierra los ojos arrancados
y expulsando la pupila donde el barco levanta sus dientes y bebe de tu carne el amor que sobra en las cloacas
creo en el dios que esculpe mi sombra en el gemido de la raposa, agita, y mi cenicero pierde siete palomas que cruzan por tu puerta y sangran bandoneón donde el alba te saluda
creo en esa nieve verde que el sauce llorón enjambró en la última gota del alcohol, cuando mi corazón ya no estuvo sólo
creo porque lo vi
porque me atravesó de puerto a puerto la costilla donde yo acababa y la montaña usando mi cuerpo atravesaba la niebla de mi voz, hasta darle a mi boca el motivo
creo en los cuervos que conocen el timbre del error y cuando navego la ausencia, resplandecen nacidos de la noche y oscurecen en mi alma, la furtiva luz que rima con el Sol que crece, entre Comala y el Infinito
creo más allá de mí, de ti, de nuestra ofensa
en el ardor del invierno golpeando esas cazuelas
cuando de la mano de madera brota la hierba que la bruja fuma convertida en luna llena
el anís se cae por mi ropa
trepo en mi descenso, la mueca de esa anciana cantando su último vals, su vejez y su memoria, es la moneda que yo no tengo para pagar al barquero, el río agita las cauces de la muerte
y muy abajo, nunca podremos morir, porque no hemos nacido
soy yo también la nada
mi conciencia lo sabe, cuando mi cuerpo abandona la historia de ese cuento que me contó  el diablo convertido en la antropología

ojalá amor tomaras el mismo opio que yo de la noche
así no tendría que lavar mis tenedores con ese cuarzo que el amor nos separa, que nos entrega, cuando a punto de estallar los árboles matan las palabras en el viento