HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ahora el viento.
Y no me importa lo demás.
Un blues, vino tinto.
No hay prisa. El camino es muy lejos y no va a ninguna parte conocida, ni previsible.
Me encuentro, mezclada la rabia, el fuego, la pasión, la sombra mordisqueada por montañas de benceno. Cuando entre los huesos, regurgita, mariposa negra que remueve la espada y la pared, donde tu mano guiña ese olor de las bestias pastando en el valle. 

Vuelvo a no tener ni idea.
Y tampoco me preocupa.
A veces hay que perder la cabeza para recuperar al animal que sabe qué camino tomar.
Romper el mundo. Arriesgar todos los valores, las nociones, disparar a matar a la historia que me siguió. Y entrar de ojos y peyote, al corazón del cuervo que nació de una nube y una serpiente.

Oigo esa tonada, se me rompen los esquemas.
Lo dejo así, a mezcal de la rosa del desierto.

Del amor y el desamor, tan caliente entre mis piernas.
Tan hash.
Y esa gota de sangre. Tan húmeda de tu espanto.
Tan traición compartida a la gresca de maniacos depresivos de la absenta.
De piedra en la mano.
De no me hagas hablar sino es un aullido.

Qué culpa de haber nacido del dolor y el placer.
Qué chapas te vendió Mercurio cuando fumabas en plata,  el beso de la vírgen.

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